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CARLOS GARDEL CANTO CINCO VECES EN TRES ARROYOS
Y DEJO UN TENDAL DE RECUERDOS Y ANECDOTAS
Cada día canta mejor
Carlos Gardel cantó cinco veces en Tres Arroyos.
Lo hizo por primera vez en 1918, y por última dos años antes
de su muerte, en 1933. En esas visitas el hombre, que parecía tener
"una lágrima en la garganta", no sólo emocionó
con su voz única e incomparable, sino que también dejó
un tendal de recuerdos y anécdotas. "El Periodista",
en un preciso y nostálgico informe especial, desanda los pasos
dados en nuestra ciudad por el artista que "cada día canta
mejor"
Basta el simple acto que la púa caiga sobre el
surco en que su voz quedó apresada, para que Gardel eternamente
cante cada día mejor. Su voz de oro, criolla, varonil, mezcla de
suavidad y aspereza, su enorme simpatía y esa cara de muchacho
bueno, sonrisa amable y grata, componían el imán que tenía
el tanguero para llegar a lo íntimo, al fondo del alma. Pasaron
71 años del nacimiento del mito más perdurable de la porteñidad
y la figura del "Morocho del Abasto" quedó inmortalizada
para siempre en la memoria popular. Nuestra ciudad detenta el privilegio
de ser testigo y protagonista en cinco ocasiones del arte inigualable
del emperador del tango. "El Zorzal Criollo", como lo bautizaron
los críticos, dejó su huella en Tres Arroyos, perpetua en
el recuerdo que se atesora en innumerables anécdotas que hablan
de su integridad, su calidez humana y un carisma que desplegaba con toda
la fuerza de atracción, como complemento de lo que resultó
consagratorio: la voz única e incomparable del hombre que parecía
tener "una lágrima en la garganta".
En 1918 Carlos Gardel pisó por primera vez la ciudad, en el marco
de una gira que emprendió por el interior del país para
fomentar la venta del disco "Nacional", junto a Razzano y la
orquesta de Roberto Firpo, que estaba en la cumbre de su popularidad.
Se alojaron en el Hotel Vasconia, ubicado en el boulevard Moreno, esquina
Lavalle.
Fue el sábado 21 de septiembre, cuando el dúo "Gardel-Razzano"
debutó ante el público tresarroyense que colmó la
sala del Cine Americano. Su primer tema, "Cantar Eterno", deleitó
hasta la ovación de los espectadores. Al final de su repertorio,
"El Zorzal Criollo" brindó alguno de sus famosos "solos",
como "El pangaré" o "La mariposa", pero no
hay registros que haya cantado algún tango, pese a que el año
anterior ya había grabado "Mi noche triste". El domingo
actuaron a sala llena en matinée, ronda y noche, y posteriormente
hasta el 27 ofrecieron presentaciones nocturnas, excepto la jornada del
23 que tuvo su día de descanso. La noche de despedida fue engalanada
con una actuación más extensa, cerrando con "Ay Aurora",
un tema que ingresó en el alma de sus admiradores y que debieron
repetir dos veces en esa función para satisfacer el pedido del
público.
El espíritu de Gardel rondó en la ciudad las semanas siguientes.
"Ay Aurora, me has echado al abandono", entonaba la muchachada
de entonces en cualquier rincón de Tres Arroyos y con humor se
decía que el intendente municipal estaba por firmar un decreto
prohibiendo la ejecución del tema.
Noches de serenata
El rastro más indeleble de aquella visita fue el encanto que despertó
una noche en algunas mujeres privilegiadas. El lunes 23, el día
de descanso de Gardel, fue agasajado junto a sus músicos por la
muchachada de esos tiempos. Al mediodía degustaron un asado en
la casa de los hermanos Alfredo y Vicente Linares, frente al Club de Pelota
y por la noche fueron invitados por Tito Ulacco y su barra de amigos,
a cenar pavita al asador y un suculento asado. Al promediar la velada,
el cantor junto a Razzano y el guitarrista Ricardo, salieron a brindar
serenatas por las calles de la ciudad, visitando las casas de las muchachas
de las familias más conocidas. Una de las elegidas fue doña
M.E.V. de Serra, que tenía en ese entonces 17 años. Gardel
le interpretó "Cantar Eterno" y Ay Aurora", mientras
ella se deleitaba junto a su madre a través del balcón,
porque no le permitían abrir las ventanas.
Se va la segunda, y la tercera...
La segunda vez que retornó fue en abril de 1922, en compañía
de Razzano, José Ricardo y Guillermo Barbieri que se había
unido al dúo el año anterior. Se alojaron en el hotel "Cuatro
Naciones", ubicado en pleno centro de la ciudad. Esa vez, actuaron
en "El Castilla", un popular café y bar en la tradicional
esquina de 9 de Julio y Colón, que tenía un palco para la
actuación de artistas, por donde habían desfilado figuras
como el payador Luis Acosta García o el intérprete Gregorio
Cicarelli. El dúo se presentó el fin de semana, en una actuación
noctuna el sábado y vermouth y noche el domingo. Entre los intervalos
de la función, el cantor aceptó la invitación de
Ignacio Videla, Dionisio y Gregorio Araujo, para sentarse a su mesa a
tomar anís.
Dos años más tarde, del 22 al 25 de mayo, "Los Gardel-Razzano",
como anunciaban las crónicas, se presentaron nuevamente en el Cine
Americano. En esa oportunidad, junto a sus músicos se alojó
en el Hotel París, situado en la esquina de 9 de Julio y 25 de
Mayo. Poco mencionan sobre él las crónicas de la época,
aunque se sabe que "El sol del 25" fue interpretado en homenaje
al Día de la Revolución.
Genio y figura
Cuando Gardel regresa por cuarta vez a Tres Arroyos ya era una figura
consagrada en Europa. Había retornado en junio del año anterior
de su gira por el Viejo Continente donde logró conquistar el fervor
de multitudes con su increíble voz de pájaro cantor.
Para el viernes 21 de febrero de 1930, el desaparecido diario "La
Provincia" anunciaba en sus páginas el programa de la jornada:
"Cine Americano: Ronda a las 18 hs. 'Don Juanito poca cosa', en 6
actos, con Harry Langdon; 'Bandido por amor', en 7 actos por Hoot Gibson.
En la sección nocturna se reprisarán las cintas de la ronda
complementando la función el cantor nacional Carlos Gardel acompañado
de los guitarristas Barbieri y Aguilar".
La máxima expresión del tango llegó ese viernes junto
a sus músicos, en el clásico tren de las once y se hospedó
en el hotel City, en 25 de Mayo y Lavalle. En el anecdotario popular,
cuentan que haciendo honor a su fama de burrero le encargó a uno
de los mozos del hotel que le jugara a los pingos Pilluelo y Moussol,
participantes de la quinta y novena carrera de Palermo del domingo 23.
Le entregó veinte pesos para jugarlos todo a Pilluelo y si ganaba,
todo el importe a Moussol en el siguiente. Efectivamente triunfó
como había predicho, aunque Gardel no supo que su dinero nunca
llegó a la mesa de apuestas ya que se "extravió en
los bolsillos de aquel mozo del buffet".
"El Zorzal" actuó el viernes y el lunes a la noche, mientras
que el fin de semana lo hizo en ronda y noche. En esa época, Gardel
era el único que llenaba la sala del Americano que tenía
cerca de 900 plateas. Cantaba sin micrófono, pero su voz llegaba
hasta los más recónditos rincones. El público que
no había conseguido localidades, se apiñaba en la entrada
del cine y fue "El Zorzal" quien pidió a la empresa que
abriera sus puertas para que la gente del hall pudiera deleitarse con
el espectáculo. Cada actuación era un desborde total. Así
lo recordó alguna vez Oscar Betbeder, que estuvo presente en la
función del domingo. "La sala estaba de bote a bote y en el
intervalo de la película se abrió el telón y los
guitarristas sentados en su silla hicieron un saludo inclinando la cabeza.
Mientras hacían un fondo musical, ingresó Gardel con su
smoking impecable y luego de saludar al público se sentó
en la silla que estaba algo más adelante y tomando la guitarra
inició su actuación con el vals 'Rosas de Otoño'".
La despedida
La quinta y última vez que Gardel estuvo en Tres Arroyos fue dos
años antes de su muerte. Llegó el 24 de mayo de 1933, en
tren desde Coronel Dorrego donde había actuado la noche anterior.
En la edición de ese día en el desaparecido diario "La
Comuna" la crónica indicaba que "su fama es universal,
pues los públicos de París y Madrid se han encargado de
darle, después de haberlo hecho nosotros, el diploma de artista
del tango". Después de la función, en el diario local
resaltaban la voz privilegiada de "ese tango que al ser vocalizado
con la maestría con que lo hace se va deshojando en una amargura
que emociona".
En su última audición, se despediría del público
tresarroyense antes de partir hacia Europa para pasear por las grandes
capitales la armonía sublimada del tango argentino. Nadie sospechaba
que ese adiós sería para siempre.
De sobretodo gris, pañuelo cubriéndole la garganta y sombrero
impecable, partió desde la estación del ferrocarril el viernes
26 de mayo y ya nunca regresaría. Antes que el tren comenzara a
andar, echó mano al bolsillo y desde las ventanillas arrojó
un puñado de monedas para cuatro o cinco canillitas que esperaban
el arribo de los trenes. Antonio Yitani era uno de ellos y guardó
esa moneda para siempre como un tesoro preciado.
Aquel Gardel de 1933, fue el que persistió en la memoria vernácula.
Ese que había triunfado en París, el que había realizado
sus primeras películas sonoras, el consagrado de voz proverbial,
el que creía que su fama no era suya, sino de su país y
de su pueblo. El mismo decía que "a quien aplaude el público
no es a Carlos Gardel; es al arte popular nuestro que, por una casualidad
feliz, me ha tocado interpretar a mí, lo mismo que hubiera podido
hacerlo cualquier otro cantor americano... Yo soy nadie. Es el tango que
triunfa".
Como todo el mundo los tresarroyenses se conmovieron dos años después,
cuando "El Zorzal" cerró
sus ojos súbitamente en Medellín el 24 de junio de 1935,
para ingresar al panteón de los mitos nacionales. Desde entonces
su presencia fue tan viva, que su ausencia física parece siempre
la de un corto viaje cuyo regreso se espera. Su vida estaba destinada
a la perpetuidad en los recuerdos, en la melancolía de algún
tango, libre de olvidos y exento de silencio.
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LA NOTICIA EN LA PIZARRA DE LOS DIARIOS
La muerte del hombre, el nacimiento del mito
Cuando las llamas colorearon el pálido cielo
de junio, allá en Medellín, los hombres lloraron la
muerte de un cantor excepcional. Fue el día que por un instante
calló el zorzal, para renacer al minuto siguiente como el
más perdurable mito del alma porteña. El mundo recibió
con incredulidad primero y profunda tristeza después, la
noticia de la muerte de Gardel.
Alrededor de las 18 horas del 24 de junio de 1935, dos bombas de
estruendo tronaron en la ciudad. Era el clásico recurso que
"La Voz del Pueblo" utilizaba para anunciar que en sus
vidrieras había noticias urgentes. El desaparecido diario
"La Hora" también lo había mencionado en
sus pizarras, y en la edición vespertina que salió
a la calle a las 19 horas, publicó en su última página
un trascendido de último momento: "Habría muerto
Carlos Gardel".
El doctor Ricardo Fernández no pudo olvidar ese momento,
y lo relató a su hijo quien lo consignó en su investigación.
Estaban trabajando con su viejo amigo Blas Altieri en el estudio
Gatti. A la vuelta, por calle Independencia -hoy Hipólito
Yrigoyen- estaba emplazada la redacción del diario "La
Hora". Casi al promediar su jornada laboral alguien asomó
su cabeza en el estudio y les comunicó la noticia: "Che,
se mató Gardel". Pensaron que era una broma de mal gusto
pero el mensajero les retrucó molesto: "Si no me creen
vayan a ver la pizarra". Incrédulos aún, dieron
la vuelta para comprobarlo. En la pizarra, en forma escueta, escrito
a tiza decía: "En Colombia, en un accidente aéreo
se mató Carlos Gardel. Confirmado". La tristeza se apoderó
de la ciudad que había acunado el privilegio de conocer de
cerca el alma del emperador del tango.
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El día que Gardel hizo saltar la banca
local
La presencia del cantor imprimió una profunda
huella en la ciudad. Su paso había dejado una estela de admiradores
de su arte, que el jueves 8 de octubre de 1931 llenó la sala
en ronda y noche del Cine Tortoni para presenciar el estreno de
la película "Las luces de Buenos Aires", que se
presentó oficialmente en la capital de la república
el 23 de septiembre de ese mismo año. Ese film fue el que
puso en aprietos a la banca de la quiniela clandestina. En una de
las escenas, Gardel buscando a la Negra Bozán, que junto
con Gloria Guzmán y unos bacanes suben a un taxi, escucha
la indicación al chofer: "Pampa 57". El cantor
camina por la calle recordando como una obsesión: "Pampa
y 57... 57... 57". No fue casual que al otro día, los
habituados a apostar a la Nacional de los viernes, le pusieran un
peso a la cabeza o a los premios. La noche del 9, el 8657 salió
a la cabeza de la Nacional. Trascendió en el anecdotario
popular, que los quinieleros tuvieron que firmar documentos para
salir del paso ante los que habían apostado fuerte. Fue el
día que el mito de Gardel hizo saltar la banca en la ciudad.
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MENSAJERO DE SALUDOS FAMILIARES
Una anécdota que lo pinta de cuerpo entero
"El Morocho del Abasto" es un milagro
de persistencia en la memoria. No solo porque cada día cante
mejor, sino por su nobleza espiritual, su integridad y la coherencia
que en su vida supo guardar entre el personaje y la persona. Quizás
sea ese el más poderoso motivo para que penetrara en la hondura
del afecto popular. Su sencilla y cordial manera de ser moldearon
su personalidad hasta situarse en planos de admiración y
gratitud. Una anécdota de su última presentación,
en mayo de 1933, es portadora de esta virtud reconocida en su historia.
A las seis de la tarde del día 24, un hombre muy bien vestido
descendió de un coche de plaza, en Brandsen al 500. Llamó
a la puerta y salió a atender Juan Magnin, un hombre serio
y cordial que en ese entonces tenía unos 70 años.
El que había golpeado a su puerta se presentó: "Yo
soy Carlos Gardel y traigo saludos de sus familiares de Francia".
Durante su última estadía en Niza, Gardel se había
topado con un admirador que se acercó a saludarlo y después
de charlar un rato, le solicitó que si alguna vez regresaba
a Tres Arroyos, saludara a sus familiares a quienes no veía
hace muchos años. Y ahí estaba Gardel cumpliendo con
el pedido en el que había comprometido su palabra. Cuentan
que en la mañana del 25, don Juan Magnin concurrió
como lo hacía habitualmente al Club de Pelota. Sus amigos
lo invitaron a quedarse para el asado de la fecha patria pero él
respondió ante la mirada incrédula de sus compañeros:
"No muchachos, hoy no puedo. Tengo invitado a almorzar a Carlos
Gardel".
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Agradecimiento
Admirador y estudioso incansable de la vida
de Carlos Gardel, Ricardo Fernández fue el autor de una exhaustiva
investigación acerca de la presencia de "El Zorzal Criollo"
en nuestras tierras. Recopiló anécdotas, información
histórica y testimonios de una riqueza invalorable para recrear
rigurosamente cada paso de la estadía en Tres Arroyos de
la máxima expresión del tango. Su trabajo fue reconocido
y elogiado por Luis Angel Formento, un experto gardeliano que difundía
desde Radio Rivadavia las facetas que contribuyeron a la historia
del mito. Fernández fue quien amablemente aportó los
datos para efectuar este artículo de "El Periodista".
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