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Ansenio Vassolo

Walter y Raúl Knudsen

Fernando Pourreuix y familia

 

 


TRESARROYENSES QUE EMIGRARON BUSCANDO UN FUTURO MEJOR
Y AL POCO TIEMPO REGRESARON AL PAIS

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Cerca de dos millones de argentinos emigraron del país en los últimos años. De esa cifra, buena parte ha emprendido o está emprendiendo el regreso. ¿Por qué vuelven los que se fueron?. Las respuestas dependen de los casos particulares, pero todas poseen dos elementos en común: Ningún lugar es la panacea que creyeron podía ser y, además, a la distancia se revaloriza el verdadero hogar. Informe especial de "El Periodista" que reúne tres historias protagonizadas por tresarroyenses

ANSENIO VASSOLO
"Jamás me vuelvo a ir de la Argentina"

Ansenio Vassolo fue uno de los dos millones de Argentinos -dato difundido por la Asociación Argentinos en el Exterior-, que en diferentes etapas emigraron de nuestro país con el sueño de encontrar un destino mejor. Este joven tresarroyense cargó de ilusiones su valija en el año 2000 y partió hacia Miami. Aquí dejaba a su familia, su novia y su historia. Allí lo esperaba su tío, radicado en EE.UU. desde hace 25 años, quien le ofrecía un trabajo en la construcción.
"Fui porque quería hacer la experiencia de ver otra cosa. Había estado en 1997 de paseo y desde entonces me entusiasmé con la idea de irme algún día a probar suerte", confesó Ansenio a "El Periodista" hace unos días en la cocina de su casa.
Luego de permanecer tres meses decidió volver a nuestro país para evitar convertirse en un ilegal. Pero en realidad, la razón más fuerte de su regreso estaba vinculada a lo poco simpático que le resultó el desarraigo. Como le sucede a la mayoría de los emigrantes, Ansenio creyó al llegar a Miami que nunca más volvería a la Argentina, pero al cabo de unos pocos días se dio cuenta de cuanto añoraba su patria. "Empecé a extrañar la comida, los lugares, la familia, todo".
A pesar de ello, tras pasar dos meses en Tres Arroyos volvió a juntar coraje para intentar nuevamente empezar desde cero en otro país. Volvió a Miami con la firme decisión de averiguar cuánto dinero podía ahorrar trabajando duro y de esa forma determinar si realmente convenía quedarse allí o no.
"Mi plan era ver si podía ir unos años, unos 8 o 10 años, hacer plata y volver. En tres meses de trabajo pude ahorrar 800 dólares. Hoy puede ser que eso sea plata, pero en aquel momento no era un dinero importante. Si me ponía las pilas, acá conseguía esa misma suma", explicó.
Aunque la capacidad de ahorro no le pareció todo lo buena que se esperaba, el tresarroyense dijo que tuvo algunas semanas de trabajo interesantes en las que llegó a cobrar unos 700 dólares, monto que muchos argentinos ni siquiera ganan durante un mes completo. Sin embargo, Ansenio vivió en carne propia aquello que muchas veces se repite como una frase hecha, pero que no por eso es poco real: El dinero no hace a la felicidad.
La nostalgia que le producía estar lejos de su país y de todo aquello que le era cotidiano lo hizo despertarse de su sueño americano, que a esa altura, luego de un total de seis meses de permanencia en suelo estadounidense, era más bien una pesadilla, y volvió a hacer sus maletas para regresar a su tierra. Hoy piensa exactamente lo mismo que creyó cuando llegó a Miami, pero justamente al revés. "Jamás me vuelvo a ir de la Argentina".
De su experiencia como emigrante a Vassolo le quedaron varios recuerdos interesantes, que permiten conocer algo más sobre la vida de una parte de los argentinos que se han ido del país buscando mejores posibilidades.
El hogar del tresarroyense en Miami fue un cuarto de hotel. En ese lugar paraban al menos otros 14 argentinos. "Todos estábamos en la misma. Hubo algunos que se fueron de acá sólo con 500 dólares y no les alcanzaba ni para un mes de alquiler. Estaban ahí penando, buscando laburo. La gran mayoría se volvía", dijo.
"Había un cordobés que hacía 2 años que estaba en Miami. El muchacho iba progresando muy lentamente. Alquilaba y había logrado comprar un pequeño auto. Pero yo no creo que valga la pena emigrar si vas a ir avanzando tan despacio. La verdad es que pude comprobar que teniendo un buen trabajo acá podés hacer lo mismo que allá", aseveró Ansenio.
"Tal vez para un profesional las cosas puedan ser mejores. Hablé con gente que hace mucho tiempo que se fue y nadie había logrado grandes metas. Muy de a poco iban alcanzando algo, pero no podían vivir tranquilos porque estaban ilegales, y si los encontraban los mandaban de vuelta para la Argentina con lo que tuvieran puesto y nada más", explicó.
Para pasar a ser un ciudadano legalmente establecido en EE.UU. nuestro convecino tenía dos alternativas: casarse con una norteamericana o ser mano de obra especializada en alguna actividad en la cual no hubiera norteamericanos calificados. Pero, claro, ninguna de las dos cosas era tan sencilla.
Tras sus seis meses de residencia en Miami, Ansenio ha llegado a diversas conclusiones sobre las dificultades que conlleva iniciar una nueva vida en un país diferente al propio. En ese marco, su más contundente pensamiento lo expresó cuando la charla con "El Periodista" concluía. Con una sonrisa en sus labios, lanzó la más breve y descriptiva oración sobre lo que piensa luego de haber emigrado. "No hay como la Argentina", dijo.

WALTER Y RAUL KNUDSEN
"Afuera hay trabajo, pero si tenés los papeles en regla"

Los hermanos Walter y Raúl Knudsen decidieron en agosto del año 2001 que se iban a ir de Argentina en búsqueda de la prosperidad económica que aquí se les negaba. Raúl se había quedado sin empleo y Walter no estaba del todo conforme con lo que ganaba en el suyo. A ellos se sumó un amigo, Andrés Otero, quien dejaba en Tres Arroyos a su esposa e hijos con la idea de mandarles los pasajes unos meses después.
Programar el viaje les llevó bastante tiempo, siendo todos trabajadores no era fácil enfrentar los gastos que demandaba la salida del país. Recién en noviembre confirmaron el lugar a dónde iban a ir, en enero pudieron reservar los pasajes y la partida se produjo a mediados de marzo de 2002. El destino: Arrecife, en Lanzarote, España.
Hasta allí todo había salido según sus cálculos, pero el trío de emigrantes no se imaginaba que los deseos de volver a su patria llegarían mucho más rápido que el tiempo que les había demandado decidir a qué ciudad española viajarían.
Otero fue el primero en pegar la vuelta tan sólo un mes después de haber pisado suelo español y los Knudsen hicieron lo mismo un par de semanas más tarde.
El proyecto del grupo era conseguir algún empleo e ir viendo si se presentaban perspectivas de progreso económico. Pero los planes trazados a la distancia no fueron tan fáciles de concretar in situ. Por un lado, tenían el mayúsculo inconveniente de la ilegalidad, que dificultaba la posibilidad de conseguir un trabajo o si lo obtenían se parecía bastante a la explotación, y por el otro, la lucha cotidiana con la nostalgia por su tierra y los afectos se les hizo mucho más compleja de sobrellevar de lo que esperaban.
Tras dos semanas de permanencia en España, Walter consiguió empleo en un laboratorio fotográfico. Su trabajo consistía en retratar turistas en un lugar distante 30 kilómetros de Arrecife llamado Playa Blanca, a dónde debió mudarse.
Separado de sus compañeros de aventura migratoria, Knudsen vivió en un pequeño departamento que le daba su empleador y que compartía con otros dos argentinos. Le pagaban 300 Euros por hacer fotos en un barco de excursiones y una comisión de 0,50 Euro por cada imagen que lograra vender en un hotel turístico. Obviamente, el trabajo era en negro.
Por su parte, Raúl y Andrés sólo lograron trabajar un día limpiando vidrios en comercios de Arrecife. No pudieron desarrollar esta actividad porque sus clientes les exigían factura o algún tipo de comprobante de pago legal, al cual lógicamente no podían acceder por su condición de turistas extranjeros.
Lo que ocurre es que las más recientes leyes españolas sancionan con fuertes multas y clausuras a todo aquel que emplee a personas sin residencia legal en el país. Esto hace prácticamente imposible que alguien sin sus documentos en orden pueda alcanzar un trabajo formal, a la vez que lo deja ante dos opciones: regresar a su tierra o convertirse en la nueva especie de parias que produce el capitalismo globalizado. O sea, transformarse en inmigrantes ilegales, con todo lo negativo que esto implica.
Cuando Otero decidió retornar los hermanos Knudsen se reunieron en Playa Blanca. Quedarse solos en dos ciudades cercanas pero diferentes no les simpatizaba demasiado porque ambos sufrían bastante el desarraigo.
Luego de analizar las posibilidades reales de progreso que tenían, se dieron cuenta que, aunque hacía muy poco tiempo que estaban en las muy bonitas Islas Canarias, el futuro no podía ser muy diferente del presente que vivían. De esta forma, resolvieron que antes de seguir gastando un dinero que no les sobraba, era tiempo de cambiar la fecha de los pasajes y seguir los pasos que había dado Andrés tan sólo quince días antes.
Consultados sobre si se habían sentido frustrados por tener que volver a la Argentina, Raúl dijo que "no, porque nosotros fuimos sólo a ver que pasaba. Éramos turistas con ganas de quedarnos a vivir, pero sabíamos que la vuelta era una de las posibilidades".
"Vivimos una experiencia interesante y aprendimos muchas cosas. Yo recuerdo que cuando todavía estaba acá y me enteraba que alguien volvía al país pensaba que seguramente era una persona que no quería trabajar. Es que se suponía que allá había tanto trabajo... Bueno, lo hay, pero no para quien no tiene los papeles en regla. Después de haber estado allá puedo comprender muy bien porqué muchos pegan la vuelta, y no es justamente porque no quieren trabajar", reflexionó Walter.
Los Knudsen dijeron que al ver el país a 14 mil kilómetros de distancia pudieron darse cuenta que cuando se está lejos de la tierra donde se ha nacido se extrañan hasta las cosas que jamás alguien creería que podría añorar. "Un día estábamos viendo en la televisión un informe sobre los piquetes y las marchas en Argentina. Se oían bombos y cánticos. Le subí el volumen al televisor y le dije a mi hermano: 'Escuchá música'", comentó Walter.

FERNANDO, MARCELA Y PALOMA POURREUIX
"Preferimos estar más o menos acá antes que bien allá"

Fernando Pourreuix, su esposa Marcela Lasaga y su pequeña hija Paloma también integran la cada vez más larga lista de argentinos que regresaron al país luego de haberse marchado.
La historia de la emigración de esta familia se inicia más o menos del mismo modo que la gran mayoría. Fernando trabaja en instalaciones eléctricas y su campo de acción se vio notoriamente reducido por la crisis nacional. Durante un período vivieron del sueldo de Marcela, que es docente, pero se cansaron de esperar en vano que las cosas aquí mejoraran.
En enero de 2002 el electricista se subió a un avión que tenía por destino la madre patria. Su mujer e hija viajarían luego que él lograra establecerse. La idea inicial era afincarse en Tenerife, aunque finalmente se instaló en Lanzarote porque allí fue donde obtuvo empleo en una empresa constructora.
Pourreuix se fue de Argentina con U$S 450, una suma de dinero que al llegar a España se convirtió en 420 Euros, algo menos del 50% de un sueldo promedio en la península ibérica, y un pasaje de regreso que vencía a los 10 días.
En aquel primer empleo "me pagaron muy mal. Me dieron solamente 650 Euros", recordó el tresarroyense. Pero lentamente fue consiguiendo mejores propuestas y al cabo de cuatro meses muy duros pudo comenzar a enviarle plata a su esposa y a planificar el reencuentro de la familia.
Marcela y la hija del matrimonio viajaron a España en septiembre de 2002, nueve meses después que Fernando. La idea de la mujer era conseguir un contrato laboral en el área educativa o en alguna guardería. Como sus abuelos eran españoles y su padre es ciudadano del país suponía que quizás tendría chances. Sin embargo, la realidad le destrozó sus esperanzas. Para obtener la ciudadanía española debía tener menos de 21 años. Además, los españoles ya no tienen en sus planes salvar argentinos mediante el otorgamiento de un trabajo formal.
Para un inmigrante que al cabo de tres meses de estadía en Europa se convierte en ilegal, un contrato de trabajo es algo así como el oasis en el desierto; pero aquello que no hace muchos años no era tan complejo obtener si se demostraba ser capaz, actualmente es tan imposible como respirar bajo el agua.
En realidad "los ilegales no existen en los mostradores, pero sí donde no se los ve tan fácilmente. En la empresa constructora donde yo trabajaba éramos 250 empleados, de los cuales solamente 17 estaban declarados. Había marroquíes, subsaharianos, argentinos y otros extranjeros", dijo Pourreuix. Claro que si el gobierno español detecta el empleo de ilegales "las multas pueden llegar a los 30.000 Euros. La reincidencia se castiga con el doble de dinero y 5 años de clausura para el negocio". En este marco, hasta es difícil conseguir un mal trabajo informal, ya que son muy pocos los empresarios que se arriesgan a contratar extranjeros sin documentos en regla.
No obstante la ilegalidad, al cabo del primer semestre de residencia Fernando había logrado un nivel de vida digno. La meta que se fijó al subir al avión en Ezeiza estaba ya al alcance de sus ojos. Sin embargo, la estabilidad económica no fue para la pareja tan importante a la hora de tomar la decisión de quedarse o volver. Tampoco tuvieron demasiado en cuenta la cuestión de la ilegalidad. "A mí lo que no me gustaba para nada era hacer una proyección ahí adentro. Estar 4 o 5 años ahí me volvía loco", afirmó Pourreuix. Y agregó que esta experiencia fue como "nacer en otro lugar a los 40 años. Yo no me lo bancaba".
La pareja tuvo dificultades para adaptarse a la vida en un sitio tan cosmopolita como Lanzarote. Las Islas Canarias reciben turistas por un número varias veces mayor al de sus habitantes permanentes y esto no siempre es fácil de asimilar, máxime cuando, como en este caso, el turismo proviene de culturas muy diversas y desde prácticamente todos los continentes.
Por otra parte, Paloma terminó primer grado allí y tampoco se sentía muy cómoda con sus nuevos compañeritos. Aunque el matrimonio cree que con un poco más de tiempo la niña se hubiera adaptado, luego de un año de estadía en aquella isla española, Pourreuix, que no se sentía nada bien viviendo fuera de su país, convenció a su mujer de que lo mejor para todos era comprar los pasajes de regreso.
Luego de haber aprendido que el desarraigo puede ser más difícil de soportar que las dificultades económicas, la pareja retomó sus actividades en Tres Arroyos a comienzos de este año. "Nos volvimos porque preferimos estar más o menos acá antes que bien allá", concluyó Fernando.

 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina