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LA INCREIBLE HISTORIA DE OMAR "EL FANTASMA" GENTILE,
EL CAMIONERO TRESARROYENSE QUE SE AFERRO A LA VIDA
No está muerto quien pelea
Treinta años atrás, la noche del 12 de
diciembre de 1978, fue protagonista de un terrible accidente. El camión
que conducía, y que venía cargado de madera, se quedó
sin frenos en un camino de ripio, cerca de Bariloche. Por el desperfecto,
el vehículo modelo 1961 salió disparado. Levantó
140, 150 kilómetros, y se convirtió en una tromba, en una
mole de miles de kilos sin control, rodando hacia la nada. Voló
por un precipicio, cayó al vacío, y se desintegró.
Al chofer lo dieron por muerto, y quizá lo estuvo, pero volvió.
Desde entonces, al tresarroyense Omar Gentile se lo conoce como "El
Fantasma". En exclusiva, "El Periodista" recrea su increíble
historia de vida
"Es una situación complicada, pero hay compañeros,
y tengo que estar", dijo Omar Gentile, en pleno desarrollo del conflicto
de los transportistas de cereal que sucedió al extendido enfrentamiento
entre el gobierno y el campo. "Pero a mí me gusta trabajar.
No sabe las ganas de vivir que tengo", contaría entonces a
"El Periodista". Y su increíble historia es un reflejo
fiel de esa tenacidad. Omar Gentile, o Marcelo -como todo el mundo lo
llama, por el nombre de su sobrino, que llevaba en la lona su viejo camión-,
sobrevivió a un terrible accidente con su unidad, que cayó
por un barranco en un oscuro camino del sur argentino, y cuando en un
centro de salud cercano ya lo daban por muerto, su voluntad fue más
fuerte. Con un hálito apenas perceptible movió la sábana
con la que habían cubierto su cuerpo, al que creían ya sin
vida, y así fue como lo advirtieron tan aferrado a la vida que
en aquel mismo momento empezó el tramo más significativo
de su existencia. Desde entonces, contó, lo llaman el "Fantasma".
A punto de cumplir 71 años, la presencia de Gentile, la nitidez
de sus recuerdos y su empuje remiten a alguien quizá 20 años
menor. Lo curioso es que después de la tragedia que protagonizó,
y que lo obligó a rearmarse no sólo físicamente sino
desde el punto de vista económico y hasta personal, cualquiera
podría pensar que nunca más subiría a un camión.
No sólo volvió al transporte, una actividad que ha desarrollado
durante toda su vida, sino que además pudo lograr, pero en esta
oportunidad gracias al azar, volver a tener su propio vehículo.
Relato escalofriante
El relato del accidente, que ocurrió el 12 de diciembre de 1978
en inmediaciones de Collón Curá, a unos 140 kilómetros
de Bariloche, es tan vívido en las palabras del propio Gentile
que causa escalofríos. "En aquel momento estaba afectado a
un transporte internacional, así que viajaba a todos lados. Pasaba
hasta 15 o 20 días fuera de mi casa. Llevaba cargas generales,
tanto madera, como hierro, cemento, yerba
Viajaba a Chile, a Punta
Arenas, a Osorno. Esa noche justamente volvía de Osorno, solo en
el camión, como siempre, pero acompañado en la ruta por
otro compañero que iba delante de mí, a unos 3 kilómetros
de distancia. Yo venía bien, sin problemas, hasta que en un momento
se me desprendió un cardan, y me arrancó los pulmones de
freno. El camión se quedó sin aire, y empecé a bajar,
bajar y bajar, en un camino descendente de unos 17 kilómetros,
con curvas. Es imposible calcular la velocidad que tomó el camión,
pero yo creo que fueron más de 140, 150 kilómetros. No alcanzo
a comprender cómo pude manejarlo, pasé a mi compañero,
hasta que en un momento quedé suspendido en el aire y luego caí
a un barranco, casi un precipicio, más o menos 300 metros",
contó.
Aquel instante fue crucial, y según Gentile, fue allí mismo
cuando tomó la decisión de vivir. "En esos momentos
uno piensa hasta en el más enemigo. Me encomendé a Dios,
no sabía qué hacer. Entonces decidí tirarme al piso,
porque recordaba la recomendación de un familiar médico
Pensaba
que no me iba a salvar, me aferré de las palancas, porque tenía
varias, alta, baja, intermedia y reductora. Pero el camión empezó
a dar vueltas, cayó de punta, y desapareció la cabina. Quedé
entre los fierros retorcidos. Me hice pedazos", recordó.
Las consecuencias de semejante accidente fueron terribles para el transportista.
"Cuando se desprendió la cabina y el camión paró
de dar vueltas quedé colgado. Primero me pasó por arriba
el acoplado. Me había arrancado la cadera, se me cortaron los tendones
de las piernas, me abrí la cabeza, me faltan pedazos de dedos
",
describió, como si reviviera aquel momento, aunque con serenidad
y sin angustia.
Su compañero advirtió lo sucedido, pero cuando se dispuso
a buscarlo, la oscuridad le impedía ver dónde estaba el
camión. "Había caído y el haz de las luces no
llegaba a enfocarme. Pero él se dio cuenta por el desparramo de
madera que hizo el acoplado al caer por el barranco. Por eso me encontró",
dijo. La maniobra del otro transportista fue desesperada. Bajó
a rescatarlo, pero era prácticamente imposible trasladarlo solo,
a pie, en el estado en que se encontraba. "Era como una bolsa. Pero
le decía que no me iba a morir", aseguró.
El tránsito era prácticamente nulo en aquel camino de ripio,
y de noche. Hasta que apareció un auto, pero ocupado por cuatro
personas. La única solución era dar aviso a la población
más cercana, y así fue como llegaron a una represa cercana
y desde allí convocaron a una ambulancia. "Me subieron en
una cobija, con las costillas metidas dentro de los pulmones, y al lado
mío yo los escuchaba hablar, como muy lejos, diciendo 'se nos corta
en cualquier momento'. Desde ese instante ya casi no recuerdo más
nada. Se que me llevaron al Chocón, donde me internaron en un sanatorio,
pero con la idea de que ya no había nada que hacer", evocó.
De ida y vuelta
La esperanza de sobrevida de Gentile era escasa para los médicos
de aquel centro de salud, y al parecer en algún momento lo consideraron
ya fallecido, porque como alguien le relataría después,
lo cubrieron con una sábana y lo dejaron, sobre una camilla, en
un pasillo de la clínica.
"Pero un enfermero que pasó vio que las sábanas se
movían. Por eso corrió y avisó que yo estaba respirando.
Me pusieron oxígeno, y me parecía estar yéndome muy
lejos, pero me recuperé", admitió, como si repasara
mentalmente una película.
Por una cabeza
La recuperación de Gentile fue durísima. Tenía múltiples
escoriaciones, fracturas, y después de seis meses de estar de espaldas
hasta que cicatrizaran sus heridas y se desinflamaran sus golpes, lo enyesaron.
"De pies a cabeza, parecía una momia. Cuando me sacaron los
yesos llevaba tanto tiempo sin moverme que tuve que empezar de nuevo,
a mover despacio un dedo, después otro
Los médicos
me decían 'seguí así', y estaba claro que yo quería
vivir, y recuperarme. Así que me fueron a buscar, fue en pleno
litigio con Chile, y un señor de De La Garma, de donde yo soy,
improvisó una ambulancia -porque por el conflicto no había-,
y me trajeron para acá. Me habían colocado ya la cadera,
pero me advirtieron que quizá no iba a volver a caminar. Hasta
me donaron una silla de ruedas. Cuando me sacaron el yeso, el dolor y
el sufrimiento era terrible, pero tenía tantas ganas de vivir,
de andar
Volví a caminar unos cuatro meses después",
aseguró.
Con el seguro que cobró vivió durante su recuperación,
pero terminó por perder todo. "Tuve que hacer de todo. Me
separé, me fui a vivir al Plaza Hotel y me hice de un amigo que
había venido de La Plata, al que le gustaban todas menos el trabajo.
Y especialmente el juego
Jorobaba con los caballos de carrera, decía
que eso nos iba a sacar de perdedores. Una vez fuimos al Casino a Necochea,
y uno decía plata o nada, porque ya me había puesto timbero
yo también. Así que lo seguí a él, ganamos,
y me dijo que esa plata la íbamos a jugar en Mar del Plata, en
la Hípica, a un caballo sobre el que le habían dado un dato.
Fuimos a Mar del Plata, pero él estaba de novio y cuando llegó
el momento de ir a apostar no llegaba. Yo me acerqué a la ventanilla,
y le tiré toda esa plata dulce a ese caballo, con todas las indicaciones
que me había dado, pero resulta que no lo conocía nadie.
El llegó tarde. Cuando el caballo ganó, porque hecha la
ley, hecha la trampa, agarré mucha plata, y desde ese día
dije nunca más vuelvo a jugar. Me fui a Indio Rico, y al contado
me compré un chasis y empecé de vuelta. Fue en el año
80", rememoró.
Una forma de vida
Marcelo no dudó en subirse a un camión por primera vez no
bien terminó la escuela. Era el trabajo de su padre, a los 14 años
comenzó a acompañarlo y a los 17 hizo su primer viaje solo.
Por esa misma razón, a pesar de pagar con su cuerpo prácticamente
destrozado aquel desperfecto en su unidad, en cuanto pudo volvió
a la cabina y a las rutas. "Hoy llevo casi 54 años arriba
del camión, y quiero seguir trabajando mientras pueda, mientras
me sigan dando el carnet", confesó.
Hoy viaja entre 3 y 4 veces por semana hasta más allá de
Saladillo, cerca de Roque Pérez, a unos 380 kilómetros de
distancia de Tres Arroyos. También con un camión modelo
61, como aquel con el que tuvo el accidente, y a unos 55, 58 kilómetros
por hora de velocidad. "Mi historia es para escribir un libro. Pero
solamente la edad me puede bajar del camión. Porque yo quiero seguir
adelante", advirtió, por si hiciera falta. Hoy, le dicen el
"Fantasma". Pero las rutas lo ven bien vivo.
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