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COMO LO HIZO SAN MARTIN, DOS TRESARROYENSES CRUZARON
LA CORDILLERA DE LOS ANDES A CABALLO Y LOMO DE MULA
El cóndor pasa
Siguiendo la ruta del general José de San Martín,
las tresarroyenses Emilia y Mercedes Bracco, madre e hija, cruzaron la
Cordillera de los Andes a caballo y lomo de mula, como lo hizo el insigne
prócer de la Patria. Fue el regalo de quince años de Emilia,
que desechó la fiesta y el viaje a Disney, presentes acostumbrados
para las chicas de su edad, eligiendo en su reemplazo aventurarse tras
la histórica huella del Libertador de América. "El
Periodista" trae el relato de una experiencia increíble. Exclusivo
Como escenario, el marco imponente de la Cordillera de
los Andes, un lugar privilegiado de la naturaleza. Como desafío,
vivir una semana marchando en mula de sol a sol, superando miedos, masticando
tierra y polvo en el camino, durmiendo a la intemperie y soportando el
frío. Como valor agregado, volver al pasado y revivir el espíritu
del Libertador que permanece, en la cuna de una de las hazañas
más grandiosas de la historia Argentina. Es una forma de conocer
la historia. Es una particular e inolvidable manera de celebrar un cumpleaños.
Cuando Emilia Bracco estaba por cumplir sus quince años no quería
fiesta, ni un pasaje a Disney. Ansiaba vivir unos días de desafío
y aventura hacia cualquier destino. El cruce de la Cordillera de los Andes
se atravesó en su camino por casualidad. "Un día vimos
en televisión el cruce de los Andes y llamamos a la Asociación
Sanmartiniana. Ahí nos dijeron que una mujer de Gonzáles
Chaves lo había hecho y nos contactamos con ella". Conoció
así que la Asociación Cultural Sanmartiniana "Cuna
de la Bandera" desde hace años organiza, al comenzar el verano,
una expedición que atraviesa la Cordillera de los Andes a lomo
de burro para evocar la gesta libertadora del General José de San
Martín. La idea es irradiar el espíritu sanmartiniano reviviendo
uno de los hechos más relevantes de nuestra historia, sintiendo
las dificultades que tuvo que enfrentar el héroe de la patria para
defender sus ideales.
Convencida que ese era su destino, Emilia junto a su madre Mercedes comenzaron
a participar de las reuniones de selección de la Asociación
Sanmartiniana que se efectuaban periódicamente en Buenos Aires
o Rosario. Hubo que insistir mucho para sortear el primer obstáculo
que era la edad. En general la mayoría de los que hacían
la travesía eran mayores de 18 años. "El viaje lo organiza
la Asociación Sanmartiniana de Rosario, son ex militares. Hacen
reuniones, te hacen un test y eligen quiénes van. En principio
ella por edad no podía ir, pero tras insistir convenció
a los organizadores. Tenés que tener voluntad, no importa tanto
la preparación previa como saber andar a caballo, lo que importa
es el interés que uno demuestre", contó su mamá
Mercedes que se unió al viaje para acompañarla.
Inicio de la aventura
A principios de enero de 2004, Mercedes, Emilia y una amiga se aventuraron
a cruzar la Cordillera de los Andes de la misma forma que lo hizo San
Martín. En el casco histórico El Plumerillo, el lugar que
eligió el general para organizar su Ejército, se reunieron
los expedicionarios provenientes de distintos puntos del país.
Fue el año que mayor cantidad de gente participó de la travesía.
"Salimos cien civiles y 50 militares, era el año que más
civiles llevaban y había entre ellos muchos ex soldados de Malvinas",
contó Emilia que no imaginó que su viaje de aventura sería
como ingresar al túnel del tiempo.
Después de la ceremonia de partida la travesía empezó
en la estancia La Canota, situada a 40 kilómetros de la ciudad
de Mendoza. Allí reciben un veloz adiestramiento sobre cómo
ensillar las mulas que los acompañarán durante todo el cruce
y dividen al grupo en patrullas de diez personas, cada una con un jefe
experimentado que se identifican con colores, al igual que los soldados
que atravesaron los Andes. "Hay patrullas de diez personas con un
militar y un civil que ya ha hecho el viaje anteriormente, que se los
identificaba por colores y números. Había un soldado cada
diez personas. En la estancia preparamos todo y pasamos ahí la
noche para ir conociéndonos".
Un viaje cultural
Después de una noche de fogón, al día siguiente como
cada mañana de travesía hubo misa y despacharon los equipajes
en un camión de apoyo del Ejército. Con lo indispensable
en una alforja, una hilera de 150 mulas se encaminó tras la huella
sanmartiniana por un paisaje árido rumbo a Agua de la Cueva. Delante
de la columna iban los portaestandarte, responsables de la custodia de
la Bandera Histórica del Ejército Libertador. "Siempre
iban adelante las banderas de Argentina, Chile, Perú y Sanmartiniana.
En el camino sólo llevábamos la alforja donde tenés
las cosas elementales para el día, te dan una vianda, parás
a comer un rato y después seguís", relató Emilia
de una aventura que los sanmartinianos definen como un viaje pedagógico-cultural
porque a cada paso van recreando partes de la historia.
En una jornada agotadora, en un paisaje donde aparecen a lo lejos las
altas cumbres de la cordillera, después de atravesar Canota llegan
a Agua de la Cueva. "Hay lugares donde hay senderos y otros no y
vas despacio según el paso y la dificultad. Ibamos todo el grupo
en la hilera y parábamos a comer un rato la comida típica
del ejército que en general era guiso. Ahí en ese trayecto
hubo gente que se apunó. Cuando llegamos no había nada,
solo un ojo de agua donde tomaban las mulas", mencionó Emilia.
Se suponía que allí abrevaron los animales de una de las
columnas del ejército Libertador. En ese lugar improvisaron un
campamento a la intemperie donde se podía ver el cielo que encendía
estrellas insospechadas y que parecía tan cercano allí en
la montaña. Para Emilia y Mercedes fue la visión de una
noche increíble: "Esa noche fue re linda porque cuando amanecía
se podía ver el Aconcagua que le daba el rayo de sol".
Emotivo día
Al día siguiente el trayecto fue en descenso rumbo al valle de
Uspallata. Allí todo el pueblo salió a la calle a recibir
a la multitud de aventureros que llegaban en hilera uno tras otro. Esa
noche y el día siguiente el grupo descansó en el Regimiento
de Infantería de Montaña donde recuperaron fuerzas para
enfrentar la Cordillera de los Andes. "En Uspallata dormimos en un
Regimiento de Infantería de montaña. Ahí tuvimos
un día de descanso, habíamos hecho la mitad del trayecto
caminando seis u ocho horas por día. Ese día estuvo bueno
descansar allí porque era un viento, polvareda, todo tierra y lo
único que querés es llegar", contó Mercedes
sobre un día de descanso que tuvo su cuota más emotiva.
Porque los veteranos de Malvinas que viajaban con ellas, se dispusieron
a contar las anécdotas de lo que habían padecido en esos
años de injusta guerra. "El presidente de la Asociación
había sido un ex combatiente, un general Rodríguez. También
había muchos ex combatientes que hablaban tan apasionados, lloraban,
contaban lo que habían tenido que pasar. En cierto modo hacer ese
viaje para ellos era como un homenaje".
Objetivo cumplido
Tras el descanso comenzó el viaje hacia la etapa final. Marcharon
en paralelo con la ruta a Puente del Inca y al trote, después de
agotadoras horas de marcha llegaron a Polvaredas, donde pasaron la noche
en una vieja estación de tren. Al otro día vendría
el camino más difícil: tenían que atravesar uno de
los desfiladeros más peligrosos del cruce. Sobre la ladera de la
montaña había un angosto paso de mula y al costado un precipicio.
"Pasamos por una cornisa que veías las piedritas y me cargaban
diciendo que era la montaña rusa de Disney", contó
Emilia que había decidido una particular e inolvidable manera de
festejar su cumpleaños.
En el último tramo, tras horas de marcha lograron el objetivo de
alcanzar el Cristo Redentor situado a más de 4200 metros sobre
el nivel del mar. Apenas llegaron, muchos se emocionaron hasta las lágrimas
y se abrazaron. Habían sido siete jornadas de agotadora marcha
para cruzar los Andes, réplica fiel en tiempo y distancia de aquella
gesta histórica. Habían sido días y noches de camaradería
y desafío, donde sintieron el cansancio hasta los huesos y las
emociones a flor de piel. "El paisaje es lo que más te impacta
porque vas por el medio de la cordillera. Uno va con la mentalidad de
aventura y al final termina conociendo la historia de San Martín
que está presente en todo momento, las vivencias de Malvinas y
el sentir que algo te impulsa a seguir a pesar del agotamiento. Es una
experiencia profunda", reconoció Mercedes, cuya aventura se
nutrió de vivencias en el trayecto que jamás imaginaron.
Por eso ni el frío ni el cansancio impidieron festejar haber cumplido
por fin el sueño de alcanzar el desafío.
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