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Ilustración Griselda Collazos

 

 


LA HISTORIA DEL "CINE CLUB" Y EL "CLUB DE LECTORES",
BALUARTES DEL DESARROLLO CULTURAL TRESARROYENSE

Veo y leo

Entre los años '60 y '80 coexistieron localmente dos entidades que fueron baluartes del desarrollo cultural. El "Cine Club", que trajo joyas del séptimo arte no insertas en el circuito comercial y que transformó a la ciudad en Centro Piloto de Cine Experimental, posibilitando que aquí se produjeran y filmaran películas. Y el "Club de Lectores", de corta pero prolífica existencia, que tuvo su broche de oro cuando, en 1970, propició y concretó la visita de Jorge Luis Borges. "El Periodista", en un informe especial, recrea la vida de estas dos instituciones que mucho hicieron para que los tresarroyenses vean y lean

Cine Club

Existió y existe otro cine. El ajeno al circuito comercial, el que proviene de geografías infrecuentes, de realizadores no siempre difundidos, el de obras de excelente calidad que son repuestas rápidamente, aquellos éxitos notables de producción fílmica, clásicos cinematográficos y óperas primas que no se reeditan en las pantallas grandes.
Ese otro cine era el que rescataba el Cine Club local, un grupo de apasionados por las vertientes del séptimo arte que se dispuso acercar al público las joyas cinematográficas para que se perpetúen en el alma colectiva.
Comenzó a funcionar el 2 de mayo de 1961 bajo el lema "El cine que usted no ve, Cine Club se lo ofrece". Con un proyector de 16 mm., el público se deleitó en la primera función nocturna exhibida en la sala del Teatro de la Escuela Nº 1, con "Viejas leyendas checas", un ambicioso largometraje de Jiri Trnka producido en 1953 que alternaba escenas de batallas, coreografías interpretadas por muñecos y pasajes líricos que rendían homenaje a los orígenes del pueblo checo y a su identidad como nación.
Acceder a copias de ese milimetraje y a un cine independiente de impecables autores poco divulgados no era tarea sencilla. Se conseguían en las embajadas o algunas distribuidoras que las enviaban en micro la noche antes de la función. Los miércoles de cada semana, Francisco Munda se acomodaba en la sala de proyección para reeditar los clásicos. El ritual de la función era una verdadera cruzada de amantes del buen cine dispuestos a sortear las incomodidades. No había gas en esa época y la sala en penumbras no garantizaba un clima de calidez. El arquitecto Raimondi era el encargado de pasar casa por casa de los integrantes del club a recolectar estufas a querosén y colocaban latas con alcohol de quemar en el pasillo para intentar calefaccionar el ambiente. Recién después se abrían las puertas al público que canjeaba el frío por el deleite y la magia privilegiada del cine. Cualquier molestia era superada por la pasión inquebrantable de quienes vivían la cita de los miércoles como un remanso semanal. La costumbre de doña Otilia Hurtado, la socia más antigua del club, era llevar su bolsa de agua caliente y una frazada, mientras Munda intentaba calentar sus pies en la lámpara del proyector de 16 mm.

Actividades culturales
Nada importaba ante el deseo de dejarse envolver por el arte cinematográfico y participar en los debates que se generaban al final de la función sobre el material expuesto. Era el cine Tortoni en pleno auge, quien facilitaba las críticas y se repartían entre los espectadores que se acrecentaban en cada función. Contemplando la diversidad de públicos, el Cine Club tenía su espacio infantil en una sala improvisada con almohadones en el suelo que funcionaba en el club Quilmes.
Las actividades culturales complementaban las proyecciones. Se promovían talleres de práctica cinematográfica, guión y hasta concretaron una Bienal de Arte Infantil en el Colegio Nacional con el acompañamiento del Instituto de Avellaneda de Educación por el Arte.
En ese entonces la actividad de los Cine Club se había extendido por toda la provincia, respaldados por la subsecretaría de Cultura que enviaba asistentes técnicos de cine como Carlos Morelli, Carlos Alberto Cuina, Eduardo D´Atri, José Luis Tapia, Victor Max Wullicht para impulsar debates sobre las obras.
Más adelante el Cine Club trasladó sus funciones a la sala del Cine Tortoni, cuyo proyector de 35 milímetros permitía acceder a una diversidad de títulos. Con el cierre del Teatro Español y por necesidad de la empresa que explotaba las salas locales debieron ajustarse a un horario matutino lo que significó una merma en la cantidad de espectadores, aunque no de socios que continuaron abonando su cuota mensual aun sin asistir. Había que solucionar el problema o liquidar la entidad. El primer paso fue conseguir la sala y retornaron a la Escuela Nº 1. Solo faltaba contar con el equipo técnico adecuado.

Una apuesta audaz
Las copias en 16 mm escaseaban y en la década del '70 cuando el Cine Teatro Español puso en venta su proyector de 35, los integrantes del Cine Club no dejaron pasar la oportunidad. Aunque el objetivo significara asumir el riesgo propio de los audaces. "Me acuerdo como si fuera hoy que lo vendía en 1.350.000 pesos y en ese entonces nosotros teníamos nada más que 50 pesos. Para poder juntar lo demás tuvimos que firmar documentos a título personal", contó Marina Villanueva quien integró desde el comienzo el Cine Club local. Sin recursos y con mucho de creatividad lograron juntar los fondos para cancelar la deuda. Para esto impulsaron los primeros mercados de pulgas que se hicieron en la ciudad. La gente donaba muebles que eran pintados y restaurados por los miembros del club para ofrecerlos a un módico precio en medio de la Plaza San Martín. Así lograron hacerse del proyector que amplió aún más la diversidad de géneros cinematográficos.

Centro Piloto de Cine Experimental
La actividad era incesante y el Cine Club de Tres Arroyos se convirtió en el más pujante de la provincia de Buenos Aires. Tanto que en el 71´ el Ministerio de Educación declaró a nuestra ciudad Centro Piloto de Cine Experimental, asumiendo la responsabilidad de entrar de lleno a la práctica de rodaje, contando con el asesoramiento técnico del organismo. La primera filmación fue un corto de seis minutos realizado íntegramente en el Parque Cabañas. Con este valioso antecedente, en 1973, se lanzaron a rodar un cortometraje con la dirección de Omar Estrañy, asistente técnico en cine de la subsecretaría de Cultura. Un equipo de diez personas eligió el argumento: "La señorita Cora", de Julio Cortázar. El cuento se adentra en un hospital donde está internado un adolescente, Pablo, que debe ser operado y es atendido por la enfermera Cora. Desde varias voces, el autor va diseccionando un proceso de enamoramiento que lleva al universo de un amor adolescente, frágil en su situación y una enfermera que es cautivada por ese casi niño. Ese relato que accede al centro sustancial de un dolor sin límites con aguda sensibilidad, en diez días fue transformado en guión. Los actores que interpretaron por primera vez un cortometraje fueron Oscar Sondergaard, Martha Zibecchi de Florez, Américo Errazti, Esperanza Saugaard, Oscar Viejo Sánchez, Alejandro Medina y Olga Trócoli. En el local del Centro de Ingenieros, con material cedido por la Clínica Hispano Argentina, se recreó el hospital y las calles de la ciudad sirvieron de locación de algunas escenas. Se filmó en super 8 mm y en colores con una duración de 50 minutos y fue estrenada en la discoteca "Askimai" y en el teatro "Florencio Sánchez" de Capital Federal. En ese plan de rodaje también se alcanzó a filmar un documental sobre Tres Arroyos que no pudo terminarse por falta de recursos para la sonorización.

Epocas de sombras
Como cualquier difusor de cultura, hubo una época que el Cine Club debió atravesar por la sombra de las duras prohibiciones de la censura. La dictadura militar no distinguía entre arte y política y acechaba contra cualquier expresión que se preciara distinta. "Estábamos organizando un encuentro provincial de Cine Clubes, era la época de los militares y nos sancionaban porque decían que los cine clubes estaban ligados a la izquierda por ofrecer cine independiente. Nos suspendieron el encuentro y decidimos no seguir en la Escuela Nº 1, porque iba a ser condicionante de las películas que proyectáramos. Pasábamos películas rusas de Arkino, era cine no política pero no lo entendieron", contó Villanueva.
En ese tiempo se trasladaron al cine Tortoni que les cedió el espacio para la proyección de una película por semana. El año 1983 fue uno de los períodos de máxima actividad, donde se desarrollaron funciones quincenales, proyectando títulos como "La flauta mágica" de Ingmar Bergman, "El hombre de hierro" de A. Wajda, "Ladrón de bicicletas", de Vittorio De Sica, "Noche de circo" de Bergman, "El proceso", de Orson Welles y otras tantas películas trascendentes que reeditaron el suceso de años anteriores.

El declive de la época dorada
Con la reestructuración del mercado audiovisual, la multiplicación de videoclubes y la ampliación de la oferta televisiva los tiempos de gloria fueron quedando atrás. Los hábitos cambiaron y la cultura se fue recluyendo en el ámbito doméstico que opacó la magia. Los integrantes del Cine Club lucharon para que la sana costumbre de unirse para recrear el arte no muriera. Una habitación de la Casa de la Cultura fue testigo de este intento, cuando en un televisor de 20 pulgadas pocos espectadores disfrutaban de los títulos y participaban de los debates. Fue el último bastión del Cine Club, condenado a desvanecerse.
Desde entonces muchas cosas cambiaron en la vieja práctica de ir al cine, en un público acostumbrado a los nuevos hábitos contemporáneos. Los espectadores se conformaron con el video o el DVD, aunque no es lo mismo, ya se sabe. La diferencia no está solo en el tamaño de la pantalla o la calidad de la imagen y el sonido: en el living de casa, solo o en compañía de amigos o familiares, empuñando un control remoto que permite suspender la proyección cada vez que suena el teléfono, es imposible recrear el clima de ceremonia que todavía promueven las salas en penumbras. Es un ámbito donde se hace imposible reeditar la magia. Del Cine Club tresarroyense solo queda el deseo que algunos soñadores se unan a la cruzada de reeditar ese circuito de exhibición alternativo para perpetuar en el alma colectiva ese otro cine, que existió y que existe.

Club de Lectores

A fines de la década del ´60 la subsecretaría de la provincia de Buenos Aires, a cargo de Horacio Carballal, promovía la creación de Clubes de Lectores, destinados a promover las manifestaciones culturales en las principales ciudades bonaerenses. El escritor y poeta García Saraví, asesor del organismo, tuvo como misión sembrar este tipo de entidades en toda la provincia. En Tres Arroyos un grupo de adeptos se unió a esta iniciativa y en mayo de 1969 se conformó la primera comisión del Club de Lectores integrada por Lucila Andreasen, José Carrera, Carlos De Pierris, Evelyn Liébana de Doglioli, Madeleine Richelme y Angelica de Sierra. Sobre su fundación, en una nota enviada a los medios de comunicación, manifestaban que "el club tendrá como misión fundamental no solo la específica que señala su nombre, sino también el acercamiento al alumnado secundario de la población, el dictado de cursillos sobre materias de interés general, conferencias, lecturas colectivas y lecturas de teatro". La actividad se inició el 12 de mayo de ese año, con una charla a cargo del arquitecto Roberto Raimondi, quien disertó sobre "El túnel subfluvial en el Río Paraná".
Si bien tuvo corta vida, el Club de Lectores realizó una tarea intensa y prolífica. Con fondos surgidos de sus propios bolsillos, propiciaron la llegada de renombradas figuras de la cultura y las letras. Entre ellos, Abelardo Arias, Sayria Poletti, María Angélica Bosco, Abelardo Castillo, Patricio Estevez, Juan José Urquiza, Poldy Byrd, Mariano Grondona y Alicia Jurado.
Pero si hubo una visita que perpetuará por siempre en el recuerdo la actividad del Club de Lectores, fue la del escritor Jorge Luis Borges, una de las glorias de las letras latinoamericanas y figura literaria del siglo XX.
Fue un 29 de julio de 1970, cuando Borges llegó a Tres Arroyos acompañado de Norman Thomas di Giovanni, el hombre que traducía sus textos al inglés. En esa oportunidad, el excepcional escritor había sido convocado para disertar sobre Pedro Bonifacio Palacio, más conocido como Almafuerte. Fue recibido con todos los honores y el municipio lo declaró huésped oficial. En la Biblioteca Sarmiento, abarrotada de gente que deseaba conocer al autor de los clásicos de la literatura mundial, Gustavo Saraví fue el encargado de presentarlo: "en estas tierras crece el trigo más feroz del mundo, origen del pan y los júbilos…a pocos pasos de aquí un museo de arte enorgullece a la ciudad. Y aquí en la biblioteca multiplicada de Sarmientos, una fecha como la de hoy es un gusto y un asombro de sus habitantes, como probablemente no ha habido nunca: el día que Borges viene por primera vez a Tres Arroyos". Así quedará en la memoria para siempre el día que hubo que colocar parlantes en el exterior de la biblioteca para todos aquellos que no habían podido entrar y se conformaban al menos con escuchar.
Seis años más tarde, un 2 de enero, esta vez invitado por la Agrupación Literaria, Borges retornó a Tres Arroyos a disertar sobre la vida de Leopoldo Lugones. Sin embargo, la primera visita quedará marcada a fuego en su historia. Fue ese mismo 29 de julio, en el cuarto de un hotel de la ciudad cuando Borges le dictó a Thomas di Giovanni: "Lo que quiero ahora es paz, la alegría de pensar y la de la amistad y, aunque puede ser muy ambicioso, la sensación de amar y de ser amado". Fue la última frase de su autobiografía.

 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina