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"LUCHO" Y HUGO, PROTAGONISTAS DE UNA HISTORIA
QUE CONJUGA AMOR, INGENIO Y FIDELIDAD
La vida vale
la pena
Un auto lo atropelló,
quebrándole varias vértebras de la columna, situación
que lo dejó semiparalítico. Callejero, sin dueño,
sin nombre, sin hogar, su suerte parecía estar echada. El sacrificio
era la opción más cercana. Pero el destino le tenía
preparada una sorpresa. Hugo Christiansen, encargado de la estación
de GNC que está sobre ruta 3, lo prohijó, brindándole
afecto y cuidados. Además, le construyó un carro de dos
ruedas que reemplazan a sus patas imposibilitadas. "Lucho",
el perro que ahora tiene dueño, nombre y hogar, le esquivó
el bulto a la muerte y comenzó a rodar la vida. En "El Periodista",
una historia que conjuga amor, ingenio y fidelidad
Desde tiempos remotos se dice que el perro es el
mejor amigo del hombre. Aunque en casos como el de "Lucho",
el dicho popular puede aplicarse en forma inversa. Porque si no fuera
por la constancia, el ingenio y el amor que día a día le
brinda su fiel compañero, él no estaría con vida
ni disfrutando de la libertad que una desgracia parecía haberle
coartado.
Hasta hace un tiempo "Lucho" era un perro sin nombre, sin dueño
y sin hogar. Flaco, de ojos chisposos y orejas gachas, vagaba por las
calles linderas a la estación de GNC que está sobre la ruta
3, revolviendo entre la basura en busca de alimento y ladrando desconfiado
de la gente a la que, de vez en cuando, mendigaba una palmada de afecto.
Una tarde de enero, el destino pareció jugarle una mala pasada
a aquel perro callejero. Por esos días lo atropellaron en un camino
de tierra a la vera de la ruta y el accidente le provocó la fractura
de algunas vértebras de la columna. Entonces, las expectativas
de vida parecían nulas para aquel perro sin nombre, sin dueño
y sin hogar.
Los empleados de la estación de servicio lo encontraron agonizando
y casi moribundo echado en la banquina. "Pensamos que estaba todo
reventado por dentro, le dimos agua y llamamos a una veterinaria que le
aplicó una inyección con un calmante para el dolor. Tenía
un golpe muy fuerte en la columna y cuando le pinchó las patitas
no tenía sensibilidad", cuenta Hugo Christiansen, encargado
del local y amigo fiel de quien más tarde fue bautizado como "Lucho"
por unos viajantes que recalaron en el lugar.
Los profesionales no arriesgaron esperanzas. Les dijeron que si no se
mejoraba ni se movilizaba en tres o cuatro días, una vez que pasara
el efecto del sedante, no había otra solución que sacrificarlo.
Este desenlace parecía ser el único posible y más
de una vez, la idea de poner un límite a sus padecimientos, se
cruzó por la mente de Hugo. "Verlo sufrir como estaba se te
partía el alma. Aparte del sufrimiento, uno lo veía como
venía arrastrándose con las patitas en carne viva. Iba y
venía desangrándose por el hormigón", rememora
con cierta tristeza como si le doliera recordar.
Y si bien en un principio se resignaron a la muerte como la única
opción de mitigarle el dolor, nadie se atrevió a concretar
el sacrificio. Y mucho menos Hugo, cuya pasión por los perros lo
lleva a afirmar que, si fuera por él, le brindaría albergue
a todos los animales sin hogar.
Con las patas tiesas e insensibles, "Lucho" se arrastraba para
alcanzar a los otros cuatro perros que habitan la estación, pero
en este andar corría el riesgo de contraer una infección.
Entonces optaron por encerrarlo en el galpón aunque él,
guiado por su instinto y la libertad propia de su esencia callejera, se
escapaba de tanto en tanto a jugar con los demás perros. Y de a
poco fue ganando espacio hasta que definitivamente se instaló en
el playón, ahora devenido en su hogar.
La adversidad le había engendrado el comienzo de una nueva historia
que conjuga amor, esperanza y aquella fidelidad ancestral que, como bien
refleja el dicho, persiste entre perros y hombres, y como en su caso,
entre hombres y perros.
Impulsado por la compasión, su nuevo dueño buscó
la manera de ayudarlo, ya que según dice "uno inconscientemente
piensa que eso le puede pasar a cualquiera de nosotros". Con ingenio,
habilidad y recordando imágenes que alguna vez había visto
en un programa de televisión, diseñó y construyó
un carro con dos ruedas pequeñas sujetas con cinturones, que sustituyen
las patas impedidas de "Lucho". Al principio el animal tardó
en adaptarse a su nueva movilidad, pero Hugo con paciencia y unas pocas
herramientas, fue adecuándole el carro según sus necesidades
y su bienestar, procurando que las ruedas no le sean una molestia a la
hora de echarse a descansar.
Y "Lucho", aquel perro callejero que hace tiempo merodeaba la
estación pasando inadvertido, se convirtió entonces en la
atracción para quienes llegan al lugar y lo ven rodar por el playón
como si toda la vida se hubiese desplazado de esa forma. La libertad que
conquista cada día es fruto de la dedicación y el cariño
que le proporciona Hugo, quien es consciente de que "él depende
de mí y es un compromiso de todos los días. Hay que limpiarlo
y ocuparse de que no le falte nada. Se debe tener constancia para cuidarlo,
porque a la noche hay que sacarle el aparato para que descanse mejor,
para su comodidad, que haga sus necesidades, se higienice y a la mañana
volvérselo a poner. Es una responsabilidad, porque cuando te vas
tenés que pensar a quién se lo dejás", dice
mientras observa a su perro que se incorpora para recibir una caricia
de un cliente que se le acerca.
Cuando lo vio por primera vez agonizando y sin esperanzas, no imaginó
siquiera que gracias a su invento, ahora "Lucho" iba a correr
incansablemente detrás de los otros animales. "Le admiro la
garra que tiene", sostiene con orgullo, "él se olvida
de que es discapacitado y no mide las consecuencias. Sale normalmente
a correr a los perros y algún día va a terminar mal. La
gente como es novedad tiende a llamarlo, pero eso es peligroso porque
acá hay mucho movimiento de vehículos y le puede volver
a pasar algo". Sin embargo, es poco probable que corra algún
riesgo porque su protector lo vigila constantemente, sobre todo cuando
"Lucho" se entusiasma en sus andanzas con los otros perros y
más de una vez tiene que salir a socorrerlo y colocarle nuevamente
el aparato que, en las corridas, se le queda en el camino.
La creatividad, el cariño y la fidelidad del hombre hacia su nuevo
perro, es reconocida por la gente que se acerca al lugar a felicitarlo
por su gesto, y nunca falta un dueño desesperado que llega con
la ilusión de que Hugo les brinde la solución para que su
mascota vuelva a andar con normalidad. Pero él les aclara que su
invento surgió ante la necesidad de salvar a "Lucho",
y que nunca pensó en dedicarse a construir carros para otros perros.
Es indudable que lo que podría haber sido una desgracia aquel día
de enero, se convirtió en una nueva historia, ya que lo que en
un principio fue un acto de compasión derivó en un cariño
entrañable, al punto de que ambos se adoptaron como amigos fieles
y compañeros inseparables. Hugo sabe que si algún día,
por algún motivo debe dejar la estación, se irían
juntos, ya que "no lo regalaría por nada del mundo, me he
encariñado tanto con 'Lucho' que yo me lo quedo", afirmó
convencido, mientras "Lucho" movía la cola y lo miraba
aprobando sus palabras.
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