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En el shopping, como en botica, se puede encontrar de todo: heladeras, colchones, camas, libros, discos de vinilo, frascos, estampitas, juguetes, cuadros, motores, bañaderas, mimeógrafos, teletipos y hasta un cartel de Anses. La caja es atendida personalmente por el Padre Torquatti, vestido informalmente de jeans y zapatilla

 

 


LAS INCREIBLES "DOCE HORAS DE SHOPPING"
DEL PADRE DOMINGO TORQUATTI

Comprar es divino

Consagradas como espacio de consumo y reunión social, las "doce horas de shopping" del Padre Torquatti ya son un clásico tresarroyense. Cada mes, entre 800 y 1000 personas desfilan por el salón parroquial en busca de antigüedades, objetos curiosos y bagatelas. Con cada compra, se suma un ladrillo más en la construcción del templo que comenzó a erigirse hace ya 17 años. Agudicen la vista, preparen la billetera... "El Periodista" invita a una increíble jornada de compras

Son poco menos de las diez de un jueves de abril y una multitud de gente se apiña como en un estadio de fútbol en la puerta de ingreso del salón parroquial. Una señora está desde las seis, soportando los primeros fríos del otoño, con la misión de ser la primer testigo de la feria del consumo. Cuando ya está todo listo para arrancar, el padre Torquatti abre las puertas de par en par y cerca de un centenar de personas se apretujan para entrar. Habían arrancado las "Doce horas de shopping" que se prolongarían hasta las 22.
La irremediable necesidad de llegar primero para encontrar aquello que se iba a buscar, y el sentido de la oportunidad única de llevarse algo a precio más que accesible, se han convertido en las causas de la desmedida irrupción.
En el shopping se puede encontrar de todo como en botica, desde heladeras, colchones, camas, libros, discos de vinilo, frascos, estampitas, juguetes, cuadros de Ceferino Namuncurá, motores, bañaderas hasta un mimeógrafo, una teletipo o un cartel de Anses. Hay objetos que encierran historias y artículos que no responden a necesidades específicas pero que están ahí, baratos, a la espera de que alguien los descubra. Y como un incentivo más en la punta del salón se exhibe el Ford Taunus naranja donado y que se sorteará por la lotería nacional en octubre de este año.
Una vez que el padre inaugura la jornada, la gente comienza a circular por los pasillos y a apretujarse entre las mesas para no perder aquello que fueron a buscar. A tan sólo veinte minutos de la primer hora, la hilera para pagar las compras parece interminable y los compradores perseveran con sus canastas repletas de objetos preciados. En el salón parroquial, el shopping sigue en cierta forma una lógica de marketing. Porque al lado de la fila, los mostradores exhiben velas perfumadas, joyas, billeteras, cintos, mochilas y carteras para tentar a los que ya compraron y están esperando.
La caja es atendida personalmente por el padre Torquatti, vestido informalmente de jeans y zapatillas, que a través de un micrófono pregunta el precio de algún artículo e interrumpe su tarea de a ratos para subir el volumen de la música cumbiera que inunda el salón, como si fuera una fiesta.
Lejos del caos inicial, frente a las mesas no queda tanta gente y los que están observan, tocan, consultan y se preguntan para qué puede servir el artículo que sería una lástima no llevar por un precio tan accesible.
Como contrapartida, casi en el ingreso al salón, hay una fila en su mayoría de mujeres, que parece no avanzar. Están esperando para entrar a un improvisado local de ropa, hecho con tablones de madera, y al que solo se puede tener acceso cuando un cliente terminó de hacer su compra.
Están también los coleccionistas, como un médico que recorre el salón de punta a punta buscando algún objeto que le atraiga y que no puede conseguirse en el mercado común. Y lo encuentra. Como buen amante de la fotografía, por sólo 40 pesos se lleva una cámara de fotos antiquísima, y a la pasada manotea un botellón de vino que por sólo tres pesos se ofrece como un adorno original. A pesar de ser uno de los primeros en decidir la compra, cuando va a pagar, la hilera llega hasta el fondo del salón parroquial. Y si bien espera un rato, un llamado de un paciente hace que recurra a los organizadores para ver cómo puede agilizar el trámite porque "sino lo pierdo", asegura preocupado.
"Vengo a chusmear y siempre llevo algo para los nietos", dice Saúl Coronel que se siente satisfecho por haber conseguido dos canillas de bronce que fue especialmente a buscar porque sabía que ese era el lugar donde las encontraría. Un poco más allá, Rubén Martín es otro de los que recorre minuciosamente cada mesa. Cuenta que llegó a las diez en punto, conciente de que los que entran primero "se llevan las mejores cosas". Las doce horas de shopping están a pleno y el padre anuncia que "este sábado tenemos baile", a viva voz por el altoparlante.
Una mujer descansa en un banco cercano a la salida, mientras su amiga aguarda para elegir ropa. "Vine a mirar nada más", afirma, aunque las bolsas delatan que se dejó llevar por la tentación del shopping. Y en su primera incursión, encontró por sólo cinco pesos una plancha "de las de mi época, esas pesadas y resistentes como me gustan".
Las doce horas de shopping ya son un clásico, al punto de consagrarse como un espacio de consumo y de reunión social donde, por su habitual asistencia, muchos ya se conocen. "Es un fenómeno social, puede que parezca una ridiculez, pero yo digo que esto es como la Fiesta del Trigo. La gente sale, viene y pasea. Un día llovía muchísimo y le comenté a un hombre que era raro que hubiese tanta gente porque afuera diluviaba y él me dijo ´justamente yo estaba en casa aburrido, entonces decidí ir a lo del cura a pasear´", cuenta el padre.
Pasadas las 15, el panorama difiere del de la mañana. Las mesas están casi desiertas, los pasillos despoblados, la caja está descomprimida y el padre aprovecha el tiempo para hacer un balance de lo que va de la jornada. En el único lugar donde todavía queda una hilera de compradoras es en la "tienda", ya que hace un rato, y como una costumbre de esa hora, se repuso mercadería. Afuera quedan pocos autos y siempre algún rezagado entra para ver si hay algún precio rebajado.
Del desfile incesante de gente, pocos son los que advierten que hay algo de ellos en aquel edificio monumental que se va apuntalando cada día para convertirse en el futuro templo de y para la comunidad. Es que en definitiva, la obra se erige como la razón de ser de las "Doce horas de shopping".

TORQUATTI, TODO UN CREATIVO

"En lo del cura
se encuentra de todo"

El gestor del proyecto de construir un templo, hace ya 17 años, fue el padre Domingo Torquatti. Sin recursos pero con imaginación de sobra, inició un peregrinar en su camioneta, pidiendo casa por casa, papeles y botellas que luego vendía. Más tarde la gente le fue donando otros elementos y entonces se le ocurrió organizar remates al mejor postor. Pero hace cinco años cambió la estrategia, y decidió ponerle precio a cada uno de los artículos para que toda la gente tuviera la posibilidad de llevarse lo que necesitaba. Y la cadena solidaria se volvió cíclica, porque hasta los objetos que se adquirieron en el shopping retornaron como donación. "Hace poco un hombre que se había llevado un colchón y que ya no lo precisaba más, me pidió que vaya a buscarlo a su casa porque lo donaba. Esto es un emprendimiento de caridad, de servicio, no un comercio. La gente contribuye porque es una obra para la comunidad. Es una manera de prestarnos a un círculo de dinero y de cosas que implican un corazón abierto y la mano tendida", cuenta el padre quien es el alma de este emprendimiento. "Acompaño todo, un poco porque yo lo fui fomentando, inventando, lo conozco, lo llevo adelante. El día antes del shopping me quedo hasta las tres o cuatro de la mañana poniéndole precio a todo y haciendo carteles para informarle a la gente que algún producto tiene una falla o no está en funcionamiento".
Hoy el padre puede decir que la misión está cumplida. "Al comenzar con esto quería que la gente dijera que a lo del cura se debe ir porque se encuentra de todo. Y de hecho vienen acá a buscar las cosas más insólitas. Incluso mucha gente que tiene comercio manda a los clientes al shopping porque acá pueden encontrar lo que buscan".
Ahora que la concurrencia es masiva y que en el día desfilan entre 800 y 1000 personas, fueron ajustando detalles de la organización. "Esta vez estuvieron más disciplinados e hicieron cola. Dejamos la puerta abierta y no hubo inconvenientes. Otras veces, cuando la puerta estaba cerrada, en el ingreso estallaban contra el vidrio y era un peligro, parecía una cancha de fútbol. Es que en las primeras horas siempre entran de golpe entre 200 y 300 personas".


 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina