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DURANTE CASI UN SIGLO, "CASA MULAZZI" VISTIO CON ELEGANCIA
Y DISTINCION A GENERACIONES DE TRESARROYENSES
La esquina del buen vestir
En la intersección de Maipú y Colón,
un edificio muestra los efectos del abandono y la desidia. Las persianas
desvencijadas que acarrean herrumbre de años, las paredes adoptadas
como marquesinas de graffitis y afiches al paso, pretenden esconder la
historia, hacernos olvidar que alguna vez, en ese lugar, hubo una firma
que proveyó elegancia y distinción a generaciones de tresarroyenses.
Esta crónica de "El Periodista" trata de "Casa Mulazzi",
el tradicional comercio que durante casi un siglo se jactó de ser
"la esquina del buen vestir". Un artículo para leer de
traje y sombrero
A fines del 2004 se abrió una luz de esperanza
para una esquina abandonada en pleno corazón de la ciudad. Fue
cuando un comerciante adquirió el inmueble de la ex Casa Mulazzi
con la idea de retornarlo a la vida. Desde que se vio obligado a cerrar
sus puertas, en agosto del '95, el abandono y la desidia se apoderaron
de ese soberbio edificio que supo tener su centuria de gloria. Pero en
dos meses más, se pondrán manos a la obra para recuperar
un espacio que imprimió su huella en la historia de Tres Arroyos.
El proyecto es edificar cuatro modernos locales comerciales, conservando
la fisonomía externa de aquel negocio tradicional donde generaciones
de hombres tresarroyenses se vistieron siguiendo los dictámenes
de la moda.
Detrás de esas persianas desvencijadas que acarrean el herrumbre
de los años, de las paredes adoptadas como marquesinas de graffitis
y afiches al paso, del otro lado del descuido, se alberga una época
de orgullo y prestigio bien ganado en una centena de años.
La historia de Casa Mulazzi, se inició con Leopoldo, un italiano
de Piacenza que a los dieciséis años perseguía como
todo inmigrante el sueño de hacer la América. Un 6 de enero
de 1889 desembarcó en Buenos Aires y durante cinco años
en la capital hizo sus primeras armas en el comercio. Eran tiempos donde
se vislumbraban horizontes de prosperidad en una ciudad al sudeste de
la provincia y muchos llegaron a Tres Arroyos con la ilusión de
ser partícipes de ese progreso. Leopoldo lo hizo en 1894 y cuatro
años después fundó Casa Mulazzi, una pequeña
tienda de camisería y sombrerería que funcionaba en Chacabuco
casi esquina Independencia -hoy Hipólito Yrigoyen-. Junto a su
mujer, Julia Caniffi, atendían personalmente y con esmero a cada
cliente que llegaba en busca de una prenda de calidad garantizada o requería
un consejo de quien conocía hasta el mínimo secreto de la
elegancia. La honestidad, su espíritu de trabajo y una atención
cordial le fueron abriendo caminos hasta ganar prestigio en el mercado.
Un orgullo, un prestigio
Un día tuvieron que volver a empezar. Fue cuando el fuego, originado
de una plancha que alguien olvidó encendida, consumió todo
lo que había a su paso en el modesto comercio. Se trasladaron a
la esquina de Colón y Maipú, a un local que se convertiría
al cabo de los años en un legendario exponente comercial. Recién
en 1939 se inauguró el edificio de dos plantas, un moderno local
refaccionado que fue un orgullo para la región por sus características
arquitectónicas y su estilo de avanzada. "El edificio era
impresionante, tenía calefacción central, sótano,
depósito en la parte de arriba. Todo se hizo en Buenos Aires, vinieron
profesionales de allí, tomaron las medidas de todo y para tal día
y fecha trajeron y colocaron el mobiliario. Era una casa de alta calidad",
lo definió Osvaldo Ferrero, testigo y protagonista de la historia
de Casa Mulazzi durante cuarenta y cinco años, desde que ingresó
como cadete contratado por Leopoldo y fue escalando posiciones hasta convertirse
en sucesor de Amadeo Maté en la gerencia comercial, ya en los últimos
años del negocio.
Su primer tarea había sido la limpieza de sombreros, que transitaban
por entonces su época dorada. En los años ´20 y ´30,
los sombreros se habían impuesto a tal punto que nadie salía
a la calle sin él, y se convirtió en el rubro fuerte de
Casa Mulazzi. Hasta pasados los años ´50 los hombres persistieron
en la costumbre de cubrirse la cabeza con sombreros de fieltro o de paja.
"Antes que yo entrara a trabajar se usaban mucho los sombreros de
paja y en Mulazzi se vendían increíblemente. Había
días que se vendían veinte o treinta porque todo el mundo
los usaba", contó Osvaldo que recuerda sus días en
el taller de limpieza de sombreros que funcionaba anexo al establecimiento.
No era una tarea sencilla. El primer paso era introducirlos en un tambor
de 200 litros de nafta de aviación donde se los dejaba asentar
durante toda la jornada. "Al otro día los sacábamos
y junto con la nafta salía la mugre. Después se colgaban
hasta que se secaban y para que no se achicaran había que ponerlos
en una horma y después al horno hasta que se calentaban y se iba
el olor". Ocho días tardaba todo el proceso y un hombre de
apellido Cortéz era el encargado de plancharlos para entregarlos
como nuevos en manos de sus dueños. Para la década del sesenta,
los nuevos dictámenes de la moda hicieron desaparecer la costumbre
de usar sombrero y el taller se convirtió en un área de
compostura de pantalones.
Sinónimo de calidad
Dedicada a vestir al hombre elegante, la casa de artículos diversificaba
sus secciones al ritmo de las exigencias del mercado, hasta convertirse
en un local de vanguardia donde el hombre que buscaba vestirse de acuerdo
a las últimas tendencias podía encontrar todo lo que necesitaba:
camisas, trajes, artículos sport o hasta ropa interior. No era
una tienda más, era sinónimo de calidad y prestancia cuyo
destino era ser uno de los más altos y acreditados exponentes del
poder comercial local. En este crecimiento mucho tuvo que ver Amadeo Maté,
que en 1920 se incorporó como socio gerente de la casa comercial.
Había ingresado como cadete a los doce años y Leopoldo le
enseñó personalmente los secretos de un oficio que llegó
a conocer a la perfección. Era un hombre elegante y distinguido
que cuidaba cada detalle de la calidad de las prendas al igual que su
propia indumentaria. "Amadeo tenía doce años cuando
entró y Leopoldo lo quería como un hijo. Le enseñó
el oficio y después lo puso como socio, donde estuvo casi sesenta
años. Era una persona muy querida, muy amable y andaba siempre
impecable. En el verano cuando hacía calor llegábamos a
trabajar y nos sacábamos los sacos, pero cuando veíamos
venir a Amadeo, enseguida nos poníamos los sacos", contó
Ferrero del que fue su guía y maestro en el negocio. "Aprendí
tanto de él, miraba cuando compraba, cuando vendía, cuando
a veces se nos iba algún cliente y él lo buscaba y terminaba
vendiéndole algo. Sabía tanto del negocio que era difícil
que se le fuera un cliente y había gente que si no lo atendía
él, no lo atendía nadie".
Indumentaria a medida
Los trajes de Mulazzi eran adquiridos a la firma Agres, una de las fábricas
más finas de prendas masculinas que tenía la Argentina.
Su dueño, don José Agres era amigo íntimo de Amadeo
y en forma frecuente lo visitaba en Tres Arroyos para jugar al golf o
compartir un asado. Fue quien lo impulsó a traer indumentaria de
Pierre Cardin, de la que era representante.
Durante casi cien años el trabajo en el comercio era incesante.
Todo aquel que quisiera una prenda fina y de calidad no tenía más
que recurrir a Mulazzi, que constantemente iba renovando su mercadería
para satisfacer el gusto de sus clientes. Hasta habían incorporado
un sastre como un servicio especial, que en el mismo local se encargaba
de arreglar los trajes a medida. "Era una casa que trabajaba muchísimo.
Uno de los gremios con el que más se trabajaba era el de los Ferroviarios.
Era característico que el 18 de cada mes se llenaba porque ellos
cobraban y venían a pagar y siempre se llevaban algo. En general
teníamos 1800 clientes fijos. Me acuerdo cuando salió el
gamulán, un día de invierno empezamos a vender a la mañana
y vendimos doce. Cuando había buenas ventas siempre nos íbamos
todos a cenar. Había un cliente, por ejemplo, que siempre compraba
cuatro trajes por año y la mayoría de los que venían
compraban más de uno. Ahora ya nadie usa traje", se lamentó
Ferrero que fue testigo de los últimos años de aquel negocio
tradicional.
Triste destino
Cuando falleció Amadeo, Fulgencio Lejarraga, nieto de Leopoldo,
quedó al frente del comercio que había empezado a decaer
años atrás. Surgieron nuevas tiendas en la ciudad, las tendencias
de la moda se tornaron informales e inevitablemente Mulazzi fue perdiendo
clientes. "Antes que Amadeo muriera ya no andaba tan bien el negocio.
Mulazzi siempre se había caracterizado por tener ropa muy buena,
muy linda para gente con un determinado poder adquisitivo y el error fue
no volcarse hacia la juventud. En el ´85 los viajantes llamaban
para convencerlo a Amadeo que trajera vaqueros porque eso iba a ser el
boom y todo el mundo iba a usarlos. El no quería porque las casas
buenas en Buenos Aires en las que se inspiraba, no tenían vaqueros
y él siempre quería seguir en esa línea. Después
se abrieron muchas casas de ropa y se fue perdiendo gente", contó
Ferraro de los tiempos en los que no se presagiaba aún el fin de
su vida comercial.
Cuando Lejarraga murió, Casa Mulazzi arrastraba una deuda muy importante
con una entidad bancaria. Los sucesores de Mulazzi se vieron obligados
a vender el comercio, que fue adquirido por un viajante, representante
de camisas Mónaco. Las persianas se bajaron definitivamente en
agosto del ´95. Fue un triste destino para un negocio que supo forjar
su centuria de gloria. A partir de entonces la esquina tradicional fue
ganada por la desidia y los recuerdos nostálgicos que a Ferrero
todavía le duelen. "Tengo miles de anécdotas pero me
cuesta recordar y todavía me emociono cuando hay gente que me dice
´tengo una camisa de Mulazzi´ y eso que hace diez años
que cerró. Cuando vi todo cerrado, con papeles pegados, no pude
pasar más por esa esquina, porque estuve toda mi vida ahí
adentro".
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