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CASINO Y BINGO, EL ILUSORIO MUNDO DONDE
LOS APOSTADORES PONEN A PRUEBA SU SUERTE
Te juego lo que quieras
En el estacionamiento se ven desde autos importados hasta
bicicletas. Adentro no hay distinción de edad, sexo o condición
social. Todos son apostadores que, inmersos en un mundo de fantasía
y azar, asisten al casino y sala de bingo de Tres Arroyos para tentar
a la diosa de la fortuna. "El Periodista", que durante una semana
seguida asistió al lugar como atento espectador, cuenta cómo
es el inexplorado ambiente del juego en la ciudad. Informe especial
La primera impresión que se siente al entrar al
casino es la de un aire triunfante, al menos de víspera y preludio
de un tiempo en el que cualquier cosa puede ocurrir. En el ambiente se
respira adrenalina y en las miradas se percibe el destello de la fiebre
del oro que fluye por dentro.
En el salón principal es incesante el ruido a metal de fichas que
caen en cascada, después que el rodillo se detuvo justo en los
tres comodines. Sólo los apostadores novatos se asombran de la
suerte de aquel jugador envidiable y se quedan inmóviles esperando
que les deje el lugar en la máquina de la fortuna. El resto permanece
absorto frente a su pantalla disputando la partida como una afrenta personal.
"Esta máquina es mi vida, dejo todo por esto", dice con
euforia un hombre al que la suerte parece que hoy lo acompaña.
Cuatro mil fichas le caían en hilera y a él no le daban
las manos para amontonarlas en un pequeño recipiente de plástico
que hace las veces de cofre del tesoro.
Aunque las tragamonedas en general cumplen al pie de la letra con su nombre,
que de por sí no es nada alentador, el hábito de colocar
la ficha y girar el rodillo con la esperanza del triunfo, hace que haya
apostadores que permanezcan 15 ó 16 horas abstraídos en
la pantalla o que retornen dos o tres veces por día para, al menos,
recuperar la inversión. Y esta era la costumbre de las jugadoras
de paso que, cuando el Bingo funcionaba en el centro de la ciudad, dejaban
en la puerta las bolsas del supermercado, para tratar de duplicar el vuelto
de las compras y hacer más atractiva las tareas hogareñas.
"A la mañana jugué 150 pesos, y ahora a la noche compré
otros 150 en fichas", comenta una señora a las tres de la
madrugada de un jueves, que no deja de insertar monedas y en cuyos ojos
aun brilla un atisbo de esperanza porque acaba de recuperar 75 y sabe
que, si con las últimas dos fichas no sale hecha, mañana
después del trabajo volverá a probar chance.
Porque el jugador no vive la pérdida como una frustración,
sabe que si el triunfo no llega hoy, vendrá mañana, pasado
o en cualquier momento. Desde que se apresta a tentar a la fortuna, su
única desolación consiste en no tener con qué jugar.
Por eso cuando se ven sin resto, piden a cualquiera, incluso a los empleados,
que les presten algo para poder seguir. Y nunca faltan los usureros que
rondan las mesas sabiendo que ahí pueden sacar ventaja.
La danza de la fortuna
Los que manejan el mundo del Casino estiman que
en cualquier ciudad, aproximadamente el dos por ciento de la población
juega. Gente de todos los niveles y clases sociales, llegan en autos importados
o hasta en bicicleta con la única motivación de jugar. Y
estos últimos son los que corren menos suerte porque es casi imposible
escapar al refrán popular: "el que juega por necesidad, pierde
por obligación".
Es sabido que en ciudades como la nuestra, los apostadores fuertes se
trasladan a otros casinos, donde su identidad queda oculta, ya que en
el imaginario social el juego es un vicio que no se ve con buenos ojos
y que genera toda clase de rumores y especulaciones. Y por esta misma
causa el Casino local recibe a foráneos adinerados que intentarán
pasar desapercibidos y exentos del comentario popular.
En general, los jugadores tienen entre 30 y 35 años y los pocos
jóvenes que asisten van con el dinero contado. "Traje veinte
pesos nomás, porque si llego a traer más me descontrolo
y me gasto todo", asegura un chico con la vista fija en las figuras
multicolores que ruedan en la pantalla.
En las salas de juego, se distinguen dos tipos de jugadores, el social
y el nato. El primero no es habitué y el juego para él es
un entretenimiento más dentro de las alternativas que ofrece el
lugar. Primero cena, acompañado de su familia o amigos, disfruta
de algún show y después concurre a la sala para divertirse
más allá de ganar o perder. Si gana mejor aún, si
pierde no le afecta porque estaba dentro de sus cálculos. Dentro
de esta categoría están aquellos que asisten los fines de
semana al Bingo, que se llena sobre todo de mujeres mayores que escapan
a la soledad. Y el plato fuerte se da los martes, cada quince días,
cuando la tentación la constituye el pozo de cinco mil pesos, por
el que pugnan 500 y hasta 600 tresarroyenses que colman la sala, olvidando
el prejuicio popular que condena al juego como un vicio escandaloso.
El jugador nato está en otra dimensión, por lo que el Bingo
no le genera un desafío. Es apostador fuerte y habitué de
la ruleta, cuya emoción es que la bola eche a rodar y le despierte
un torrente de adrenalina y vértigo hasta que frene en un impás
de gloria.
En Tres Arroyos, las apuestas rondan un máximo de 300 pesos por
tiro, aunque hay casos en los que una persona ha llegado a arriesgar 2000
y hasta 3000 pesos por día.
Y en esa práctica, el experimentado trata de encontrar una explicación
lógica a su tiro y cree conocer todas las estrategias para vencer
a la rula. Como dos apostadores que insisten en que la clave está
en dejar hasta lo último que tienen en los sectores del 0 y el
5, porque es indiscutible que la bola se clavará en esos números.
Y mientras el plato gira, uno de ellos se para de espalda para no fijar
la vista en la mesa, como si pudiera empañar toda la suerte que
podía estar corriendo. Cuando escucha "Negro el 6", se
agarra la cabeza sabiendo que esta vez, el azar los ha burlado.
El código manifiesto entre la gente que pasa horas en la ruleta,
es no develar jamás cuánto se gana ni cuánto se pierde.
Aunque es más factible que revelen el fracaso y no la fortuna porque
nunca faltan los famosos "buscas" que rondan a la espera de
obtener beneficios.
Sea cual fuere la suerte, la ganancia resulta intangible y hasta irreal,
porque en el fondo la satisfacción plena pasa por jugar y volver
a jugar. Y en esta vorágine de fantasía, el ganador quiere
volver a ganar, el perdedor quiere volver a intentar, el que está
recuperando lo invertido trata de "quedar hecho" y el que gasta
más de lo previsto se las rebusca para obtener el dinero que le
permita volver a jugar. Porque el placer consiste simplemente en retornar
a aquel mundo ilusorio que se nutre de la suerte y del bendito azar.
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