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AUNQUE NO LOGRO SOBREVIVIR COMO EXPRESION POPULAR,
EL CARNAVAL TUVO BRILLO PROPIO EN TRES ARROYOS
La vida es un carnaval
Hasta la década
del '50, en febrero de cada año y durante cinco días, Tres
Arroyos vivía una fiesta inolvidable de carnaval. El pueblo entero
se convertía en protagonista. En las calles, en las plazas, en
los clubes, en los salones de baile, en las casas particulares. Culto
al Rey Momo, guirnaldas, papel picado, comparsas, carrozas, disfraces...
todo era válido para expresar la alegría de vivir. Pero
a mitad del siglo pasado la celebración desapareció y en
los rostros tresarroyenses se opacó la sonrisa. "Carnavales
eran los de antes", informe especial de "El Periodista"
"Ríase a carcajadas, diviértase, disfrute, sacúdase
el polvo al pesimismo, concurra a los bailes de Politeama", pregonaba
una publicidad en los primeros días de febrero de 1932 en el diario
"El Defensor", una de las tantas publicaciones de antaño
que desaparecieron en nuestra ciudad, al igual que aquellos festejos populares
que hoy sólo se recorren desde la nostalgia. Es que cinco días
del segundo mes del año eran exclusivos para la celebración
del Carnaval, una fiesta que en Tres Arroyos tenía un brillo pleno
y que no logró sobrevivir como una de las tantas expresiones del
pueblo.
Bien puede decirse que "carnavales eran los de antes", aquellos
en los que el desfile de carrozas se convertía en una verdadera
fiesta de gran impacto popular que se preparaba con varios meses de anticipación
para que los tresarroyenses pudieran expresar sus alegrías en los
espacios públicos, en las calles, plazas y barrios donde todos
estaban de fiesta.
El carnaval, que nació como un legado de los españoles que
trajeron a nuestras tierras los festejos históricos del continente
europeo, se originó en la Argentina como una fiesta enmarcada en
el ámbito cristiano, ya que se conmemoraba tres días antes
al miércoles de ceniza. Sin embargo, como silenciosas habitaciones
vacías, quedaron ciertas fechas del almanaque en las que los murgueros
del país insisten en adjudicar la condición carnavalesca,
días que ya no son utilizados para festejar sino más bien
para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta.
Es que aquellos eran tiempos de sueños, donde cada uno encarnaba
el papel que quería representar y donde predominaban los dominó,
personajes míticos propios del carnaval, aunque para llevar el
disfraz con capuchas negras que contribuían al misterio había
que portar en la solapa una tarjeta que acreditaba el permiso municipal.
Hasta la década del 50, los corsos y carnavales fueron una costumbre
impostergable del pueblo. Casi todos los chicos se disfrazaban para concurrir
y los vecinos se instalaban desde temprano en las veredas o en los palcos
preparados para la ocasión, para conseguir un lugar privilegiado
que permitiera ver de cerca el brillo de las comparsas y los carruajes.
La costumbre de participar en los festejos estaba tan arraigada en los
tresarroyenses que días antes las mujeres adornaban los balcones
de las casas para hacer más atractiva una celebración por
excelencia.
Por la tarde, las murgas recorrían las calles de la ciudad, con
su música y sus cantos para anunciar la llegada del carnaval y
advertir a la gente que se preparara para el desfile.
El escenario de los corsos era la calle Colón, desde la Plaza San
Martín hasta 9 de Julio y retornando por Moreno, adornadas con
luces de colores, por donde desfilaban los carruajes, automóviles
con las capotas de lona bajas, carrozas y comparsas, además de
bandas de música, como la de Salvador Scotieri y Francisco Garziglia
que acompañaban el festejo popular. Los carnavales tenían
un brillo incomparable, con carros alegóricos, disfraces lujosos
y originales, y adornos que crecían en cada festividad. Desde los
autos se hacían duelos con los peatones que se apretujaban en las
veredas, de serpentinas de colores que surcaban el aire y una lluvia de
papel picado que envolvía el ambiente. Cuando el corso llegaba
a su clímax, las calles y veredas se cubrían de cintas de
papel que se enganchaban entre las piernas de la gente. Los lanza perfumes
tuvieron también su época de difícil olvido, ya que
la ráfaga fría en la nuca, a causa del éter, se transformaba
en un peligro si llegaba a los ojos.
A las doce de la noche una bomba de estruendo se hacía escuchar
en toda la ciudad, pregonando el principio de una costumbre que siempre
reinó y aún lo sigue haciendo en carnaval: la de arrojarse
agua. No había escape y andar por la calle o asomar la nariz afuera
era correr el riesgo de recibir un baldazo y quedar empapado.
Cuando el sol comenzaba a caer el punto de reunión era "El
Sueño Azul", un predio al aire libre detrás de la Municipalidad
donde se erige el Monumento al Inmigrante, donde había baile de
carnaval para toda la familia, animado por orquestas que invitaban a danzar
hasta el amanecer. Y por supuesto también se colmaban los salones
de las instituciones sociales, como el Club Social, la Confitería
Colón, la Sociedad Italiana o el Club Costa Sud que preparaban
bailes o números criollos que representaban la tradición
nacional y la expresión genuina del folclore. En algunos casos,
la gente organizaba fiestas privadas en su casa, a donde acudían
los jóvenes disfrazados hasta que llegara la hora del baile popular
que concentraba a toda la familia.
El culto al Rey Momo se realizó sin interrupción hasta la
década del '30 y por esa época el brillo fue apagándose
y los festejos se fueron espaciando, sobre todo con la llegada de la revolución
militar, cuando el gobierno prohibió el uso de máscaras
y caretas y la decadente situación económica deprimió
el ánimo popular. Cuenta la crónica que a principios de
enero de 1932, un decreto municipal le concedió al Club Costa Sud
los festejos del efímero reinado del Rey Momo. Eran tiempos de
crisis económica pero la gente se volcó a las calles a festejar
y los niños se congregaron en la plaza San Martín para formar
parte del desfile y del concurso de disfraces tradicionales que ya se
preanunciaban días antes en los periódicos de la época.
Hubo tres días de carnaval en la ciudad y además del desfile
y los carruajes, la comisión de fiestas organizó en el cine
"Politeama" un baile popular animado por los acordes de la orquesta
"Corvi" y el trío "Los Puntanos" que inundó
el salón de folclore. Aquella vez se notó la pérdida
del bullicio y el brillo de años anteriores que se vieron apaciguados
por un contexto político y económico que alentaba el entusiasmo
para las fiestas.
Años después, poco y nada quedó de la tradición
y el Rey Momo desapareció al igual que la euforia que despertaban
los carnavales de antaño, que se extinguieron como una de las tantas
expresiones del pueblo que salía a la calle a dar cuenta de sus
alegrías en los espacios públicos donde todo solía
ser una fiesta.
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UNA COMPARSA CON 60 INTEGRANTES
"Aracaju" rescata hoy
el espíritu de la fiesta
Algunos soñadores todavía se empecinan
en rescatar el espíritu de fiesta. Y si no fuera por ellos
el carnaval permanecería olvidado en el calendario de los
recuerdos. Matías Martínez fue quien empezó
a moverse al compás del tiempo para que las calles de Tres
Arroyos pudieran convertirse nuevamente en pasarela de la expresión
artística popular. De esta forma surgió la comparsa,
como un resabio del pasado y un hechizo del presente que cautiva
cada año con sus ritmos y sus trajes coloridos en los desfiles
de la Fiesta del Trigo o en los carnavales que organiza la Escuela
Nº 18, donde no dejan de estar presentes.
"En el 96´ empezamos a presentarnos como dúo con
mi prima en los carnavales de la Escuela Nº 18 y desde ese
momento nos empezó a ir muy bien. Tres años después
se nos ocurrió la idea de armar una comparsa", dice
Matías, quien hoy se encarga de dar vida a los bailes y armar
los números de cada espectáculo.
En principio la llamaron "Salomé", hasta que en
el 2001 fue bautizada para siempre como "Aracaju", la
primer comparsa de la zona que se convirtió en la manifestación
artística por excelencia del carnaval.
"Cada año preparamos un número distinto, bailes
árabes, zamba brasilera, salsa, con batucadas, redoblantes
y bombos que transmiten la alegría propia del carnaval",
cuenta el pionero que en poco tiempo logró contagiar el entusiasmo
popular. Hoy ya son sesenta, entre grandes y chicos, los que participan
de la comparsa, dedicando su tiempo a bordar su propia ropa y aprender
ritmos murgueros que recrean en cada presentación.
Con trajes coloridos, bailes sincronizados y alegría contagiosa,
"Aracaju" despliega su ritmo con la misión de revivir
en los tresarroyenses el espíritu festivo de los carnavales
de antaño y materializar la fantasía propia de las
expresiones populares.
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