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Gabriela Peralta

Daniel Pinto y
Mónica Ortíz Poroyán

Oscar Grau y
Virginia Chizzini

 

 


CADA VEZ MAS GENTE, QUE BUSCA SEGURIDAD Y
CALIDAD DE VIDA, ELIGE CLAROMECO PARA VIVIR

El último refugio

Cada vez más personas eligen Claromecó para vivir. Aunque no existen precisiones estadísticas, es evidente que el número de habitantes permanentes aumentó en los últimos años. Principalmente proceden de capital federal o el Gran Buenos Aires, de donde huyen en busca de mayor seguridad y una mejor calidad de vida. Tres familias, que llegaron para quedarse, narraron a "El Periodista" sus experiencias. Informe especial

GABRIELA PERALTA
ORIGEN: SAN MIGUEL (BUENOS AIRES)

Cuando Gabriela Peralta y su esposo Raúl les contaron a sus amigos que habían decidido abandonar su San Miguel natal para venir a vivir a Claromecó, el consejo que recibieron fue que no lo hicieran, que era una locura empezar de nuevo teniendo a Matías, el hijo de la pareja. Hoy, poco más de un año y medio después de haberse mantenido firmes en su determinación, aquellas mismas personas que no les recomendaban un cambio de vida tan brusco no sólo reconocen que hicieron lo correcto sino que además les tienen algo de sana envidia.
Es que Gabriela y Raúl eligieron la calma claromequense justamente para ofrecerle un ámbito más saludable a Matías, quien ahora tiene 11 años, y porque luego de sufrir un robo en su comercio la mujer comenzó a tener excesivos temores que no la dejaban ir a trabajar.
¿Por qué Claromecó?. Los padres de Peralta descubrieron el balneario cuando ella era muy chica y poco después decidieron edificar una vivienda para venir en cada temporada. Luego de ocurrido el asalto a su negocio de librería y papelería en San Miguel la pareja comenzó considerar la posibilidad de trasladarse a un sitio más tranquilo, y así nació la idea de probar suerte en la localidad del partido de Tres Arroyos, a donde llegaron en la Semana Santa de 2002.
Gabriela reconoce que aún le cuesta adaptarse al brusco cambio en el estilo de vida que tuvieron al venir a vivir a nuestra principal playa, pero destaca que la tranquilidad conseguida aquí bien vale la resignación de algunas comodidades propias de las ciudades grandes. "Vivir en Claromecó es duro. Acá dependemos para casi todo de Tres Arroyos, pero el lugar es un paraíso", dijo.
La pareja llegó al balneario con toda la mercadería que comercializaban en su negocio sanmigueleño para montar un comercio con idénticas características. Sin embargo, al cabo de un corto lapso de tiempo se dieron cuenta que los requerimientos de la gente eran muy diferentes. "Acá hay un sólo colegio, no hay universidad y la biblioteca cuenta con mucho de lo que los estudiantes necesitan, de modo que tuvimos que ampliar el rubro para poder cubrir la demanda específica del lugar. No fue difícil porque es la misma gente la que te va pidiendo cosas. Así que voy incorporando todo aquello que me solicitan, procurando conseguir productos novedosos y buenos precios".
Otro de los cambios a los que tuvieron que adaptarse es estrictamente económico. El volumen de ventas que tienen en Claromecó no es el mismo que se daba en San Miguel y en consecuencia los ingresos son menores. No obstante, la mujer dijo haber comprendido rápidamente que la mudanza traía consigo "cambiar buenos ingresos y acceso a comodidades por salud mental".
Peralta reconoció que al principio de su estancia en la villa estuvieron muy tentados de regresar a sus orígenes, pero que sólo les bastó ver la libertad con la que aquí podía crecer su hijo y recordar la paranoia que sufrían antes para hacer el esfuerzo de acostumbrarse al nuevo tipo de vida que la costa les ofrecía. "En ese momento nos dimos cuenta que acá Matías iba a tener una infancia como la que habíamos tenido nosotros, en donde la máxima recomendación de nuestros padres era que tuviéramos cuidado al cruzar la calle. Actualmente en las grandes ciudades vivís con miedo. Vas caminado por la calle y alguien se te acerca a pedirte la hora y le decís que no tenés reloj por temor a que quiera robarte. Eso hace que a tus hijos no les permitas ni siquiera salir a la vereda y que les des infinidad de consejos que los llenan de temores".
Gabriela señaló que el cambio también le sirvió para darse cuenta de cuáles son las cosas realmente importantes en la vida. "Allá siempre pensábamos que era necesario tener cada vez más bienes materiales y más dinero. En cambio acá comprendimos que no hace falta más que tener el dinero suficiente para vivir porque todas las necesidades fundamentales de una persona quedan cubiertas con la calma y la tranquilidad que reina en este lugar. Y eso me motiva para quedarme".
Cuando todavía no hace dos años que esta familia vive en la localidad turística, la mujer asegura que ya se ha convertido en una claromequense más porque ya no anda todo el día corriendo de un lado para el otro y vive a una velocidad mucho más lenta. Así es como también descubrió que existen lugares donde es muy normal tener tiempo libre fuera de las ocupaciones laborales y que esos espacios del día se pueden aprovechar del modo en que cada uno lo desee.
Finalmente, Peralta aseguró que cada vez hay más gente de Buenos Aires que quiere huir de la urbe hacia sitios como Claromecó. "Existen personas que tienen tanta necesidad de descansar de la locura porteña que son capaces de venir a Claromecó tan sólo por el fin de semana. O sea, viajan un montón de horas para pasar apenas un rato acá".

DANIEL PINTO Y MONICA ORTIZ POROYAN
ORIGEN: BARRIO DE BELGRANO (CAPITAL FEDERAL)

Hasta el 14 de septiembre del año pasado Daniel Pinto y Mónica Ortiz Poroyán, quien sea dicho de paso es descendiente directa de mapuches, vivían junto a su hijo Germán de 11 años en el barrio porteño de Belgrano. El hombre estaba a cargo de la oficina técnica de una empresa de ascensores y su esposa dirigía una empresa de servicios propia.
Inmersos en la vida acelerada e insegura de las grandes metrópolis, tenían su tiempo para el descanso verdadero y el relajamiento absoluto todos los veranos cuando venían de vacaciones a la casa que hace casi treinta años edificó el padre de Pinto.
Ortiz Poroyán conoció Claromecó de la mano de su marido hace unos 16 años. Ella es oriunda de Mendoza capital y estudió profesorado de arte, marketing, periodismo y locución, todas actividades muy apropiadas para desarrollarlas con éxito casi seguro en ámbitos cosmopolitas.
Sin embargo, un día cayeron en la cuenta de algo que comenzó a hacerlos pensar en la búsqueda de una vida más relajada, como esa que sólo conseguían en las vacaciones. "Germán tenía 10 años y por la inseguridad debíamos cuidarlo de todo constantemente. Teníamos miedo que lo secuestren o que le roben o que nos roben a nosotros. Así fue como en un momento nos preguntamos qué estábamos criando. Porque si teníamos que llevar a nuestro hijo hasta la pantalla del cine por desconfianza de que en la escalera le dieran droga o lo secuestren y si lo dejábamos andar en bicicleta solamente de esquina a esquina cuando nosotros pudiéramos mirarlo era evidente que había problemas por resolver", dijo Mónica.
"Nosotros vivíamos en un séptimo piso y no podíamos dejar a Germán ni que se asomara a la puerta si no estaba alguno de nosotros para cuidarlo. Evidentemente había un cúmulo de perspectivas que nos parecieron bastante nefastas, sobre todo para él. Uno es grande y de alguna manera puede cuidarse un poco. Lo que nos planteamos fue que antes de tener una mala experiencia debíamos mudarnos acá", explicó Daniel.
Cuando advirtieron la necesidad de "despegar de Buenos Aires" pensaron inmediatamente en Claromecó y no en Mendoza, que se presentaba como una de las opciones, aunque no tan diferente de Buenos Aires. "Podríamos haber elegido irnos a Mendoza pero decidimos venir a Claromecó porque acá somos otras personas. Acá no hay urbe y nada te corre, la calidad de vida es diferente, hay mucha seguridad y no hay contaminación sonora como en la Capital", expresó la mujer al aclarar los motivos que los hicieron mudarse al balneario tresarroyense.
Claro que una decisión tan importante como cambiar de ciudad y fundamentalmente de forma de vida no es algo fácil de resolver. Básicamente, se preguntaban cuáles serían sus oportunidades de trabajo considerando sus experiencias y formaciones.
Obviamente, la actividad que desarrollaba Daniel en Buenos Aires no tenía campo de acción en Claromecó, de manera que realizó algunos viajes previos a la radicación definitiva para ver cómo era el panorama laboral y establecer algunas conexiones con la gente del lugar. Al cabo de estas incursiones, la pareja arribó a la conclusión de que la mejor alternativa de trabajo pasaba por la realización de algo por cuenta propia.
Con sus conocimientos de electrónica y mecánica a cuestas, más la carrera de ingeniería industrial casi concluida, Pinto decidió que podía dedicarse a la reparación de artefactos eléctricos de todo tipo y a realizar instalaciones eléctricas. Además, en la época en que la pareja tuvo a su único hijo poseían un comercio dedicado a la computación, que lo impulsó a Daniel a realizar estudios sobre la cuestión. Justamente, estos conocimientos fueron los que le permitieron obtener su primer trabajo dictando clases en el turno noche del colegio secundario de la villa y poco después fue convocado para enseñar a los alumnos de 1º a 7º año de la EGB local.
Por su parte, Ortiz Poroyán consiguió empleo como corresponsal de Radio Tres Arroyos, pero poco después perdió ese trabajo y decidió volver a las fuentes, a su primer gran amor: las artes. Construyó una pintoresca cabaña junto a su vivienda y allí vende artesanías y objetos de arte.
Pero esas no son todas las actividades que esta flamante claromequense despliega. Debido a que considera fundamental participar en la vida del sitio donde han elegido vivir, se ha involucrado activamente con diversas instituciones de la localidad, como por ejemplo, la biblioteca, la Sociedad de Fomento de Dunamar y el Museo Aníbal Paz. Sin dudas, esto también demuestra que su capacidad de adaptación es asombrosa, dado que en poco más de un año se ha integrado plenamente a la sociedad claromequense.
"Adaptarnos al lugar no nos costó demasiado porque sabíamos a dónde veníamos porque conocíamos el lugar y teníamos planes bastantes claros en cuanto a lo que íbamos a hacer. Incluso Germán ha tenido una adaptación que ha asombrado a las maestras de la escuela. Un mes después de haber llegado ya se relacionaba perfectamente con todos sus compañeros y desarrollaba todas las actividades típicas de los chicos de acá.", comentó Daniel.
"A Germán le apasiona Claromecó porque ha conseguido una libertad que en Buenos Aires no tenía. Para él esto es un paraíso y se adaptó más rápido que nosotros", aseguró Mónica.
La idea primaria de la pareja era que su hijo pudiera estar en una espacio donde existiera la posibilidad de conocer ciertas cosas que en la capital eran imposibles. Por ejemplo, treparse a los árboles, jugar a la pelota en un potrero y aprender a manejar sus horarios. En suma, lo que tanto Mónica como Daniel deseaban era que su hijo tuviera libertad y pudiera ser capaz de adquirir responsabilidades, algo que en la vida de la gran ciudad no era posible porque "en todas salidas teníamos que estar nosotros cuidándolo o acompañándolo". Ahora, la crianza que buscaban para su hijo está cubierta y, además, ellos lograron aquella calma que antes sólo obtenían en las vacaciones de verano.

OSCAR GRAU Y VIRGINIA CHIZZINI
ORIGEN: CASTELAR (BUENOS AIRES)

Oscar Grau es nacido en Castelar pero vivió 16 años en Bariloche, donde tenía un taller de cerámica que debió vender a causa del endeudamiento que contrajo durante la segunda década infame que se vivió en los '90 en la Argentina. Al no poder trabajar en lo suyo decidió retornar a sus pagos para dedicarse a la pintura de obra y la construcción en seco.
El regreso al pago le sirvió para reencontrarse con Virginia Chizzini, con quien se conocían desde la infancia. Los dos divorciados y con hijos suficientemente grandes e independientes se convirtieron en pareja y comenzaron a trabajar juntos haciendo artesanías, concretamente unos muy atractivos muñecos construidos en látex cuyo vestuario y otros detalles son íntegramente hechos a mano.
Pero estaba claro que dos artesanos viviendo en Castelar no podrían resistir mucho tiempo un modo de vida que no encajaba con su actividad. Pero para que la decisión de dejar aquel lugar se concretara hizo falta que Oscar conociera Claromecó.
Virginia, cuya madre e hijos nacieron en Tres Arroyos, veraneó toda su vida en Dunamar. Su padre edificó hace tiempo una casa de veraneo y sus abuelos residieron algunos años allí. Por ello, cuando sus hijos se fueron del nido materno ella decidió poner en venta su casa de Castelar con el propósito de afincarse en ese lugar tan vinculado a su historia familiar.
Por intermedio de Chizzini fue como Grau llegó hasta nuestro balneario y quedó encantado con la belleza del bosque dunamarense. Luego de aquel viaje no hizo falta más que apurar la venta de la casa de su mujer para trasladarse al paraíso. "A los dos nos gusta mucho el tipo de vida que se puede hacer en un sitio como este", dijo Virgina al dar cuenta de las razones de la inmediata fascinación de su pareja con el lugar.
Claro que además de desear una manera de vivir como la que se consigue en Claromecó, otra de las razones de peso que los impulsó a dejar Castelar fue la misma que manifiestan tantos habitantes de ciudades muy grandes: la inseguridad y la paranoia con la que se sale a la calle.
A pesar de haber vivido muchos años en Bariloche, Oscar se mostró sorprendido por la tranquilidad de Claromecó y especialmente de Dunamar. "Acá podés dejar una herramienta o la bicicleta en la calle o las puertas de tu casa y del auto abiertas sin temor a que nadie te robe nada. En Bariloche esa calma desapareció hace varios años", dijo, tras lo cual afirmó que "este lugar no parece la provincia de Buenos Aires, parece una galaxia aparte. Además, vamos a hacer un trámite a la municipalidad y salimos contentos porque te solucionan todos los problemas. Son cosas que en otros lugares se han perdido".
Sin embargo, Grau y Chizzini, quienes hace menos de seis meses que se instalaron en la localidad, sienten preocupación por el avance de la mano humana sobre la virginal naturaleza, y por ello afirman que "estamos dispuestos a luchar para que no nos estropeen esto. Ya hay una agitación inmobiliaria muy importante, estamos viendo que están desmalezando y que la gente no tiene un criterio de construcción y rompen todo. Por eso estamos en alerta con los vecinos para que no nos cambien este estilo de vida, que no es precisamente para ricos sino para compartir con la naturaleza, nada más".
"Nosotros vinimos a buscar la tranquilidad del lugar y no queremos que en el futuro desaparezca. Lamentablemente, nos hemos encontrado con personas que tiene un absoluto desprecio por lo que es esto. Pero eso no tiene que ver con el hecho de ser argentinos, sino que se trata de una cuestión cultural. Está viniendo mucha gente pudiente a la que no le importa tirar un árbol para construir su casa porque después ponen un árbol nuevo, pero lo que no advierten es que ese árbol no dará sombra hasta dentro de veinte años", expresó Oscar sin ningún ánimo de ocultar su intranquilidad por el destino de Dunamar en momentos en los que es evidente su crecimiento.
Lógicamente, luego de plantear sus inquietudes con tanto fervor está más que claro que aunque hace muy poco que residen en nuestra playa se han integrado y adaptado a la comunidad como casi ningún otro foráneo. "Sí, claro, nuestra adaptación al lugar es absoluta, jamás pensamos en volvernos. Obviamente, hay que hacer un arraigo, pero ni se nos cruza el arrepentimiento por la cabeza", dijo Virginia, y añadió que "además, a mí siempre me gustó esto. Me casé acá en la playa, he venido siempre de vacaciones y mis abuelos vivieron acá, así que Claromecó es parte de mí historia. No siento que estoy en un lugar inhóspito o que no conocía. Entonces, el cambio no resultó para nada tremendo"


 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina