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EL HOMENAJE QUE SE LE DEBE AL TRESARROYENSE
"CATINO" ARIAS, ICONO DE LA PAYADA ARGENTINA
Catino Arias, la leyenda
El tresarroyense Constatino "Catino" Arias
es un ícono de la payada argentina. Cantor repentista de excelencia
y "burrero" apasionado, fue amigo íntimo del gran Irineo
Leguizamo. En los hipódromos encontró su medio de vida:
escribía libros que reunían su poesía oral improvisada
aplicada al turf. "Catino", quién no recibió aún
de Tres Arroyos el homenaje que se merece, fue el primer payador en aparecer
por televisión, siendo el impulsor del movimiento payadoril en
los medios de comunicación. "El Periodista" le rinde
tributo en un informe especial
La payada es poesía oral improvisada. Ha existido
con distintos nombres en casi todos los rincones del mundo, comunicada
con las raíces originales del arte poético. Vagando de un
lado a otro llevando su arte, los payadores supieron resguardar la tradición
oral que forma parte fundamental de la historia de un pueblo. Recién
después de mucho bregar, Tres Arroyos ha despertado para convertirse
en el centro del renacimiento de la payada y transformarla en parte viva
de la cultura. Desde este año, los payadores cuentan con su propio
hogar: la Casa del Payador, un espacio único en el país
de recuperación de la tradición propia, cuya misión
es rendir respeto y homenaje a la figura del poeta repentista. La inauguración
del Centro, impulsada por la Comisión Monumento al Payador, y especialmente
por Luis Barrionuevo que luchó incansablemente para concretar este
sueño, tuvo lugar a fines del mes de julio en el marco de los festejos
del Día Nacional del Payador. Artistas prestigiosos de nivel nacional
que estuvieron en aquella ocasión, no ahorraron palabras de elogio
hacia la figura de Constantino "Catino" Arias, el primer payador
tresarroyense que hizo trascender el canto repentista por todos los rincones
del país, transformándose en un icono del arte de la improvisación
oral.
Dicen los que saben que payador se nace y con el tiempo se hace. "Catino"
nació con esa virtud intransferible e innata y se formó
como artesano de la copla, dueña de reflexiones casi filosóficas
en el breve instante en que el pensamiento las dicta. Dicen los que han
trascendido que nadie es profeta en su tierra. Y "Catino" tuvo
que partir de joven a desarrollar el arte de la palabra por otros lares,
sin alcanzar de su pueblo el reconocimiento que merecía. Llevando
la tradición del arte que amaba, fue un payador por antonomasia,
poeta bohemio, escritor sin ambiciones personales y confesor en su cordaje.
Su nombre quedó impreso en la historia como uno de los grandes
payadores argentinos que supo expresar como nadie el sentir del turf.
Con la payada en la sangre
"Catino" llegó al mundo con la payada en la sangre. Nació
en Tres Arroyos en 1909 y vivió su infancia en una antigua casona
de calle Matheu y Maipú. Era el tercero de siete hermanos de una
familia española, que bautizó a su último hijo como
ahijado del presidente Hipólito Yrigoyen, tal como indica la tradición.
Ya de chico "Catino" pintaba para artista. Poseía talento
y un don natural que estimulaba con su hermano Félix, rasgando
las guitarras e improvisando versos, desarrollando sus primeras armas
en el canto repentista. "En esa época había dos ramas:
o eras folclorista o payador. Mi abuelo era payador, tocaban la guitarra,
les gustaba. Era un mal de familia", cuenta su sobrino nieto Germán
Soriano.
Por esos tiempos el patriarca familiar poseía un importante almacén
de ramos generales, "El Ebro", que ocupaba un cuarto de manzana,
donde se podía encontrar de todo: desde bombachas de campo hasta
repuestos. Ese comercio era la herencia que deseaba legar a sus hijos.
Por eso cuando "Catino" planteó convencido que quería
forjar su futuro como payador, su padre manifestó su desacuerdo.
"Cuando le dijo quiero ser payador, el abuelo le dijo ´arreglate
como puedas´. Porque era un gallego que había armado un almacén
de ramos generales, el futuro para sus hijos".
El destino de "Catino" estaba signado por la tradición
del arte que amaba. Ni el intento de disuadirlo, ni la resistencia de
su padre hicieron mella en su objetivo. Porque llevaba la payada en el
alma y lo impulsaba la necesidad de expresar su sentir. No tenía
contactos ni experiencia en la gran ciudad, pero con veinte años
se fue solo con su arte y su guitarra a probar suerte en Buenos Aires.
Desde allí enviaba cartas periódicamente contando sus vivencias,
que escribía en décimas, siguiendo la costumbre que compartía
con su hermano. "Me acuerdo que encabezaba los sobres con ´Del
norte le escribo al sur a Félix Arias Madero, el rey de los petroleros
que vive en calle Maipú´. Porque mi abuelo era encargado
del depósito de la Shell y él le contestaba así también",
rememoró Soriano.
Debilidad por el turf
Empezó golpeando puertas y de inmediato se involucró en
el ambiente del turf. No había heredado de su padre el gusto por
el comercio pero si la debilidad por el juego. Los Arias eran una familia
burrera por naturaleza. Compraban los diarios de Buenos Aires y estudiaban
minuciosamente las carreras y los candidatos para hacer su apuesta, en
un tiempo donde nadie imaginaba que "Catino" se convertiría
en amigo íntimo de Irineo Leguizamo, el gran jockey uruguayo amigo
de Carlos Gardel, ídolo de multitudes, por quien sentiría
admiración y respeto. Fue su entusiasmo burrero el que lo guió
hasta alcanzar el éxito en los caminos de un arte difícil
por si mismo, pero desafiante para los privilegiados. "Como le gustaba
mucho la timba, cuando tenía plata iba al Hipódromo. En
las fiestas del Hipódromo empieza a hacer payadas y conoce a Irineo
Leguizamo. El le ayudó a abrir puertas. Lo hizo conocido del turf,
del que escribió varios libros y los vendía en el mismo
hipódromo, con eso vivía", contó Soriano.
Sus dos pasiones
Así empezó a desandar el sendero donde supo combinar sus
dos pasiones: la de criollo payador y burrero, que reflejó en "El
sentir del Payador en el turf", un libro que se conserva como recuerdo
histórico en la Casa del Payador. Lo dedicó en homenaje
a su gran amigo Juan Pedro Artigas, jockey y jinete que murió en
un trágico accidente el 9 de julio de 1959, después de cruzar
el disco victorioso en el Hipódromo de San Isidro. En sus páginas
"Catino" expresó las vivencias de más de treinta
años de profesión, en décimas que mezclan el lunfardo
y siguen el modismo criollo, matizando los relatos con el indispensable
argot burrero que conocía a la perfección. Es una fiel reseña
del pasado y presente turfístico, pero por sobre todo un pedazo
grande de la vida de este trovador, vida que cuando se refería
al turf se convertía en sentimiento. "Soy burrero y soy dichoso/
vivo a gusto con mi suerte/ igual trato al hombre fuerte/que al débil
o al poderoso/nunca me vuelvo envidioso/si estoy seco y otros tragan/ni
grito si no me pagan/aunque se pase el período/yo soy amigo de
todos/no me interesa lo que hagan", se definía en una de esas
payadas.
Trayectoria
Como todo cultor de la tradición oral, Constantino recorrió
el país desplegando el canto repentista. Estuvo en Chile, en Brasil
y fin de semana por medio viajaba a Uruguay a encontrarse con sus amigos
payadores del contrapunto. Improvisó junto a Pachequito, Bustamante,
Héctor Gutiérrez y se hizo famoso por su participación
en las Cruzadas Gauchas, el gran movimiento de payadores rioplatenses
donde, acompañados de la infaltable guitarra, los payadores cantaban
casi recitando coplas que improvisaban sobre cualquier tema propuesto.
Cuando se encontraban, se establecían duelos de payadas en las
que uno trataba de vencer al otro y se prolongaba según la habilidad
de los intérpretes.
Su don de payador nato le abrió las puertas de los canales de televisión
en Buenos Aires. Con su natural carisma sabía cautivar a todos
a través de la palabra. Quedó en la historia como el primer
payador argentino en llevar el canto repentista a los medios de comunicación,
rescatando así las raíces del payador de antaño,
que fue el primer periodista oral que llevaba las noticias de un lado
a otro en tiempos que no lo hacían las radios, ni los diarios,
ni la televisión. "Fue el impulsor de todo el movimiento payadoril
en los medios de comunicación. Fue el primer payador argentino
que estuvo en televisión y no sé si hubo otro después
a ese nivel. Cuando estaba "Catino" en televisión el
programa duraba dos horas en vivo, iba tres veces por semana y ahí
se hacían reñidas con payadores argentinos y uruguayos.
Era increíble la cantidad de gente que lo iba a ver", cuenta
Soriano, que no olvida cuando de chico se juntaba toda la familia en casa
de la abuela, rodeando una antigua radio a escuchar las payadas de "Catino"
que se transmitían en directo por Radio Nacional.
Nadie es profeta en su tierra
En su vasta trayectoria, el artista tresarroyense que dejó su nombre
en la historia, nunca alcanzó a ser profeta en su tierra como auguraba
el dicho. En Luján, el pueblo que había adoptado para vivir,
fue un personaje reconocido. "Allá él era un señor.
Nunca pagaba en un restaurante o un café porque lo invitaban. En
el Hipódromo no pagaba entradas, era un personaje", reconoció
Soriano.
Tres Arroyos recordó brindarle su homenaje en el último
tramo de su carrera, en 1980, donde hizo su primera y única presentación
en el Teatro de la Escuela Nº 1, que se colmó de gente para
apreciar su arte. "Vino Curbelo y todos los payadores reconocidos.
Me pidieron que fuera locutor. Fue una cosa hermosa porque estaba toda
mi familia en la primera fila. Pedí que prendieran las luces y
casi me voy porque había gente por todos lados. Dije que era mi
tío abuelo lo invité a subir y él empezó a
payar", recordó Germán. Ese día a Catino ya
no lo acompañaba su fiel guitarra. De tanto rasgar las cuerdas
se le habían entumecido los músculos y hacía tiempo
había dejado los escenarios para poner un puesto de flores frente
al cementerio de Luján, donde murió el 11 de junio de 1981,
para renacer como mito de la payada argentina.
Para entonces, Luis Barrionuevo había recogido la herencia de "Catino"
y se convirtió en el segundo payador que dio la ciudad. Con el
profundo respeto que siente hacia su figura confiesa que le hubiese gustado
compartir con él alguna payada, como un testimonio histórico
del arte repentista en nuestras tierras. "Siento pena de no haber
conocido a 'Catino' porque sé que estuvo muy solo. En el año
1996 colocamos una placa en un monolito de la Plaza San Martín
en su homenaje en el Día del Payador. Para ese evento vinieron
los payadores José Curbelo, Abel Soria de Uruguay y Roberto Ayrala.
Todo se hizo a fuerza de sacrificio pero al poco tiempo robaron la placa".
Sin embargo, como luchador incansable por el reconocimiento de los valores
propios, Barrionuevo difundió el nombre de "Catino" en
los congresos y viajes internacionales donde ha brindado su poesía.
Como el último bastión del criollo payador en la ciudad,
sigue actuando sin bajar los brazos para transformar a la payada en parte
viva de la cultura. La Casa del Payador y el Monumento al Resero, fueron
dos hitos de este compromiso. El próximo será cumplir un
sueño que lo desvive: que Tres Arroyos tenga un joven payador,
será el tercero, a quien legar la herencia que nació con
"Catino".
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