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de Tres Arroyos

 

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Signe Ulane

Va Son Le

Yasuyuki Suzuki y
Akemi Kitagawa

Tan Thieu Nguyen Le

 

 


NACIERON EN ESTONIA, VIETNAM Y JAPON, PERO SON TAN
TRESARROYENSES COMO CUALQUIERA DE LOS HIJOS DE ESTA TIERRA

Un lugar en el mundo

Españoles e italianos, son las primeras nacionalidades que se mencionan cuando se habla de inmigrantes llegados a Tres Arroyos. Avanzando, surgen luego los daneses y holandeses. Algunos, más reflexivos, citan a los nacidos en Medio Oriente. Y, ya casi como una excepción, se hace referencia a sudamericanos, centroamericanos, estadounidenses y europeos occidentales. La lista original, que se amplió notablemente, sin embargo no se acaba. Claro que, para ir más allá, la búsqueda debe ser minuciosa. Sólo así "El Periodista" pudo encontrar, para reconstruir sus historias de vidas, a una estoniana atraída por la aventura, una familia de vietnamitas que escapó del comunismo y una pareja de japoneses que emigró tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy, todos ellos son tan tresarroyenses como cualquiera de los hijos de esta tierra. Informe especial

Hace días una empleada de un comercio céntrico decía: "Cada vez que alguien me dice la palabra inmigrante, pienso solamente en españoles e italianos". Si bien podría considerarse que la responsable de la frase no se ha instruido demasiado sobre las etnias que poblaron el suelo de Tres Arroyos, dado que también llegaron aquí importantes contingentes de daneses y, en menor medida, gente nacida en Medio Oriente, en el comentario subyace otra idea mucho más desacertada, que consiste en creer que luego de las grandes inmigraciones de fines del siglo XIX y principios y mediados del XX, las cuales, es cierto, tuvieron como principales protagonistas a los europeos, ya ninguna otra persona extranjera arribó a nuestras tierras.
Sucede que, como pasa en otros aspectos, las minorías difícilmente se hacen notar. Pero no significa que no estén presentes. Si se escruta adecuadamente entre los pobladores de esta noble ciudad, podrá advertirse que nativos de una gran cantidad de regiones del planeta conviven o convivieron con los tresarroyenses naturales.
Aquí hay o hubo chilenos, bolivianos, peruanos, brasileños, uruguayos, paraguayos, centroamericanos de diversos países, estadounidenses y europeos occidentales. No obstante, aunque la empleada no los haya considerado a todos, esta inmigración no resulta tan "extraña" entre nosotros. Al fin y al cabo los países de América y Europa Occidental no encierran demasiados misterios por esta zona.
Pero en la ciudad también es posible hallar inmigrantes provenientes de sitios más "exóticos". Claro que la búsqueda debe ser minuciosa, ya no sirven las vistas fugaces, hay que preguntar entre los conocidos de los conocidos que alguna vez vieron o creyeron ver que cerca de su barrio habitaba alguien venido vaya uno a saber de dónde. Sólo de esta forma fue posible entrevistar y fotografiar a una estoniana, parte de una familia de vietnamitas y una pareja de japoneses.

Huir del comunismo

Para Tan Thieu Nguyen Le, el Vietnam del cual le han hablado nunca fue parte de su historia. Es que, cuando sus padres llegaron a la Argentina, él tenía apenas un año de vida. Hoy, con 24, la distancia entre Theo, apodo con el que todos lo llaman aquí, y el país de sus progenitores es enorme, no sólo en lo geográfico. El joven, definitivamente un occidental envuelto en apariencia oriental, se dedica a atender el negocio de venta de ropa que posee su madre sobre la calle Colón a pocos metros de 9 de Julio.
El padre de Tan Thieu, Thoi Nguyen, y su madre, Bot Le, vivían en Vietnam del Sur. Thoi era militar y luchó junto a sus compatriotas para evitar que los vietnamitas del norte invadieran el país y lo sometieran a un régimen comunista. La inevitable derrota lo convirtió primero en un perseguido político y luego en uno de los cerca de 12 millones de survietnamitas que huyeron del país en 1975 para transformarse en refugiados. Esta circunstancia fue la que hizo que a fines de la década del '70 Thoi, Bot, Thao, hija mayor del matrimonio, y Van Son Le, hermano de la mamá de Theo, llegaran a Buenos Aires y poco después se trasladaran a Bahía Blanca.
En esa ciudad situada a 200 kilómetros al sur de Tres Arroyos los Nguyen Le criaron a Thao, la única nacida en Vietnam, que hoy tiene 28 años; Thu, la segunda hija, y Tan Thieu, que tienen 26 y 24 años respectivamente y nacieron en un campo de refugiados en Hong Kong; y Roberto, de 22, quien obviamente llegó al mundo en la Argentina.
El arribo de algunos de los miembros de esta familia a Tres Arroyos se produjo recién hace 5 años. Fue Van Son quien movido por el interés de buscar nuevos horizontes llegó a nuestra ciudad para abrir su negocio de venta de ropa, el cual está ubicado casi enfrente al de su hermana. Aproximadamente 3 años después vinieron Theo y su madre.
Independientemente de las razones comerciales que los trajeron a Tres Arroyos, la pregunta más inquietante es ¿Cómo fue que esta gente llegó a la Argentina?. La dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983 abrió las puertas a varios refugiados que habían escapado de regímenes comunistas. Para tentarlos les aseguraron que aquí tendrían todas las oportunidades que en su patria se les habían negado. Si bien es cierto que así fue como muchos laosianos y algunos survietnamitas dejaron de ser refugiados para convertirse en inmigrantes legales, no es menos real que aquellas posibilidades con las que los alentaron a venir fueron básicamente falsas promesas.
Van Son Le está muy agradecido con la Argentina, pero reconoció ante "El Periodista" que al elegir este país "un poco nos equivocamos" ya que las cosas no fueron como se las habían pintado. En 1979 vinieron seis familias de refugiados vietnamitas, que no bien terminaron de poner pie en suelo argentino quedaron librados a la buena de Dios.
Entre las tantas promesas que la dictadura les había hecho figuraba un plan de ingreso de un mayor número de refugiados con el propósito de formar una colectividad importante, cosa que jamás ocurrió.
A pesar de todos los contratiempos con los que se encontraron al quedar desamparados en el país que supuestamente les había ofrecido ayuda, cinco de esas seis familias siguen hoy instaladas en Argentina y no piensan en irse de esta tierra. Le, incluso, tuvo la oportunidad de viajar a Vietnam en dos ocasiones para visitar a sus parientes, pero dijo que luego de transcurridos los primeros días ya extrañaba su estilo de vida aquí. Según su propio parecer esto le sucedió porque "ya soy más argentino que vietnamita. De mis 40 años de vida, 17 los pasé en Vietnam y 23 en Argentina".
Van Son dijo que nunca se ha puesto a pensar seriamente si volvería a radicarse en el país donde nació -cabe destacar que desde principios de la década del '90 el régimen que se instaló en Vietnam en 1975 se ha flexibilizado y existe una incipiente vida democrática-, y estimó que desde el punto de vista legal tampoco le resultaría simple regresar porque desde 1979 es únicamente ciudadano argentino.
A la hora de hablar de su adaptación a nuestra cultura, Le señaló que lo que más le costó fue no tener cerca a otros compatriotas. Tal vez se debe a eso que para formar pareja buscó a Maniphon Norasing, una vietnamita de 31 años que llegó a la Argentina siendo refugiada laosiana, con quien tuvo a su, hasta ahora, única hija, Nataly, de 4 años.
Aunque el inmigrante aseguró que al idioma castellano "hace 23 años que lo estoy aprendiendo", su buen manejo de la palabra en nuestra lengua denota su adaptación a una cultura ciertamente diferente a la suya. Claro que no por ello ha dejado de añorar cuestiones que le remiten a sus raíces. Un ejemplo de esto lo constituye el hecho de que durante todo el tiempo que "El Periodista" permaneció en el local de Van Son, se escuchaban baladas interpretadas por un artista vietnamita cuyo CD es uno de los tantos souvenirs que trajo de sus viajes a ese país donde nació y en el cual hoy es tan extranjero como cualquier argentino. "Hoy día la única diferencia entre vos y yo en Vietnam es que yo me parezco más a ellos y hablo el idioma, por lo demás los dos somos extranjeros", afirmó.

Consecuencias de la Segunda Guerra

Sus verdaderos nombres se hacen prácticamente impronunciables para muchos tresarroyenses, por eso la cuestión se resolvió de una forma que a ellos no parece molestarles para nada: a Yasuyuki Suzuki le dicen Paulo y a su esposa, cuyo nombre real es Akemi Kitagawa, la llaman María. El matrimonio es dueño de una florería en la zona del cementerio municipal y hace ya varios años que llegó a nuestra ciudad. Sin embargo, la historia inmigratoria de esta pareja comenzó bastante tiempo antes de radicarse acá.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Japón se encontraba en una situación muy desfavorable, las complicaciones de la posguerra se extendieron por varios años y muchas personas decidieron emigrar hacia países en donde el conflicto bélico no había llegado. Los padres de Suzuki, que vivían en la ciudad de Sizuoka, y los de Kitagawa, residentes de Hukuoka, partieron rumbo a Paraguay junto a sus pequeños hijos en 1956 y 1957 respectivamente.
La colectividad japonesa en la vecina república se hizo importante por aquellos años, siendo significativa la cantidad de nipones que vivían en asentamientos rurales y practicaban la agricultura. Este marco favoreció la formación de muchas parejas de jóvenes que habían emigrado en los brazos de sus padres cuando contaban con pocos meses de vida, como el caso de Yasuyuki y Akemi, quienes se casaron en Paraguay e inmediatamente después se radicaron en nuestro país en la búsqueda de mejores condiciones de vida.
El matrimonio se instaló primero en Tandil, lugar en el cual se iniciaron en el negocio de las flores y las plantas, pero en 1980 surgió la oportunidad de continuar con un emprendimiento igual y más rentable en Tres Arroyos, por lo que no dudaron sobre volver a mudarse. Aquí es donde definitivamente se convirtieron en los hoy conocidos Paulo y María de la florería "La Japonesita" y también donde crecieron sus cinco hijos: Moisés, de 27 años; Norma, de 25; Stella Maris, de 22; María Julieta, de 17 y Cintia, de 13.
Como les ha sucedido también a muchos inmigrantes europeos que eligieron Argentina, en la actualidad los Suzuki son una familia desmembrada, ya que este país que tanto prometía a la distancia se transformó en lo mismo que un espejismo en el desierto y obligó a que los descendientes de aquellos que vinieron a "hacerse la América" emprendan el camino de regreso hacia las tierras de donde vinieron sus orígenes.
Desde 1990 el hijo mayor de Yasuyuki y Akemi vive en el país de donde un día partieron sus abuelos; pero él no es el único, las dos hermanas que le siguen también decidieron dejar Tres Arroyos y buscar su destino en la tierra del sol naciente. Allí los tres trabajan como empleados en diferentes fábricas y han alcanzado un nivel de vida digno.
La partida de Moisés hacia Japón cuando apenas era un adolescente de 15 años se vio forzada por la adversa situación económica que atravesaba la familia a principios de los '90. En aquellos años Paulo también viajó a su país, pero no lo hizo con el plan de quedarse, sino con el propósito de reunir algo de dinero para hacer frente al duro momento que soportaban en la Argentina.
Mientras los hijos se le iban yendo, Suzuki viajó cuatro veces al pueblo de sus orígenes para trabajar por períodos de varios meses, ahorrar plata y regresar a nuestra ciudad. En ninguno de todos esos desplazamientos al hombre lo asaltaron los deseos de dejar Tres Arroyos para volverse al lugar donde había nacido. A fin de cuentas, Japón es, tanto para él como para Akemi, un sitio prácticamente desconocido.
Hoy por hoy Suzuki y Kitagawa han logrado estabilizarse económicamente, y mientras ven crecer a las dos hijas menores todavía no saben si ellas algún día querrán reunirse con sus hermanos. Entretanto, se alegran con cada carta que llega desde Japón y esperan con ansias las visitas que aproximadamente cada dos años les hacen su hijo e hijas emigrados.

Una aventura llamada Argentina

Signe Ülane no llegó a Tres Arroyos escapando de calamidades, como sucede con muchos otros inmigrantes. En realidad, esta estoniana, que hoy tiene 34 años y hace 11 que está radicada aquí, se fue de su país buscando aventuras en septiembre de 1991. Aunque en ese momento su destino fue Dinamarca, entre sus planes figuraba la idea de llegar a la Argentina porque el lugar le parecía totalmente exótico. A tal punto estaba interesada por nuestra nación que en su momento se inscribió en un plan de inmigración surgido de un convenio entre los gobiernos de Estonia y nuestro país, el cual finalmente resultó ser tan burocrático que la hizo desistir de la idea de llegar a este suelo por esa vía.
Mientras aguardaba la tramitación del frustrado proyecto gubernamental, Signe investigaba la geografía y los climas de Argentina con el fin de radicarse en una ciudad que se pareciera a su Tallin natal. Como resultado de aquellas horas frente a mapas y textos había resuelto que el lugar que en teoría más se parecía a lo que deseaba era Bahía Blanca. Sin embargo, hoy reconoce que si se hubiese instalado allí muy rápidamente se hubiera mudado a Mar del Plata, que efectivamente sí se parece a su ciudad.
Lamentablemente, sus ilusiones de llegar aquí en aquel momento se cayeron como las hojas de los árboles en otoño cuando los trámites empezaron a hacerse tan largos que se oponían a sus ansias de salir de Estonia. Así fue como en un rápido cambio de planes se subió al primer medio de transporte que la dejara en Dinamarca, seguramente sin imaginarse que en ese momento aquel sueño de llegar a nuestro país se había puesto más en marcha que nunca.
Al cabo de unos meses Ülane se enamoró de un danés llamado Daniel Rybner que vivía en una ciudad argentina con nombre extraño para ella: Tres Arroyos. La pareja funcionó muy bien y poco después resolvieron casarse, tras lo cual, en octubre de 1992, viajaron a Argentina y se afincaron en la ciudad.
En la actualidad Signe es un ejemplo de adaptación a nuestra cultura. Su dominio del idioma castellano hace que resulte sumamente difícil detectar que sus orígenes están cerca del mar Báltico y, además, sorprende cuando se confiesa como una fanática del mate. "Hablo bien el idioma porque me adapto. Eso es lo menos que uno debe devolverle al país que te recibe: aceptar su cultura, su idioma, respetarlo. No podés vivir en un país sin saber el idioma. En cuanto al mate, solo puedo decir que me encanta", afirmó.
Vale mencionar que este manejo de nuestro lenguaje no es casual, la inmigrante estoniana tiene una especial facilidad para los idiomas, ya que habla y escribe perfectamente 10 lenguas y entiende 16. Además, recientemente aprobó el examen de español avanzado, lo cual la habilitaría para enseñar la lengua en cualquier parte de Europa y en otros continentes.
Signe aprendió tantos idiomas debido a que posee un profundo interés por las diferentes lenguas, y a muchas de ellas las ha logrado asimilar cada vez que debió utilizarlas en alguno de los tantos viajes que ha realizado por el mundo en su condición de "persona nómade", tal como ella misma se define.
Desde que llegó a la Argentina, no obstante, ha tenido que adaptarse también a que viajar tan asiduamente como lo hizo durante los años en que vivió en Europa es verdaderamente difícil. Además, sus deberes maternos ya no la dejan decidir tan libremente como antes. La estoniana y su esposo tienen dos hijos, Cristofer y Robin, de 10 y 5 años respectivamente.

 

 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina