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20 DE JULIO: EN EL DIA DEL AMIGO, TRES HISTORIAS
PROTAGONIZADAS POR TRESARROYENSES
Ese amigo del alma
Agustina Corral y Manuel Vassolo; Lía
Duca y las chicas;
Daniel Rodríguez y Santiago Galante.
"El Periodista", en el Día del Amigo,
narra tres intensas historias protagonizadas por tresarroyenses
AGUSTINA CORRAL Y MANUEL VASSOLO
"Desde que nacimos somos amigos"
Cuando uno es chico no cuenta historias con sus amigos:
las vive con ellos. Los primeros pasos que dieron Agustina Corral y Manuel
Vassolo los caminaron juntos y en ese transitar fueron aprendiendo el
valor de la amistad sin que nadie se los explicara. Es que a sus 17 años
se conocen de toda la vida y afirman que "desde que nacimos somos
amigos". Y al momento de juntarse reconstruyen el origen de esta
relación en las vagas imágenes de historias pasadas en la
guardería cuando desde aquel entonces proyectaban un futuro juntos.
"Me acuerdo que cuando tenía tres años yo llegaba a
casa y quería aprender a cocinar porque le había preguntado
a ella que iba a ser cuando sea grande y ella me había contestado
que ´nada´", cuenta Manuel, quien siempre llevaba un
ramito de flores para su amiga y ella no permitía que su madre
las sacara del florero hasta que se marchitaran.
En el jardín eran dos pequeños, vestidos en tela cuadrillé,
que se paseaban por el patio tomados de la mano y se habían vuelto
tan inseparables que las maestras decidieron cambiarlos de división
cuando llegaron a primer grado para que la estrecha relación que
los unía no afectara su sociabilidad con los otros chicos. "En
primer grado nos separaron y yo cada vez que podía me escapaba
al salón de él para verlo. Siempre le metía una excusa
a la maestra para poder estar con él", dice Agustina, a quien
le costó asumir esa distancia impuesta. "A ella le hacían
la vida imposible y yo lo sufrí mucho. Me acuerdo que ella lloraba
porque quería estar conmigo y no podía", rememora Manu.
Un tiempo después ella se cambió de colegio, aunque por
las tardes y los fines de semana se juntaban a jugar con la seriedad que
corresponde. "Hablábamos horas por teléfono y siempre
nos juntábamos a jugar después de la escuela. Me acuerdo
en la comunión de ella que atamos la cinta del vestido a la bicicleta
y la llevaba arrastrando atrás en una patineta o cuando nos juntábamos
en lo de mis abuelos que vivían en la esquina de su casa y jugábamos
con una tortuga que la metíamos en un tanque de 200 litros lleno
de agua para bañarla", dice Manuel, mientras Agus sonríe
porque le vienen a la mente esos recuerdos simples de vivencias de la
infancia que van formando los cimientos de una amistad que aun perdura.
La vida los separó algunos años y cada uno formó
su grupo hasta dejar de verse por un tiempo. Pero los dos, cada uno a
su manera, nunca dejaron de quererse y el reencuentro diluyó esa
distancia en tan sólo un rato que se juntaron a charlar como si
lo hubiesen hecho el día anterior. "Cuando nos reencontramos
no tenemos necesidad de contarnos todo lo que pasamos cuando no estábamos
juntos. Por ahí no lo puedo ver en dos meses pero el día
que estoy mal lo llamo y no se me da por llamar a otro", dice Agustina.
Es que ambos admiten que el sentimiento profundo que se gestó en
la infancia les permite ponerse en armonía y saber de antemano
lo que siente y piensa el otro como si nunca se hubiesen distanciado.
"De Agustina me banco todo, lo bueno y lo malo. Me encanta ella porque
es mi amiga, por más que no la veo tanto tiempo, si tengo un problema
nunca pierdo la confianza en ella y no tengo que estar cuidándome
de lo que digo o no porque sé que ella me va a entender. Debe haber
sido por eso de que vivimos toda la infancia juntos que nos entendamos
tanto", reconoce él, quien está convencido de que la
amistad entre el hombre y la mujer es una realidad concreta que no oculta
otro tipo de intenciones. Y al pensar en el futuro los dos reconocen que
no se imaginan sin saber uno del otro. "Creo que mi esposa se va
a poner re celosa de ella. Capaz que vamos a vivir en ciudades diferentes
y voy a tener ganas de verla, y cuando nos veamos vamos a estar todo el
tiempo juntos. Es que la amistad entre nosotros va a seguir, estoy seguro",
especula Manuel, mientras ella corrobara sus palabras. "A nosotros
nos juega a favor que nuestros viejos son amigos y esa conexión
entre nosotros va a seguir siempre. No me imagino sin tener contacto con
él".
Al estar juntos, el clima no es otro que el único que puede haber:
de miradas intensas, secretos compartidos, carcajadas, historias narradas
día a día que fortalecieron un vínculo profundo.
Porque si hay algo que tienen en claro es que la amistad es una relación
recíproca y libre, desinteresada, que nació por una inclinación
natural y se alimentó de compartir lo que tienen y lo que piensan.
"Valoro mucho a los amigos que por más que no los vea sé
que siempre cuento con ellos cuando estoy mal y puedo hablarle o escuchar.
Eso me pasa con Manuel. Es que en la amistad busco un apoyo en una persona
que sé que va a estar siempre", afirma ella, mientras que
él se hace eco de este sentimiento. "Muchos dicen que la amistad
es compartir y con ella he compartido muchas cosas que siempre tengo dentro
de mi memoria. Cuando nos disfrazamos de payasos para el día del
niño o cuando ayudábamos a hacer las guías de teléfono
a los chicos discapacitados. Me encanta compartir con ella lo que estoy
haciendo, porque la amistad es pasar momentos lindos y no tanto, acompañar
a una persona, comprenderla y quererla". Estas y no otras son las
razones que sus corazones reconocen y que los hizo amigos... para siempre.
LIA DUCA Y LAS CHICAS
"Nadie te obliga a hacerte
amigo, es un sentimiento"
Con 76 años y un carácter sin medias tintas,
Lía Duca no tiene dificultades para definir a sus amigas, a quienes
nombra llenando su boca de elogios y mezclando palabras de agradecimiento
y sentimiento en proporciones exactas. Cuando habla no hay dudas del lugar
que la amistad ocupa en su vida. "Es algo tan primordial la amistad...
cuando uno se hace amigo de una persona nadie te obliga, es un sentimiento",
asiente convencida aquella mujer que a lo largo de su historia ha cosechado
infinitos vínculos que la hacen contradecir, con justa razón,
aquel dicho que postula que uno no puede tener muchos amigos. "Me
he puesto a meditar y no puedo decir que tengo uno o dos amigos en los
que confío plenamente. Estoy en muchas comisiones y en cada una
encuentro afinidad con gente con la que nos hemos hecho muy amigas",
dice, al tiempo que recuerda con amor y respeto inmejorable a sus dos
cómplices de la infancia, con quienes compartió las típicas
andanzas adolescentes hasta que la vida las fue dispersando por caminos
diversos y que a veces vuelven a encontrarse en algún punto para
recuperar historias de tiempos inolvidables. "Cuando era joven éramos
tres amigas inseparables, íbamos a todos lados juntas, al cine,
a misa, a la confitería y tantas veces salíamos vestidas
iguales sin preguntarnos lo que nos íbamos a poner. A los 15 años
no nos dejaban salir a ningún lado si no era con nuestros padres.
Pero yo le decía a mi madre que iba un rato a la puerta, algo que
para los padres era horrible porque era como que uno estaba buscando algo.
Mi amiga vivía a la vuelta de casa y nos encontrábamos en
la esquina con los chicos que nos gustaban, hablábamos un rato,
nos tratábamos de usted y corríamos de vuelta a casa para
que no nos retaran", confiesa con cierto aire de picardía.
Entre sus recuerdos favoritos, encabezan la lista las imágenes
de sus salidas en Claromecó, postales tradicionales que comparten
generaciones enteras de tresarroyenses en sus años adolescentes.
"Siempre nos juntábamos la barra de acá en Claromecó,
te estoy hablando de 60 años atrás, íbamos a bailar
y las madres iban con nosotros. Después caminábamos por
la playa, los chicos y las chicas abrazados, cantando, bailando y tres
o cuatro madres iban con las linternas atrás. Lo disfrutábamos
mucho", rememora con cierta nostalgia porque añora aquellas
relaciones distintas de un tiempo donde primaba otro concepto de compañerismo
entre hombres y mujeres. "A nosotros no nos unía tanto el
colegio sino el barrio. Y éramos amigos los chicos con las chicas,
pero amigos de verdad, no nos veíamos para conquistarnos".
A pesar de los que afirman que las verdaderas amistades se originan en
la infancia, Lía admite que las relaciones más estrechas
las cultivó de grande, con gente a quien eligió para transitar
a su lado un trayecto de la vida. "Mis amigas son las que he conocido
de grande. Estoy en muchas comisiones y en cada una he tenido afinidad
con gente que integra la comisión. Teniendo cerca de 60 años
y hacernos amigas pero muy íntimas, no tener dudas de ninguna manera
y saber que sos fiel a cualquier cosa. Somos cuatro mujeres muy amigas,
no entre ellas sino con cada una, amigas de pasarla bien, de salir de
viaje y no entorpecernos".
Y dentro de estas amistades se reserva un espacio para nombrar a la mujer
que es su compañía más íntima y autorizada
durante estos años, ya que juntas van hilando una larga historia
en común que las ha mimetizado de manera sorprendente.
"Tengo una muy amiga mía que nos llevamos re bien, tiene diez
años más que yo y salimos a todos lados juntas, a tomar
café, un copetín, no nos perdemos una cena, bailamos, nos
divertimos y la pasamos regio", cuenta.
Sus expresiones, los gestos, su sonrisa, su casa que es fiel testigo de
reuniones y charlas bien condimentadas, todo denota que ella se divierte
junto a sus amigas. Es que vivió con ellas los escozores y las
alegrías visibles de cualquier amistad forjada con un respeto y
una necesidad mutua que parecen opacar cualquier posibilidad de conflicto.
"Mis amigas no me ahogan, no hacemos lo mismo que la otra, sabemos
que cada una pensamos diferente pero nos respetamos, porque lo principal
para la convivencia en todo orden es el respeto", asegura con la
certeza de quien sabe que esos vínculos construidos sobre la sutil
estructura del compromiso y la confianza son los que enriquecen y le dan
sentido a la vida.
DANIEL RODRIGUEZ Y SANTIAGO GALANTE
"Solo se trata de pasarla bien con
alguien, de saber que el otro está"
Son pares en términos absolutos. Se sienten amigos
con menos preguntas y escasos planteos acerca de cómo surgió
el lazo que los une. Es que la amistad les vino por primera vez aquel
día que se encontraron en el aula del colegio Manuel Belgrano y
sintieron que eran algo más que compañeros. Veinte años
después, Daniel Rodríguez y Santiago Galante se juntan a
tratar de explicar un sentimiento que resulta inexplicable. Porque los
hombres siempre lo hacen más simple: lejos de las sensiblerías
propias de la mujer y con el mismo afecto se reconocen amigos, casi hermanos,
sin necesidad de estar presentes a cada momento ni llamarse todos los
días para ver qué es de la vida del otro.
Uno se fue hace años a vivir a San Francisco de Bellocq, el otro
se quedó en Tres Arroyos. Ambos formaron familia, tuvieron hijos
y continuaron con aquel vínculo que nació de las andanzas
de chicos.
"Amigos somos desde el año '84, cuando yo empecé el
segundo grado en el Colegio Manuel Belgrano. Ahí nos conocimos
y nunca más nos separamos. Después yo empecé El Nacional
y él El Agropecuario y más tarde yo me pasé al mismo
colegio", cuenta Daniel. La historia de ellos no difiere de la mayoría,
ya que en general las amistades se van forjando entre libros, carpetas
y amonestaciones, como la que se llevaron en la primaria cuando jugaban
a tirar una bolita de plastilina a una puerta de madera, con tan mala
puntería que fue a enredarse justo en el pelo de una compañera
y se lo tuvieron que cortar para sacársela.
Como buenos amigos manejan códigos de conductas y fidelidades sostenidas,
y dejan deslizar tímidamente historias de borracheras con sonrisa
cómplice y sin ahondar en detalles porque están sus mujeres
presentes. Es que a Daniel siempre le gustaba quedarse en la casa de Santiago
cuando iban a bailar y ambos aprovechaban para llegar entonados. "Me
acuerdo una vez que la vieja de Santiago me preguntó que le pasaba,
si estaba descompuesto y él destilaba alcohol", confiesa Daniel
sin disimular la risa. Pero para reivindicarse comentan que sus incursiones
nocturnas eran escasas. "En primer año salíamos juntos
a bailar, yo con mis compañeros del Agropecuario, y después
cuando Daniel se cambió hicimos el mismo grupo. A veces nos tapábamos
las macanas, pero no éramos tampoco de hacer muchas, éramos
bastante tranquilos, a ninguno de los dos nos gustaba salir mucho ni andar
en la joda".
Se alejaron un año, cuando Santiago se fue por un viaje de intercambio
a Estados Unidos y estuvieron sin saber uno del otro. "Nos extrañábamos.
Mientras estaba afuera muchas veces, cuando pasaba algo pensaba ´uy
si estuviera acá´". Pero la distancia no afectó
en nada la relación y el mismo día que pisó nuevamente
el suelo argentino, se enteró que había sido elegido padrino
de Tomás, que venía en camino "En un año no
supimos nada de la vida del otro, sino por comentarios que hacía
mi familia. En noviembre me enteré que la mujer de él estaba
embarazada. Yo llegué el 22 de marzo y el 23 nació Tomás",
cuenta Santiago, confirmando que el vínculo que lo une a su amigo
se multiplicó más allá porque ahora sus familias
comparten sentimientos, entre fines de semana, reuniones y salidas.
Fuera de todo misticismo, la amistad para ellos no esconde muchos secretos,
porque como dicen, se trata solo "de pasarla bien con alguien sin
ningún problema, de saber que el otro está. No somos amigos
por algo especial, sino porque sabemos que ante cualquier cosa que le
pasa a cada uno enseguida estamos ahí". Y en eso que parece
tan simple reside todo el secreto.
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