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CADA VEZ MAS GENTE, QUE BUSCA SEGURIDAD Y
CALIDAD DE VIDA, ELIGE CLAROMECO PARA VIVIR
El último refugio
Cada vez más personas eligen Claromecó
para vivir. Aunque no existen precisiones estadísticas, es evidente
que el número de habitantes permanentes aumentó en los últimos
años. Principalmente proceden de capital federal o el Gran Buenos
Aires, de donde huyen en busca de mayor seguridad y una mejor calidad
de vida. Tres familias, que llegaron para quedarse, narraron a "El
Periodista" sus experiencias. Informe especial
GABRIELA PERALTA
ORIGEN: SAN MIGUEL (BUENOS AIRES)
Cuando Gabriela Peralta y su esposo Raúl les contaron
a sus amigos que habían decidido abandonar su San Miguel natal
para venir a vivir a Claromecó, el consejo que recibieron fue que
no lo hicieran, que era una locura empezar de nuevo teniendo a Matías,
el hijo de la pareja. Hoy, poco más de un año y medio después
de haberse mantenido firmes en su determinación, aquellas mismas
personas que no les recomendaban un cambio de vida tan brusco no sólo
reconocen que hicieron lo correcto sino que además les tienen algo
de sana envidia.
Es que Gabriela y Raúl eligieron la calma claromequense justamente
para ofrecerle un ámbito más saludable a Matías,
quien ahora tiene 11 años, y porque luego de sufrir un robo en
su comercio la mujer comenzó a tener excesivos temores que no la
dejaban ir a trabajar.
¿Por qué Claromecó?. Los padres de Peralta descubrieron
el balneario cuando ella era muy chica y poco después decidieron
edificar una vivienda para venir en cada temporada. Luego de ocurrido
el asalto a su negocio de librería y papelería en San Miguel
la pareja comenzó considerar la posibilidad de trasladarse a un
sitio más tranquilo, y así nació la idea de probar
suerte en la localidad del partido de Tres Arroyos, a donde llegaron en
la Semana Santa de 2002.
Gabriela reconoce que aún le cuesta adaptarse al brusco cambio
en el estilo de vida que tuvieron al venir a vivir a nuestra principal
playa, pero destaca que la tranquilidad conseguida aquí bien vale
la resignación de algunas comodidades propias de las ciudades grandes.
"Vivir en Claromecó es duro. Acá dependemos para casi
todo de Tres Arroyos, pero el lugar es un paraíso", dijo.
La pareja llegó al balneario con toda la mercadería que
comercializaban en su negocio sanmigueleño para montar un comercio
con idénticas características. Sin embargo, al cabo de un
corto lapso de tiempo se dieron cuenta que los requerimientos de la gente
eran muy diferentes. "Acá hay un sólo colegio, no hay
universidad y la biblioteca cuenta con mucho de lo que los estudiantes
necesitan, de modo que tuvimos que ampliar el rubro para poder cubrir
la demanda específica del lugar. No fue difícil porque es
la misma gente la que te va pidiendo cosas. Así que voy incorporando
todo aquello que me solicitan, procurando conseguir productos novedosos
y buenos precios".
Otro de los cambios a los que tuvieron que adaptarse es estrictamente
económico. El volumen de ventas que tienen en Claromecó
no es el mismo que se daba en San Miguel y en consecuencia los ingresos
son menores. No obstante, la mujer dijo haber comprendido rápidamente
que la mudanza traía consigo "cambiar buenos ingresos y acceso
a comodidades por salud mental".
Peralta reconoció que al principio de su estancia en la villa estuvieron
muy tentados de regresar a sus orígenes, pero que sólo les
bastó ver la libertad con la que aquí podía crecer
su hijo y recordar la paranoia que sufrían antes para hacer el
esfuerzo de acostumbrarse al nuevo tipo de vida que la costa les ofrecía.
"En ese momento nos dimos cuenta que acá Matías iba
a tener una infancia como la que habíamos tenido nosotros, en donde
la máxima recomendación de nuestros padres era que tuviéramos
cuidado al cruzar la calle. Actualmente en las grandes ciudades vivís
con miedo. Vas caminado por la calle y alguien se te acerca a pedirte
la hora y le decís que no tenés reloj por temor a que quiera
robarte. Eso hace que a tus hijos no les permitas ni siquiera salir a
la vereda y que les des infinidad de consejos que los llenan de temores".
Gabriela señaló que el cambio también le sirvió
para darse cuenta de cuáles son las cosas realmente importantes
en la vida. "Allá siempre pensábamos que era necesario
tener cada vez más bienes materiales y más dinero. En cambio
acá comprendimos que no hace falta más que tener el dinero
suficiente para vivir porque todas las necesidades fundamentales de una
persona quedan cubiertas con la calma y la tranquilidad que reina en este
lugar. Y eso me motiva para quedarme".
Cuando todavía no hace dos años que esta familia vive en
la localidad turística, la mujer asegura que ya se ha convertido
en una claromequense más porque ya no anda todo el día corriendo
de un lado para el otro y vive a una velocidad mucho más lenta.
Así es como también descubrió que existen lugares
donde es muy normal tener tiempo libre fuera de las ocupaciones laborales
y que esos espacios del día se pueden aprovechar del modo en que
cada uno lo desee.
Finalmente, Peralta aseguró que cada vez hay más gente de
Buenos Aires que quiere huir de la urbe hacia sitios como Claromecó.
"Existen personas que tienen tanta necesidad de descansar de la locura
porteña que son capaces de venir a Claromecó tan sólo
por el fin de semana. O sea, viajan un montón de horas para pasar
apenas un rato acá".
DANIEL PINTO Y MONICA ORTIZ POROYAN
ORIGEN: BARRIO DE BELGRANO (CAPITAL FEDERAL)
Hasta el 14 de septiembre del año pasado Daniel
Pinto y Mónica Ortiz Poroyán, quien sea dicho de paso es
descendiente directa de mapuches, vivían junto a su hijo Germán
de 11 años en el barrio porteño de Belgrano. El hombre estaba
a cargo de la oficina técnica de una empresa de ascensores y su
esposa dirigía una empresa de servicios propia.
Inmersos en la vida acelerada e insegura de las grandes metrópolis,
tenían su tiempo para el descanso verdadero y el relajamiento absoluto
todos los veranos cuando venían de vacaciones a la casa que hace
casi treinta años edificó el padre de Pinto.
Ortiz Poroyán conoció Claromecó de la mano de su
marido hace unos 16 años. Ella es oriunda de Mendoza capital y
estudió profesorado de arte, marketing, periodismo y locución,
todas actividades muy apropiadas para desarrollarlas con éxito
casi seguro en ámbitos cosmopolitas.
Sin embargo, un día cayeron en la cuenta de algo que comenzó
a hacerlos pensar en la búsqueda de una vida más relajada,
como esa que sólo conseguían en las vacaciones. "Germán
tenía 10 años y por la inseguridad debíamos cuidarlo
de todo constantemente. Teníamos miedo que lo secuestren o que
le roben o que nos roben a nosotros. Así fue como en un momento
nos preguntamos qué estábamos criando. Porque si teníamos
que llevar a nuestro hijo hasta la pantalla del cine por desconfianza
de que en la escalera le dieran droga o lo secuestren y si lo dejábamos
andar en bicicleta solamente de esquina a esquina cuando nosotros pudiéramos
mirarlo era evidente que había problemas por resolver", dijo
Mónica.
"Nosotros vivíamos en un séptimo piso y no podíamos
dejar a Germán ni que se asomara a la puerta si no estaba alguno
de nosotros para cuidarlo. Evidentemente había un cúmulo
de perspectivas que nos parecieron bastante nefastas, sobre todo para
él. Uno es grande y de alguna manera puede cuidarse un poco. Lo
que nos planteamos fue que antes de tener una mala experiencia debíamos
mudarnos acá", explicó Daniel.
Cuando advirtieron la necesidad de "despegar de Buenos Aires"
pensaron inmediatamente en Claromecó y no en Mendoza, que se presentaba
como una de las opciones, aunque no tan diferente de Buenos Aires. "Podríamos
haber elegido irnos a Mendoza pero decidimos venir a Claromecó
porque acá somos otras personas. Acá no hay urbe y nada
te corre, la calidad de vida es diferente, hay mucha seguridad y no hay
contaminación sonora como en la Capital", expresó la
mujer al aclarar los motivos que los hicieron mudarse al balneario tresarroyense.
Claro que una decisión tan importante como cambiar de ciudad y
fundamentalmente de forma de vida no es algo fácil de resolver.
Básicamente, se preguntaban cuáles serían sus oportunidades
de trabajo considerando sus experiencias y formaciones.
Obviamente, la actividad que desarrollaba Daniel en Buenos Aires no tenía
campo de acción en Claromecó, de manera que realizó
algunos viajes previos a la radicación definitiva para ver cómo
era el panorama laboral y establecer algunas conexiones con la gente del
lugar. Al cabo de estas incursiones, la pareja arribó a la conclusión
de que la mejor alternativa de trabajo pasaba por la realización
de algo por cuenta propia.
Con sus conocimientos de electrónica y mecánica a cuestas,
más la carrera de ingeniería industrial casi concluida,
Pinto decidió que podía dedicarse a la reparación
de artefactos eléctricos de todo tipo y a realizar instalaciones
eléctricas. Además, en la época en que la pareja
tuvo a su único hijo poseían un comercio dedicado a la computación,
que lo impulsó a Daniel a realizar estudios sobre la cuestión.
Justamente, estos conocimientos fueron los que le permitieron obtener
su primer trabajo dictando clases en el turno noche del colegio secundario
de la villa y poco después fue convocado para enseñar a
los alumnos de 1º a 7º año de la EGB local.
Por su parte, Ortiz Poroyán consiguió empleo como corresponsal
de Radio Tres Arroyos, pero poco después perdió ese trabajo
y decidió volver a las fuentes, a su primer gran amor: las artes.
Construyó una pintoresca cabaña junto a su vivienda y allí
vende artesanías y objetos de arte.
Pero esas no son todas las actividades que esta flamante claromequense
despliega. Debido a que considera fundamental participar en la vida del
sitio donde han elegido vivir, se ha involucrado activamente con diversas
instituciones de la localidad, como por ejemplo, la biblioteca, la Sociedad
de Fomento de Dunamar y el Museo Aníbal Paz. Sin dudas, esto también
demuestra que su capacidad de adaptación es asombrosa, dado que
en poco más de un año se ha integrado plenamente a la sociedad
claromequense.
"Adaptarnos al lugar no nos costó demasiado porque sabíamos
a dónde veníamos porque conocíamos el lugar y teníamos
planes bastantes claros en cuanto a lo que íbamos a hacer. Incluso
Germán ha tenido una adaptación que ha asombrado a las maestras
de la escuela. Un mes después de haber llegado ya se relacionaba
perfectamente con todos sus compañeros y desarrollaba todas las
actividades típicas de los chicos de acá.", comentó
Daniel.
"A Germán le apasiona Claromecó porque ha conseguido
una libertad que en Buenos Aires no tenía. Para él esto
es un paraíso y se adaptó más rápido que nosotros",
aseguró Mónica.
La idea primaria de la pareja era que su hijo pudiera estar en una espacio
donde existiera la posibilidad de conocer ciertas cosas que en la capital
eran imposibles. Por ejemplo, treparse a los árboles, jugar a la
pelota en un potrero y aprender a manejar sus horarios. En suma, lo que
tanto Mónica como Daniel deseaban era que su hijo tuviera libertad
y pudiera ser capaz de adquirir responsabilidades, algo que en la vida
de la gran ciudad no era posible porque "en todas salidas teníamos
que estar nosotros cuidándolo o acompañándolo".
Ahora, la crianza que buscaban para su hijo está cubierta y, además,
ellos lograron aquella calma que antes sólo obtenían en
las vacaciones de verano.
OSCAR GRAU Y VIRGINIA CHIZZINI
ORIGEN: CASTELAR (BUENOS AIRES)
Oscar Grau es nacido en Castelar pero vivió
16 años en Bariloche, donde tenía un taller de cerámica
que debió vender a causa del endeudamiento que contrajo durante
la segunda década infame que se vivió en los '90 en la Argentina.
Al no poder trabajar en lo suyo decidió retornar a sus pagos para
dedicarse a la pintura de obra y la construcción en seco.
El regreso al pago le sirvió para reencontrarse con Virginia Chizzini,
con quien se conocían desde la infancia. Los dos divorciados y
con hijos suficientemente grandes e independientes se convirtieron en
pareja y comenzaron a trabajar juntos haciendo artesanías, concretamente
unos muy atractivos muñecos construidos en látex cuyo vestuario
y otros detalles son íntegramente hechos a mano.
Pero estaba claro que dos artesanos viviendo en Castelar no podrían
resistir mucho tiempo un modo de vida que no encajaba con su actividad.
Pero para que la decisión de dejar aquel lugar se concretara hizo
falta que Oscar conociera Claromecó.
Virginia, cuya madre e hijos nacieron en Tres Arroyos, veraneó
toda su vida en Dunamar. Su padre edificó hace tiempo una casa
de veraneo y sus abuelos residieron algunos años allí. Por
ello, cuando sus hijos se fueron del nido materno ella decidió
poner en venta su casa de Castelar con el propósito de afincarse
en ese lugar tan vinculado a su historia familiar.
Por intermedio de Chizzini fue como Grau llegó hasta nuestro balneario
y quedó encantado con la belleza del bosque dunamarense. Luego
de aquel viaje no hizo falta más que apurar la venta de la casa
de su mujer para trasladarse al paraíso. "A los dos nos gusta
mucho el tipo de vida que se puede hacer en un sitio como este",
dijo Virgina al dar cuenta de las razones de la inmediata fascinación
de su pareja con el lugar.
Claro que además de desear una manera de vivir como la que se consigue
en Claromecó, otra de las razones de peso que los impulsó
a dejar Castelar fue la misma que manifiestan tantos habitantes de ciudades
muy grandes: la inseguridad y la paranoia con la que se sale a la calle.
A pesar de haber vivido muchos años en Bariloche, Oscar se mostró
sorprendido por la tranquilidad de Claromecó y especialmente de
Dunamar. "Acá podés dejar una herramienta o la bicicleta
en la calle o las puertas de tu casa y del auto abiertas sin temor a que
nadie te robe nada. En Bariloche esa calma desapareció hace varios
años", dijo, tras lo cual afirmó que "este lugar
no parece la provincia de Buenos Aires, parece una galaxia aparte. Además,
vamos a hacer un trámite a la municipalidad y salimos contentos
porque te solucionan todos los problemas. Son cosas que en otros lugares
se han perdido".
Sin embargo, Grau y Chizzini, quienes hace menos de seis meses que se
instalaron en la localidad, sienten preocupación por el avance
de la mano humana sobre la virginal naturaleza, y por ello afirman que
"estamos dispuestos a luchar para que no nos estropeen esto. Ya hay
una agitación inmobiliaria muy importante, estamos viendo que están
desmalezando y que la gente no tiene un criterio de construcción
y rompen todo. Por eso estamos en alerta con los vecinos para que no nos
cambien este estilo de vida, que no es precisamente para ricos sino para
compartir con la naturaleza, nada más".
"Nosotros vinimos a buscar la tranquilidad del lugar y no queremos
que en el futuro desaparezca. Lamentablemente, nos hemos encontrado con
personas que tiene un absoluto desprecio por lo que es esto. Pero eso
no tiene que ver con el hecho de ser argentinos, sino que se trata de
una cuestión cultural. Está viniendo mucha gente pudiente
a la que no le importa tirar un árbol para construir su casa porque
después ponen un árbol nuevo, pero lo que no advierten es
que ese árbol no dará sombra hasta dentro de veinte años",
expresó Oscar sin ningún ánimo de ocultar su intranquilidad
por el destino de Dunamar en momentos en los que es evidente su crecimiento.
Lógicamente, luego de plantear sus inquietudes con tanto fervor
está más que claro que aunque hace muy poco que residen
en nuestra playa se han integrado y adaptado a la comunidad como casi
ningún otro foráneo. "Sí, claro, nuestra adaptación
al lugar es absoluta, jamás pensamos en volvernos. Obviamente,
hay que hacer un arraigo, pero ni se nos cruza el arrepentimiento por
la cabeza", dijo Virginia, y añadió que "además,
a mí siempre me gustó esto. Me casé acá en
la playa, he venido siempre de vacaciones y mis abuelos vivieron acá,
así que Claromecó es parte de mí historia. No siento
que estoy en un lugar inhóspito o que no conocía. Entonces,
el cambio no resultó para nada tremendo"
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