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LA HISTORIA DE ANA DIESSE,
CAMPESINA FRANCESA Y ESTANCIERA ARGENTINA
Yo soy de aquí y soy de allá
Ana Diesse es campesina francesa y estanciera argentina.
En la campiña vasco francesa posee una chacra, cuyo eje lo constituye
un castillo milenario que data del siglo XIV. Y aquí, a pocos kilómetros
de Tres Arroyos, tiene extensos lotes de explotación mixta. La
franco argentina, que hace diez años adoptó nuestro suelo
como propio, le contó a "El Periodista" cómo es
ser dueña de dos campos con un océano en el medio
El campo Saint Martin, cercano al pueblo de Larressore,
en los Bajos Pirineos, es representativo de la campiña vasco francesa,
rodeado de pueblos y aldeas esparcidas que se integran naturalmente en
el paisaje formado por praderas, sembrados y montañas. Como un
legado indiscutible de los antepasados, aquella chacra es la herencia
más preciada que ha pasado en manos de generaciones y generaciones
de la familia Diesse.
En aquel lugar de naturaleza silvestre y encantos cautivadores nació
Ana, una francesa que hace diez años adoptó Argentina como
su segunda patria, pero que cada tanto retorna a su tierra natal para
revivir un pasado cargado de historia. Es que en aquel lugar transitó
su infancia y su juventud, estudió la carrera de enfermera de bebés
y se fue a trabajar a París, la ciudad de las luces, hasta que
su madre enfermó y volvió a la chacra.
Ana pisó por primera vez suelo argentino en 1973, en una época
conflictiva signada por el retorno de Perón que había pasado
años en el exilio. Durante un tiempo, ella viajó de un país
a otro hasta que hace una década decidió radicarse definitivamente
en los campos pampeanos, siguiendo el dictamen familiar que se instituyó
en las distintas generaciones. "La tradición nuestra es que
cada generación viene para acá para seguir el trabajo en
el campo, teniendo en cuenta que no somos inmortales y que alguien tiene
que seguir con el legado de los antepasados", cuenta Ana en un castellano
que conserva el exquisito acento de los franceses.
Cuando su abuelo materno Beltrán Doumecq llegó a la Argentina
en los tiempos de la gran inmigración, se instaló en la
Patagonia y comenzó a trabajar de peón de campo hasta que
formó su capital y decidió, siguiendo sus raíces
francesas, buscar un lugar que se asemejara en parte a su pueblo natal.
Es que se hacía necesario mitigar la añoranza propia del
inmigrante por los terruños que habían dejado atrás.
A 73 kilómetros de Tres Arroyos encontraron aquel sitio, lo más
parecido al país vasco donde habían nacido. Las tierras
se las compró al coronel Napoleón Uriburu, quien las había
recibido del gobierno por su heroica acción en la Conquista del
Desierto. Ahí fue donde los Doumecq fundaron Laguna del Molle,
un campo repleto de árboles con flores pequeñas y coloridas
que le dieron el nombre.
"Mi abuelo materno vino con sus tres hermanos y se dedicaron al campo.
Cuando retornó a Francia conoció a su mujer y se vinieron
para acá, aunque ella no pudo adaptarse y volvió nuevamente
a Francia", cuenta Ana, reviviendo la historia familiar que su padre
le contó una y otra vez cuando era pequeña. "En Argentina
fue un sacrificio salir adelante. La belle epoque del campo fue hace 50
años. Mi abuelo trabajaba mucho, hacían en ese entonces
agricultura y se dedicaban a la cría de ovejas. El campo tenía
fama por la cantidad y la calidad de ovejas que teníamos. El trabajo
fue duro para ellos, de a poco fueron comprando, hicieron la casa estilo
colonial y se quedaron por estas tierras".
El designio familiar postulaba que los hijos que terminaban la escuela
secundaria, viniesen un tiempo a trabajar los campos argentinos, mientras
el resto se quedaba en la campiña francesa. Un 4 de enero, justo
el día en que cumplía 18 años, le tocó a Miguel,
el hermano de Ana, venir a estas tierras que lo cautivaron, al punto de
instalarse definitivamente en Laguna del Molle. Hace diez años
se unió su hermana, que llevaba en su corazón el legado
que "con sacrificio dejaron mis abuelos". Y desde el momento
que llegó para quedarse, supo que esta era su casa. "Aprendí
a querer mucho el campo argentino porque desde chica mi papá me
hablaba de esto y cuando vine para mí no fue una aventura triste
y dura porque yo vine a mi casa".
Sin embargo, como una cita obligada cada tanto retorna a la campiña
francesa, que se destaca por su imponente mansión, un castillo
cuyos cimientes se construyeron en el siglo XIV y que fueron destruidos
en su mayor parte durante la época de la Revolución Francesa.
La familia mandó a restaurar el antiguo edificio de tres pisos
con amplias habitaciones, que forma parte de la herencia de las diferentes
generaciones y es el propio gobierno francés el que otorga cada
tanto el financiamiento necesario para mantener aquel castillo milenario,
que pueden apreciar de cerca los devotos que cada año realizan
la Peregrinación a Santiago de Compostela.
El clima en la región donde se ubica Saint Martin es muy distinto
al de estos lugares, con veranos de calor intenso e inviernos muy rigurosos
que tiñen de nieve las praderas y montañas. Cuenta Ana que
la campiña francesa dista mucho de las grandes extensiones de los
productores argentinos. Como la mayoría de los campos de la región,
Saint Martin es pequeño, de alrededor de 40 hectáreas, donde
al estilo de los antiguos chacareros argentinos el productor es a la vez
peón, tractorista y empresario, ya que por lo general trabaja el
campo solo o con la ayuda familiar. "Allá se vive muy bien
con esa cantidad de hectáreas, acá eso sería un chiste.
El campo no tiene nada que ver con el argentino. Allá es el dueño
y la familia los que hacen todos los trabajos. Yo digo siempre que allá
es muy duro el trabajo porque uno hace todo. Incluso muchas familias que
tienen campo tienen otro trabajo".
En la chacra no tienen producción agrícola, excepto unas
pocas plantaciones de maíz para consumo propio. "Allá
no hacen agricultura como acá, que sembramos girasol, trigo, maíz
y soja. Mi familia allá tiene vacas lecheras y si bien la leche
en el supermercado es carísima, para el productor no vale nada.
Hay una oferta interesante en España y un camión viene todos
los días a las cinco de la mañana para llevar la leche a
ese país y hay un control de la producción muy estricto
del gobierno".
Si algo se destaca en el espíritu francés es el trabajo
comunitario y la ayuda solidaria que brindan los vecinos para que sus
tierras produzcan. "Allá todo se comparte. Los vecinos se
juntan y compran las máquinas y en la época de cosecha se
trabaja dos o tres días el campo de uno, después se hace
una buena comida y dos días siguientes se trabaja en la casa de
otro", menciona como una costumbre intacta entre los campesinos franceses.
A pesar de que sus raíces se encuentran en aquella región
de los Bajos Pirineos, de tradiciones y paisajes tan disímiles
a este rincón de Sudamérica, Ana sigue admirada por el esplendor
y el estilo de vida de los campos pampeanos que la conquistaron desde
la primera vez que pisó estas tierras, al punto de adoptarlas como
su segundo hogar. "A Francia la quiero porque es mi sangre, es una
belleza, pero acá me gusta mucho más", afirma con el
inocultable acento de la patria que la vio nacer.
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