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de Tres Arroyos

 

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Fotos de 1928
Colección Andrés Errea

Durante cinco días y cinco noches la ciudad transitaba un tiempo de loca alegría y los tresarroyenses se transfiguraban con máscaras y antifaces que ocultaban por unas horas su aspecto normal. Lunes y martes eran feriados especiales de carnaval, una costumbre que fue suspendida por decreto de la dictadura militar de 1976

 

 


AUNQUE NO LOGRO SOBREVIVIR COMO EXPRESION POPULAR,
EL CARNAVAL TUVO BRILLO PROPIO EN TRES ARROYOS

La vida es un carnaval

Hasta la década del '50, en febrero de cada año y durante cinco días, Tres Arroyos vivía una fiesta inolvidable de carnaval. El pueblo entero se convertía en protagonista. En las calles, en las plazas, en los clubes, en los salones de baile, en las casas particulares. Culto al Rey Momo, guirnaldas, papel picado, comparsas, carrozas, disfraces... todo era válido para expresar la alegría de vivir. Pero a mitad del siglo pasado la celebración desapareció y en los rostros tresarroyenses se opacó la sonrisa. "Carnavales eran los de antes", informe especial de "El Periodista"

"Ríase a carcajadas, diviértase, disfrute, sacúdase el polvo al pesimismo, concurra a los bailes de Politeama", pregonaba una publicidad en los primeros días de febrero de 1932 en el diario "El Defensor", una de las tantas publicaciones de antaño que desaparecieron en nuestra ciudad, al igual que aquellos festejos populares que hoy sólo se recorren desde la nostalgia. Es que cinco días del segundo mes del año eran exclusivos para la celebración del Carnaval, una fiesta que en Tres Arroyos tenía un brillo pleno y que no logró sobrevivir como una de las tantas expresiones del pueblo.
Bien puede decirse que "carnavales eran los de antes", aquellos en los que el desfile de carrozas se convertía en una verdadera fiesta de gran impacto popular que se preparaba con varios meses de anticipación para que los tresarroyenses pudieran expresar sus alegrías en los espacios públicos, en las calles, plazas y barrios donde todos estaban de fiesta.
El carnaval, que nació como un legado de los españoles que trajeron a nuestras tierras los festejos históricos del continente europeo, se originó en la Argentina como una fiesta enmarcada en el ámbito cristiano, ya que se conmemoraba tres días antes al miércoles de ceniza. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, quedaron ciertas fechas del almanaque en las que los murgueros del país insisten en adjudicar la condición carnavalesca, días que ya no son utilizados para festejar sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta.
Es que aquellos eran tiempos de sueños, donde cada uno encarnaba el papel que quería representar y donde predominaban los dominó, personajes míticos propios del carnaval, aunque para llevar el disfraz con capuchas negras que contribuían al misterio había que portar en la solapa una tarjeta que acreditaba el permiso municipal. Hasta la década del 50, los corsos y carnavales fueron una costumbre impostergable del pueblo. Casi todos los chicos se disfrazaban para concurrir y los vecinos se instalaban desde temprano en las veredas o en los palcos preparados para la ocasión, para conseguir un lugar privilegiado que permitiera ver de cerca el brillo de las comparsas y los carruajes. La costumbre de participar en los festejos estaba tan arraigada en los tresarroyenses que días antes las mujeres adornaban los balcones de las casas para hacer más atractiva una celebración por excelencia.
Por la tarde, las murgas recorrían las calles de la ciudad, con su música y sus cantos para anunciar la llegada del carnaval y advertir a la gente que se preparara para el desfile.
El escenario de los corsos era la calle Colón, desde la Plaza San Martín hasta 9 de Julio y retornando por Moreno, adornadas con luces de colores, por donde desfilaban los carruajes, automóviles con las capotas de lona bajas, carrozas y comparsas, además de bandas de música, como la de Salvador Scotieri y Francisco Garziglia que acompañaban el festejo popular. Los carnavales tenían un brillo incomparable, con carros alegóricos, disfraces lujosos y originales, y adornos que crecían en cada festividad. Desde los autos se hacían duelos con los peatones que se apretujaban en las veredas, de serpentinas de colores que surcaban el aire y una lluvia de papel picado que envolvía el ambiente. Cuando el corso llegaba a su clímax, las calles y veredas se cubrían de cintas de papel que se enganchaban entre las piernas de la gente. Los lanza perfumes tuvieron también su época de difícil olvido, ya que la ráfaga fría en la nuca, a causa del éter, se transformaba en un peligro si llegaba a los ojos.
A las doce de la noche una bomba de estruendo se hacía escuchar en toda la ciudad, pregonando el principio de una costumbre que siempre reinó y aún lo sigue haciendo en carnaval: la de arrojarse agua. No había escape y andar por la calle o asomar la nariz afuera era correr el riesgo de recibir un baldazo y quedar empapado.
Cuando el sol comenzaba a caer el punto de reunión era "El Sueño Azul", un predio al aire libre detrás de la Municipalidad donde se erige el Monumento al Inmigrante, donde había baile de carnaval para toda la familia, animado por orquestas que invitaban a danzar hasta el amanecer. Y por supuesto también se colmaban los salones de las instituciones sociales, como el Club Social, la Confitería Colón, la Sociedad Italiana o el Club Costa Sud que preparaban bailes o números criollos que representaban la tradición nacional y la expresión genuina del folclore. En algunos casos, la gente organizaba fiestas privadas en su casa, a donde acudían los jóvenes disfrazados hasta que llegara la hora del baile popular que concentraba a toda la familia.
El culto al Rey Momo se realizó sin interrupción hasta la década del '30 y por esa época el brillo fue apagándose y los festejos se fueron espaciando, sobre todo con la llegada de la revolución militar, cuando el gobierno prohibió el uso de máscaras y caretas y la decadente situación económica deprimió el ánimo popular. Cuenta la crónica que a principios de enero de 1932, un decreto municipal le concedió al Club Costa Sud los festejos del efímero reinado del Rey Momo. Eran tiempos de crisis económica pero la gente se volcó a las calles a festejar y los niños se congregaron en la plaza San Martín para formar parte del desfile y del concurso de disfraces tradicionales que ya se preanunciaban días antes en los periódicos de la época. Hubo tres días de carnaval en la ciudad y además del desfile y los carruajes, la comisión de fiestas organizó en el cine "Politeama" un baile popular animado por los acordes de la orquesta "Corvi" y el trío "Los Puntanos" que inundó el salón de folclore. Aquella vez se notó la pérdida del bullicio y el brillo de años anteriores que se vieron apaciguados por un contexto político y económico que alentaba el entusiasmo para las fiestas.
Años después, poco y nada quedó de la tradición y el Rey Momo desapareció al igual que la euforia que despertaban los carnavales de antaño, que se extinguieron como una de las tantas expresiones del pueblo que salía a la calle a dar cuenta de sus alegrías en los espacios públicos donde todo solía ser una fiesta.

UNA COMPARSA CON 60 INTEGRANTES

"Aracaju" rescata hoy
el espíritu de la fiesta

Algunos soñadores todavía se empecinan en rescatar el espíritu de fiesta. Y si no fuera por ellos el carnaval permanecería olvidado en el calendario de los recuerdos. Matías Martínez fue quien empezó a moverse al compás del tiempo para que las calles de Tres Arroyos pudieran convertirse nuevamente en pasarela de la expresión artística popular. De esta forma surgió la comparsa, como un resabio del pasado y un hechizo del presente que cautiva cada año con sus ritmos y sus trajes coloridos en los desfiles de la Fiesta del Trigo o en los carnavales que organiza la Escuela Nº 18, donde no dejan de estar presentes.
"En el 96´ empezamos a presentarnos como dúo con mi prima en los carnavales de la Escuela Nº 18 y desde ese momento nos empezó a ir muy bien. Tres años después se nos ocurrió la idea de armar una comparsa", dice Matías, quien hoy se encarga de dar vida a los bailes y armar los números de cada espectáculo.
En principio la llamaron "Salomé", hasta que en el 2001 fue bautizada para siempre como "Aracaju", la primer comparsa de la zona que se convirtió en la manifestación artística por excelencia del carnaval.
"Cada año preparamos un número distinto, bailes árabes, zamba brasilera, salsa, con batucadas, redoblantes y bombos que transmiten la alegría propia del carnaval", cuenta el pionero que en poco tiempo logró contagiar el entusiasmo popular. Hoy ya son sesenta, entre grandes y chicos, los que participan de la comparsa, dedicando su tiempo a bordar su propia ropa y aprender ritmos murgueros que recrean en cada presentación.
Con trajes coloridos, bailes sincronizados y alegría contagiosa, "Aracaju" despliega su ritmo con la misión de revivir en los tresarroyenses el espíritu festivo de los carnavales de antaño y materializar la fantasía propia de las expresiones populares.


 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina