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VIDA Y OBRA DE DON CARLOS CERRI,
"EL EMPRESARIO MAS ANTIGUO DE LA REGION"
Con la fortaleza del metal
Con jóvenes 86 años, Don Carlos Cerri,
titular de la fábrica "La Atómica", ha sido distinguido
por la Cámara Económica local como "el empresario más
antiguo de la región". El próximo 30 de noviembre,
empresa y empresario cumplirán nada más y nada menos que
60 años de actividad ininterrumpida. De cara a ese aniversario,
y en un mano a mano con "El Periodista", el industrial repasó
su vida y obra. Sin dudas, la suya es "la voz de la experiencia"
Corría el año 1920, el 3 de junio de ese
año para ser más precisos, cuando el hogar de la familia
compuesta por Don Juan Cerri y Doña María Ischecci, se vio
alegrado con la llegada de "Carlitos", su primer hijo. Cómo
fueron sus primeros años; su relación con Juan, su hermano;
su paso por la Escuela de Artes y Oficios hasta obtener el título
de tornero mecánico, allá por el año `40. Su actividad
deportiva en el ciclismo; su paso por las recordadas Istilart y Rossi;
cómo se juntó con Aiello y Bianculli y por qué la
decisión del 30 de noviembre de 1946 de comenzar con una utopía
que se llamaría "La Atómica", hasta llegar a ser
reconocido como el empresario más antiguo de la región.
Toda esa historia se desanda en las líneas siguientes. Habla el
hombre oculto detrás del conocido empresario. Habla "la voz
de la experiencia"
"Los primeros años de mi vida fueron muy felices, vivíamos
en una quinta de mi padre Juan, que era un inmigrante italiano y mi madre
María que era tresarroyense. Si bien dados los tiempos no nos sobraba
nada, mi padre acostumbrado a la escasez propia de los tiempos de la guerra,
supo hacer que a nuestra familia, aun sin lujos, nunca le faltase nada",
dijo Don Carlos sobre sus días de niño, y agregó:
"Mi padre siempre me inculcó la idea de tomar un oficio, puesto
que según él eso me permitiría tener un mejor porvenir
y la posibilidad de algún día independizarme". Una
anécdota propia de la infancia da cuenta que su destino metalúrgico
estaba marcado a fuego: "Tengo un recuerdo de mi infancia con mi
hermano Juan, que juntábamos latitas de sardinas para jugar a que
teníamos muchos acopladitos".
Y el niño que dio paso al adolescente comenzó a formarse:
"Siguiendo los consejos de mi padre empecé en la Escuela de
Artes y Oficios donde estudie tornería y mecánica porque
era algo que me entusiasmaba mucho. Fue una bendición de Dios,
porque fue el legado de mi padre lo que hizo que aprendiera un oficio
que a la larga me dio muchísimas satisfacciones".
El tiempo dedicado a la formación no fue impedimento, por supuesto,
para que también Don Carlos tuviera tiempo para los amigos, el
deporte, la distracción: "En mi juventud practiqué
ciclismo durante seis años, deporte que me dio muchas alegrías
y en el que gané unas cuantas carreras. Recuerdo algunos compañeros
como Castioni, Marchelli, Mulder y Mangas, entre otros".
A la formación siguió la obligación, ahora como empleado,
donde tendría ocasión de mostrar cuánto había
aprendido en la escuela: "Empecé trabajando en la antigua
fábrica Istilart y después durante más o menos diez
años trabajamos juntos Bianculli, Aiello y yo en la ex fábrica
Rossi. Ahí fue que comenzó a armarse nuestra idea del taller
propio, algo que soñábamos de siempre. Fue así que
logramos comprar el tallercito de 'Don Chini', que estaba en la calle
Brown 170, eso fue en el año 1946, ahí comenzamos a trabajar
en tornería y reparación de maquinarias agrícolas".
Confiados en el futuro, los tres ex empleados ahora convertidos en tres
empresarios, comenzaron a abrirse paso a fuerza de ideas y trabajo: "El
comienzo fue como se dice comúnmente 'a pulmón', pero aprovechamos
los clientes que tenía el dueño anterior, lo cual hizo que
no tuviéramos que comenzar de cero. El taller era de diez por diez
y contaba con dos tornos y varias herramientas. Eso ayudó. La tornería
era un baluarte de esa época porque casi no había, y las
empresas tercerizaban mucho porque no daban abasto con la producción
propia".
La demanda creciente de trabajo los llevó a pensar en ampliarse.
El otrora tallercito de "Don Chini" resultaba insuficiente para
contener tantos pedidos: "En la medida en que el trabajo fue creciendo
el taller fue quedando chico, entonces nos trasladamos al taller de Avenida
San Martín 551 ya con el nombre de 'La Atómica'. Ahí
empezamos a fabricar acoplados chicos de carga y graneros de cereales,
metálicos. Fuimos precursores en hacer los acoplados y cajas de
metal, algo que no se usaba en la época, porque hasta entonces
se hacían de madera".
Pero no todas eran rosas. Los tres socios pasaron a ser dos, y surgieron
algunos problemas, principalmente de orden sindical: "Al tiempo nos
abandona Bianculli y continuamos solos Aiello y yo. En ese momento era
muy difícil la relación con el personal, por el crecimiento
de la injerencia gremial en las empresas. Por suerte pudimos sortear esos
conflictos y lograr que nuestra fábrica crezca en armonía".
La fábrica crecía, los conflictos se solucionaban, el viento
soplaba a favor. Y todavía había más sorpresas a
la vuelta de la esquina, en este caso el amor. "Fue por esa época
cuando conocí a Elsa Giarrocco, en lo que llamábamos 'la
vuelta del perro' que se hacía los días domingo en el centro
de la ciudad. En un primer momento me impactó su belleza, y de
ahí en más no nos separamos hasta su desaparición.
Me casé con Elsa el 17 de diciembre de 1949. Al tiempo comenzaron
a llegar nuestros hijos como una necesidad, primero fue Carlos Luis, después
vino Horacio y por último Mónica. Esa fue una muy buena
etapa de mi vida", contó.
Casi cuarto siglo después del casamiento de Don Carlos, los socios
que primero fueron tres, y después dos, iniciaron una carrera "solista"
en los negocios: "Luego de varios años de trabajo en la fábrica
de Avenida San Martín, allá por el año 1973, decidimos
separarnos con Aiello y nos trasladamos a la ruta 3 y 228, a nuestras
propias instalaciones de más de 4000 metros cuadrados, ya con el
nombre propio de 'La Atómica, de Carlos Cerri e Hijos'. La separación
de Aiello no fue problemática, ya que por suerte teníamos
dos unidades de cada herramienta, con lo cual dividir en partes iguales
fue muy fácil, por ejemplo había dos plegadoras, una para
cada uno y todo lo hicimos así. Donde surge una anécdota
risueña es con la repartición del personal, al que fuimos
eligiendo por turnos uno a uno, con lo cual nos quedó para último
el que ninguno de los dos quería, 'el más jodido'",
expresó Don Carlos, riéndose.
Los hijos de Cerri, no bien fueron volviendo del Servicio Militar Obligatorio,
comenzaron a sumarse a la fábrica. "Carlos era el que distribuía
el trabajo entre la gente y Horacio en un primer momento trabajaba en
el balancín y después en la parte administrativa. Así,
con muchísimo esfuerzo y trabajo comenzamos a crecer tanto laboralmente
como en cantidad de empleados, a poder hacerle frente a distintos tipos
de requerimientos del mercado. Esto nos posibilitó el contacto
con Randon y empezamos a operar como únicos representantes de esta
firma brasilera para la provincia de Buenos Aires y La Pampa, de acoplados
y semi remolques", indicó.
Carlos Cerri, reconocido como "el empresario más antiguo de
la región", siente lógico orgullo por su fábrica.
"Puede ser considerada como una fábrica escuela, ya que la
mayoría del personal aprendió el oficio de nuestra mano.
Y además varios de los que hoy en cierta medida son nuestra competencia
también salieron de acá. Es una de las empresas con mayor
antigüedad en el conjunto de sus empleados. Como ejemplo basta ver
que el empleado más nuevo está llegando a los diez años
con nosotros y el más antiguo está en los cincuenta años".
En las décadas de existencia de la firma, y más en un país
tremendamente cambiante como Argentina, como es lógico suponer,
la firma vivió momentos buenos, regulares y malos. "Recuerdo
una vez que falló una cosecha y varias fábricas tuvieron
que cerrar, eso me causó mucho dolor y tristeza, pero uno miraba
con mucha fe lo que tenía y seguimos 'a pulmón' como pudimos
pero con mucho optimismo y garra, como se dice comúnmente, esperando
que llegaran los buenos tiempos", recitó Don Carlos, casi
como dando una lección de perseverancia. "La evolución
industrial a veces es lenta y obligada por las necesidades del mercado.
Lenta porque nuestra economía es cíclica y esto hace que
por ahí las grandes inversiones sean en algunos casos muy difíciles
de recuperar y por eso uno trata de acomodarse con lo que tiene".
Hoy por hoy, el trabajo es parejo, sobre todo por la relación establecida
con Randon. "A la fecha estamos mandando todas las semanas a Randon
Argentina, en Rosario, 10 carrocerías de semi-remolques para unidades
vendidas por dicha empresa en todo el país. Además se siguen
haciendo carrocerías metálicas para camiones de todo tipo
y medida", explicó el hombre que, en esta etapa de su vida,
y haciendo un balance, cree que "he logrado todo lo que me propuse
en mis comienzos: formar una linda familia, tener mi propia empresa que
crece cada día y poder retirarme tranquilamente, disfrutando de
mi jubilación y sabiendo que la empresa al mando de mis hijos queda
en buenas manos", concluyó.
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