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TRESARROYENSES QUE EMIGRARON BUSCANDO UN FUTURO MEJOR
Y AL POCO TIEMPO REGRESARON AL PAIS
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Cerca de dos millones de argentinos emigraron del país
en los últimos años. De esa cifra, buena parte ha emprendido
o está emprendiendo el regreso. ¿Por qué vuelven
los que se fueron?. Las respuestas dependen de los casos particulares,
pero todas poseen dos elementos en común: Ningún lugar es
la panacea que creyeron podía ser y, además, a la distancia
se revaloriza el verdadero hogar. Informe especial de "El Periodista"
que reúne tres historias protagonizadas por tresarroyenses
ANSENIO VASSOLO
"Jamás me vuelvo a ir de la Argentina"
Ansenio Vassolo fue uno de los dos millones de Argentinos
-dato difundido por la Asociación Argentinos en el Exterior-, que
en diferentes etapas emigraron de nuestro país con el sueño
de encontrar un destino mejor. Este joven tresarroyense cargó de
ilusiones su valija en el año 2000 y partió hacia Miami.
Aquí dejaba a su familia, su novia y su historia. Allí lo
esperaba su tío, radicado en EE.UU. desde hace 25 años,
quien le ofrecía un trabajo en la construcción.
"Fui porque quería hacer la experiencia de ver otra cosa.
Había estado en 1997 de paseo y desde entonces me entusiasmé
con la idea de irme algún día a probar suerte", confesó
Ansenio a "El Periodista" hace unos días en la cocina
de su casa.
Luego de permanecer tres meses decidió volver a nuestro país
para evitar convertirse en un ilegal. Pero en realidad, la razón
más fuerte de su regreso estaba vinculada a lo poco simpático
que le resultó el desarraigo. Como le sucede a la mayoría
de los emigrantes, Ansenio creyó al llegar a Miami que nunca más
volvería a la Argentina, pero al cabo de unos pocos días
se dio cuenta de cuanto añoraba su patria. "Empecé
a extrañar la comida, los lugares, la familia, todo".
A pesar de ello, tras pasar dos meses en Tres Arroyos volvió a
juntar coraje para intentar nuevamente empezar desde cero en otro país.
Volvió a Miami con la firme decisión de averiguar cuánto
dinero podía ahorrar trabajando duro y de esa forma determinar
si realmente convenía quedarse allí o no.
"Mi plan era ver si podía ir unos años, unos 8 o 10
años, hacer plata y volver. En tres meses de trabajo pude ahorrar
800 dólares. Hoy puede ser que eso sea plata, pero en aquel momento
no era un dinero importante. Si me ponía las pilas, acá
conseguía esa misma suma", explicó.
Aunque la capacidad de ahorro no le pareció todo lo buena que se
esperaba, el tresarroyense dijo que tuvo algunas semanas de trabajo interesantes
en las que llegó a cobrar unos 700 dólares, monto que muchos
argentinos ni siquiera ganan durante un mes completo. Sin embargo, Ansenio
vivió en carne propia aquello que muchas veces se repite como una
frase hecha, pero que no por eso es poco real: El dinero no hace a la
felicidad.
La nostalgia que le producía estar lejos de su país y de
todo aquello que le era cotidiano lo hizo despertarse de su sueño
americano, que a esa altura, luego de un total de seis meses de permanencia
en suelo estadounidense, era más bien una pesadilla, y volvió
a hacer sus maletas para regresar a su tierra. Hoy piensa exactamente
lo mismo que creyó cuando llegó a Miami, pero justamente
al revés. "Jamás me vuelvo a ir de la Argentina".
De su experiencia como emigrante a Vassolo le quedaron varios recuerdos
interesantes, que permiten conocer algo más sobre la vida de una
parte de los argentinos que se han ido del país buscando mejores
posibilidades.
El hogar del tresarroyense en Miami fue un cuarto de hotel. En ese lugar
paraban al menos otros 14 argentinos. "Todos estábamos en
la misma. Hubo algunos que se fueron de acá sólo con 500
dólares y no les alcanzaba ni para un mes de alquiler. Estaban
ahí penando, buscando laburo. La gran mayoría se volvía",
dijo.
"Había un cordobés que hacía 2 años que
estaba en Miami. El muchacho iba progresando muy lentamente. Alquilaba
y había logrado comprar un pequeño auto. Pero yo no creo
que valga la pena emigrar si vas a ir avanzando tan despacio. La verdad
es que pude comprobar que teniendo un buen trabajo acá podés
hacer lo mismo que allá", aseveró Ansenio.
"Tal vez para un profesional las cosas puedan ser mejores. Hablé
con gente que hace mucho tiempo que se fue y nadie había logrado
grandes metas. Muy de a poco iban alcanzando algo, pero no podían
vivir tranquilos porque estaban ilegales, y si los encontraban los mandaban
de vuelta para la Argentina con lo que tuvieran puesto y nada más",
explicó.
Para pasar a ser un ciudadano legalmente establecido en EE.UU. nuestro
convecino tenía dos alternativas: casarse con una norteamericana
o ser mano de obra especializada en alguna actividad en la cual no hubiera
norteamericanos calificados. Pero, claro, ninguna de las dos cosas era
tan sencilla.
Tras sus seis meses de residencia en Miami, Ansenio ha llegado a diversas
conclusiones sobre las dificultades que conlleva iniciar una nueva vida
en un país diferente al propio. En ese marco, su más contundente
pensamiento lo expresó cuando la charla con "El Periodista"
concluía. Con una sonrisa en sus labios, lanzó la más
breve y descriptiva oración sobre lo que piensa luego de haber
emigrado. "No hay como la Argentina", dijo.
WALTER Y RAUL KNUDSEN
"Afuera hay trabajo, pero si tenés los papeles en regla"
Los hermanos Walter y Raúl Knudsen decidieron
en agosto del año 2001 que se iban a ir de Argentina en búsqueda
de la prosperidad económica que aquí se les negaba. Raúl
se había quedado sin empleo y Walter no estaba del todo conforme
con lo que ganaba en el suyo. A ellos se sumó un amigo, Andrés
Otero, quien dejaba en Tres Arroyos a su esposa e hijos con la idea de
mandarles los pasajes unos meses después.
Programar el viaje les llevó bastante tiempo, siendo todos trabajadores
no era fácil enfrentar los gastos que demandaba la salida del país.
Recién en noviembre confirmaron el lugar a dónde iban a
ir, en enero pudieron reservar los pasajes y la partida se produjo a mediados
de marzo de 2002. El destino: Arrecife, en Lanzarote, España.
Hasta allí todo había salido según sus cálculos,
pero el trío de emigrantes no se imaginaba que los deseos de volver
a su patria llegarían mucho más rápido que el tiempo
que les había demandado decidir a qué ciudad española
viajarían.
Otero fue el primero en pegar la vuelta tan sólo un mes después
de haber pisado suelo español y los Knudsen hicieron lo mismo un
par de semanas más tarde.
El proyecto del grupo era conseguir algún empleo e ir viendo si
se presentaban perspectivas de progreso económico. Pero los planes
trazados a la distancia no fueron tan fáciles de concretar in situ.
Por un lado, tenían el mayúsculo inconveniente de la ilegalidad,
que dificultaba la posibilidad de conseguir un trabajo o si lo obtenían
se parecía bastante a la explotación, y por el otro, la
lucha cotidiana con la nostalgia por su tierra y los afectos se les hizo
mucho más compleja de sobrellevar de lo que esperaban.
Tras dos semanas de permanencia en España, Walter consiguió
empleo en un laboratorio fotográfico. Su trabajo consistía
en retratar turistas en un lugar distante 30 kilómetros de Arrecife
llamado Playa Blanca, a dónde debió mudarse.
Separado de sus compañeros de aventura migratoria, Knudsen vivió
en un pequeño departamento que le daba su empleador y que compartía
con otros dos argentinos. Le pagaban 300 Euros por hacer fotos en un barco
de excursiones y una comisión de 0,50 Euro por cada imagen que
lograra vender en un hotel turístico. Obviamente, el trabajo era
en negro.
Por su parte, Raúl y Andrés sólo lograron trabajar
un día limpiando vidrios en comercios de Arrecife. No pudieron
desarrollar esta actividad porque sus clientes les exigían factura
o algún tipo de comprobante de pago legal, al cual lógicamente
no podían acceder por su condición de turistas extranjeros.
Lo que ocurre es que las más recientes leyes españolas sancionan
con fuertes multas y clausuras a todo aquel que emplee a personas sin
residencia legal en el país. Esto hace prácticamente imposible
que alguien sin sus documentos en orden pueda alcanzar un trabajo formal,
a la vez que lo deja ante dos opciones: regresar a su tierra o convertirse
en la nueva especie de parias que produce el capitalismo globalizado.
O sea, transformarse en inmigrantes ilegales, con todo lo negativo que
esto implica.
Cuando Otero decidió retornar los hermanos Knudsen se reunieron
en Playa Blanca. Quedarse solos en dos ciudades cercanas pero diferentes
no les simpatizaba demasiado porque ambos sufrían bastante el desarraigo.
Luego de analizar las posibilidades reales de progreso que tenían,
se dieron cuenta que, aunque hacía muy poco tiempo que estaban
en las muy bonitas Islas Canarias, el futuro no podía ser muy diferente
del presente que vivían. De esta forma, resolvieron que antes de
seguir gastando un dinero que no les sobraba, era tiempo de cambiar la
fecha de los pasajes y seguir los pasos que había dado Andrés
tan sólo quince días antes.
Consultados sobre si se habían sentido frustrados por tener que
volver a la Argentina, Raúl dijo que "no, porque nosotros
fuimos sólo a ver que pasaba. Éramos turistas con ganas
de quedarnos a vivir, pero sabíamos que la vuelta era una de las
posibilidades".
"Vivimos una experiencia interesante y aprendimos muchas cosas. Yo
recuerdo que cuando todavía estaba acá y me enteraba que
alguien volvía al país pensaba que seguramente era una persona
que no quería trabajar. Es que se suponía que allá
había tanto trabajo... Bueno, lo hay, pero no para quien no tiene
los papeles en regla. Después de haber estado allá puedo
comprender muy bien porqué muchos pegan la vuelta, y no es justamente
porque no quieren trabajar", reflexionó Walter.
Los Knudsen dijeron que al ver el país a 14 mil kilómetros
de distancia pudieron darse cuenta que cuando se está lejos de
la tierra donde se ha nacido se extrañan hasta las cosas que jamás
alguien creería que podría añorar. "Un día
estábamos viendo en la televisión un informe sobre los piquetes
y las marchas en Argentina. Se oían bombos y cánticos. Le
subí el volumen al televisor y le dije a mi hermano: 'Escuchá
música'", comentó Walter.
FERNANDO, MARCELA Y PALOMA POURREUIX
"Preferimos estar más o menos acá antes que bien allá"
Fernando Pourreuix, su esposa Marcela Lasaga y su pequeña
hija Paloma también integran la cada vez más larga lista
de argentinos que regresaron al país luego de haberse marchado.
La historia de la emigración de esta familia se inicia más
o menos del mismo modo que la gran mayoría. Fernando trabaja en
instalaciones eléctricas y su campo de acción se vio notoriamente
reducido por la crisis nacional. Durante un período vivieron del
sueldo de Marcela, que es docente, pero se cansaron de esperar en vano
que las cosas aquí mejoraran.
En enero de 2002 el electricista se subió a un avión que
tenía por destino la madre patria. Su mujer e hija viajarían
luego que él lograra establecerse. La idea inicial era afincarse
en Tenerife, aunque finalmente se instaló en Lanzarote porque allí
fue donde obtuvo empleo en una empresa constructora.
Pourreuix se fue de Argentina con U$S 450, una suma de dinero que al llegar
a España se convirtió en 420 Euros, algo menos del 50% de
un sueldo promedio en la península ibérica, y un pasaje
de regreso que vencía a los 10 días.
En aquel primer empleo "me pagaron muy mal. Me dieron solamente 650
Euros", recordó el tresarroyense. Pero lentamente fue consiguiendo
mejores propuestas y al cabo de cuatro meses muy duros pudo comenzar a
enviarle plata a su esposa y a planificar el reencuentro de la familia.
Marcela y la hija del matrimonio viajaron a España en septiembre
de 2002, nueve meses después que Fernando. La idea de la mujer
era conseguir un contrato laboral en el área educativa o en alguna
guardería. Como sus abuelos eran españoles y su padre es
ciudadano del país suponía que quizás tendría
chances. Sin embargo, la realidad le destrozó sus esperanzas. Para
obtener la ciudadanía española debía tener menos
de 21 años. Además, los españoles ya no tienen en
sus planes salvar argentinos mediante el otorgamiento de un trabajo formal.
Para un inmigrante que al cabo de tres meses de estadía en Europa
se convierte en ilegal, un contrato de trabajo es algo así como
el oasis en el desierto; pero aquello que no hace muchos años no
era tan complejo obtener si se demostraba ser capaz, actualmente es tan
imposible como respirar bajo el agua.
En realidad "los ilegales no existen en los mostradores, pero sí
donde no se los ve tan fácilmente. En la empresa constructora donde
yo trabajaba éramos 250 empleados, de los cuales solamente 17 estaban
declarados. Había marroquíes, subsaharianos, argentinos
y otros extranjeros", dijo Pourreuix. Claro que si el gobierno español
detecta el empleo de ilegales "las multas pueden llegar a los 30.000
Euros. La reincidencia se castiga con el doble de dinero y 5 años
de clausura para el negocio". En este marco, hasta es difícil
conseguir un mal trabajo informal, ya que son muy pocos los empresarios
que se arriesgan a contratar extranjeros sin documentos en regla.
No obstante la ilegalidad, al cabo del primer semestre de residencia Fernando
había logrado un nivel de vida digno. La meta que se fijó
al subir al avión en Ezeiza estaba ya al alcance de sus ojos. Sin
embargo, la estabilidad económica no fue para la pareja tan importante
a la hora de tomar la decisión de quedarse o volver. Tampoco tuvieron
demasiado en cuenta la cuestión de la ilegalidad. "A mí
lo que no me gustaba para nada era hacer una proyección ahí
adentro. Estar 4 o 5 años ahí me volvía loco",
afirmó Pourreuix. Y agregó que esta experiencia fue como
"nacer en otro lugar a los 40 años. Yo no me lo bancaba".
La pareja tuvo dificultades para adaptarse a la vida en un sitio tan cosmopolita
como Lanzarote. Las Islas Canarias reciben turistas por un número
varias veces mayor al de sus habitantes permanentes y esto no siempre
es fácil de asimilar, máxime cuando, como en este caso,
el turismo proviene de culturas muy diversas y desde prácticamente
todos los continentes.
Por otra parte, Paloma terminó primer grado allí y tampoco
se sentía muy cómoda con sus nuevos compañeritos.
Aunque el matrimonio cree que con un poco más de tiempo la niña
se hubiera adaptado, luego de un año de estadía en aquella
isla española, Pourreuix, que no se sentía nada bien viviendo
fuera de su país, convenció a su mujer de que lo mejor para
todos era comprar los pasajes de regreso.
Luego de haber aprendido que el desarraigo puede ser más difícil
de soportar que las dificultades económicas, la pareja retomó
sus actividades en Tres Arroyos a comienzos de este año. "Nos
volvimos porque preferimos estar más o menos acá antes que
bien allá", concluyó Fernando.
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