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A 60 AÑOS DEL FIN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL,
EL RECUERDO DE DOS SOBREVIVIENTES TRESARROYENSES
Recuerdos del infierno
En 2005 se cumplieron 60 años del fin de la Segunda
Guerra Mundial. Seis décadas después, los entonces protagonistas
no logran olvidar el horror y recrean el espanto como si lo que pasó
hubiese sucedido ayer. En Tres Arroyos conviven una quincena de ex combatientes.
Dos de ellos, con lágrimas en los ojos y ante "El Periodista",
aceptaron revivir los cruentos días que pasaron en el frente de
batalla durante la máxima contienda bélica de la historia
contemporánea. Sus relatos hielan la sangre y erizan la piel. Exclusivo
VENTURINO COLANTONIO COMBATIO EN AFRICA
"Cuando me fui, mis compañeros lloraban,
ellos están allá todavía, pobrecitos"
Los recuerdos queman en el alma como las esquirlas de
la guerra. Pasaron ya sesenta años y el dolor está presente
como si fuera hoy, se desliza en esas lágrimas que empañan
un relato triste, tan triste que hasta escucharlo se hace difícil.
"Tengo 83 años y la memoria como si fuera ayer. Me acuerdo
todo... todo el sufrimiento", se presentó Venturino Colantonio
con ganas de contar sus vivencias a quien esté dispuesto a convertirse
en aliado en la batalla contra la apatía y el olvido.
A este italiano sobreviviente del horror, la Segunda Guerra Mundial lo
encontró en Carponetto Sinelli, el pueblo donde había nacido,
en la provincia de Chieti. Tenía tan solo 19 años cuando
lo convocaron para integrar el ejército del rey y debió
irse del campo a la guerra como lo hizo dos años antes su hermano
mayor. "Nací en septiembre de 1921, la guerra empezó
en septiembre de 1939 y el 13 de enero del ´41 me llamaron al servicio
militar obligatorio. Estuvimos enero y febrero entrenando y el 3 de marzo
nos embarcaron. A mí me tocó el frente de Africa, pero a
la clase 22 le tocó Rusia. Hay muchos que se han perdido, no se
sabe si están vivos o muertos, pobrecitos", contó mientras
enjuaga las lágrimas que pueblan su mirada, una mirada que no oculta
ni por un instante las heridas marcadas a fuego en su corazón.
Internas de la muerte
A Venturino le tocó integrar una división formada por doce
regimientos que estaban a las órdenes del general Bástico.
En el mismo frente peleaban sus aliados, las divisiones alemanas dirigidas
por el general Rommel. El propio ejército italiano estaba fraccionado:
uno era del rey, integrado por quienes tenían la obligación
de pelear por la patria y otros eran voluntarios seguidores del líder
fascista, que dentro de la guerra contaban con ciertos privilegios. "A
veces nos peleábamos porque los voluntarios hacían guardias
de prisioneros y no iban al frente, ahí nos mandaban a nosotros".
Las pugnas internas ligadas al poder se traducían en muerte en
el frente de batalla. "Nosotros en la última avanzada que
hicimos, teníamos armamentos falsos. Todas las bombas las había
mandado Humberto, el hijo del rey, para hacer perder la guerra porque
no querían que Mussolini siguiera como gobernador. Mussolini quería
siempre más poder, había tomado Etiopía sin ningún
soldado del rey, todos voluntarios, por eso era la pica que tenían.
Es que el señor Mussolini era patrón del mundo entero",
opinó con la autoridad de quien fue partícipe de aquellos
años de horror.
La ofensiva más terrible
"Han pasado tantas cosas", deslizó Venturino mientras
seca sus lágrimas para seguir con un testimonio difícil
de contar y escuchar, pero más difícil aún de comprender.
Nadie que nunca vio el espanto tan de cerca puede sentir como él.
Cuenta que en el frente africano le tocó una de las ofensivas más
terribles de la guerra: la del puerto de Tobruk, donde murieron miles
de soldados alemanes e italianos que finalmente cayeron vencidos.
"A veces estábamos veinte o treinta días en el frente
y después volvíamos para atrás quince días.
Siempre le decíamos a un sargento que no queríamos ir a
morir allá. Un compañero me pidió que le tirara una
piedra arriba de un brazo para así se le quebraba y se podía
volver, es que había gente desesperada", relata con la voz
quebrada las vivencias de la peor batalla que jamás pudo fundir
en sus recuerdos. "¿Sabe lo que pasa?. Usted tiene que pensar
una cosa: son muchachos de 20, 21 años, hubo mucha gente que se
mataba. Me acuerdo de un muchacho, todo el entrenamiento estuvo siempre
llorando y el primer día que llegamos al frente murió el
pobre. Para ver donde había quedado una bomba levantó la
cabeza y justo una esquirla le pegó y se murió".
Es esa una de las tantas anécdotas del horror, como la de aquel
camión que transportaba bombas con las espoletas armadas cuando
no debían estarlo. "Tenían que estar desarmadas, vino
una bomba y explotó el camión y se prendió todo fuego.
Fue un desastre esa noche", dijo e hizo una pausa para seguir. "Desastre"
es la palabra que se cuela en todo el relato, que pronuncia en presente
porque lo siente como si fuera hoy. "Una vez vino un combate aéreo
y hubo un muchacho que se quedó mudo, asustado, sin palabras, no
pudo hablar más. Tenía un compañero que se quedó
sin las piernas por una esquirla. De noche nos quedábamos a veces
sin material, sin cañones, sin nada, era terrible. Es que la guerra
fue así, te largan una bomba y hacen desastres".
La falta de provisiones fue otra de las secuelas que quedaron marcadas
a fuego en sus memorias de la guerra. "Casi no comíamos, nos
daban carne en conserva que son muy saladas y a veces no teníamos
agua para tomar, porque el agua venía de afuera con los camiones
que a veces no llegaban. La carne en conserva recién la comíamos
a la tardecita que hacía mucho frío porque de día
hacía 40º de calor y no teníamos agua". En esta
situación desesperante, cualquier recurso servía para mitigar
la sed y el hambre y los propios compañeros tenían que adoptar
medidas drásticas para sobrevivir en el frente. "A veces teníamos
que estar un día o dos con medio litro de agua y había que
cuidarla porque por ahí el camión al otro día no
venía porque se perdía en el desierto. Teníamos que
envenenar el agua de los radiadores del motor de los camiones porque sino
los soldados se la tomaban y después teníamos que salir
y no podíamos. A veces los soldados desesperados orinaban y se
tomaban el orín, eso era un desastre".
Retorna la paz
Fue a fines del 42´, cuando Venturino tuvo la oportunidad de salir
del frente. Mussolini había dictado una ley que otorgaba una licencia
de un mes a los soldados que quisieran casarse. Muchos adoptaban ese recurso
para dejar la guerra aunque más no sea por unos días. "Tenía
novia, nos escribíamos. Si yo moría ella no cobraba nada,
si nos esposábamos ella podía cobrar. Para salir de ahí
muchos se casaban para que el gobierno después le pagara a la viuda.
Es triste, sabía que me casaba, ella se quedaba a vivir con su
madre y yo volvía a la guerra".
El día que salió del frente quedó sellado en su memoria.
Fue el momento que vio por última vez el rostro de sus compañeros.
"Me dieron la licencia y me venía en el camión de reparto.
Les dije a los tenientes que me iba a ir y ellos y mis compañeros
lloraban. Fue una cosa triste, ellos están allá todavía,
pobrecitos", contó en tiempo presente como si la guerra aún
estuviera vigente sesenta años después.
Un país sin guerra
Fue la última vez que le tocó vivir de cerca la muerte.
Ya no tuvo que regresar al horror. En el ´43, Italia firmó
el armisticio y el pueblo quedó desarmado a merced de los alemanes.
La devastación había terminado pero el miedo no se esfumó
jamás y Venturino, como tantos otros italianos, decidió
dejar la patria ante el temor latente de un nuevo conflicto.
Nuestro país se presentó como su único destino y
el 4 de diciembre del 49´ desembarcó en Buenos Aires. Su
tío Donato D´Annunzio, que vivía en González
Chaves, lo había mandado a buscar. Era la única forma de
salir de Italia después de la guerra. "Antes uno sacaba el
pasaporte y venía, después de la guerra se necesitaba el
acta de llamada. Era la época de Perón acá, entonces
el gobierno le pagaba a la persona que llamaba a otra con la condición
de votarlo".
Pero había sido un motivo más profundo el que lo trajo hasta
Argentina. Las secuelas del horror vivido lo habían convencido
que en un país formado por un crisol de razas, jamás podía
entrar en guerra con sangres hermanas. "Analizo todo y para venir
acá, vi que la Argentina era un país formado por extranjeros.
Entonces, al haber extranjeros, no podía haber nunca una guerra
porque entre hermanos no se pueden pelear, si señor, pensé
eso...y vino la guerra de Malvinas", grafica como una evidencia más
que lo irracional no cabe en ninguna lógica.
Volver a nacer
Cargando sobre sus espaldas una historia que todavía lo vulnera,
tuvo la fortaleza suficiente para reconstruir y empezar de nuevo en otra
tierra. Regresó a Italia una sola vez, en el 78´, y ansía
volver este año a reencontrarse con sus afectos.
Desde la paz de su hogar y a la distancia del tiempo, hoy puede mirar
atrás y analizar el pasado con el mismo realismo del presente.
Sabe que fue protagonista de la vivencia más cruda de la historia
del mundo y sin embargo, a pesar que lo rodeó la muerte, la vida
estuvo de su lado y lo invitó a seguir su curso. "Fue duro
pero pasó...la vida sigue. Ahora en septiembre voy a cumplir 84
años y si Dios quiere voy a vivir unos años más",
terminó diciendo este italiano que volvió a nacer después
del horror.
A SETTIMIO D´ANNUNZIO LO SALVO EL ARMISTICIO
"Un día se iba un hermano a la guerra y
otro día otro, no sabíamos si iban a volver"
"Tanto tiempo pasó y se me pone la piel de
gallina contar lo que vivimos", sostuvo conmovido Settimio D´Annunzio.
Como a todos los que palparon la muerte de cerca, lo vulneran los recuerdos.
Es otro italiano sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial que carga
desde hace sesenta años las peores vivencias en el alma.
El menor de ocho hermanos, seis varones y dos mujeres, nació en
Abruzzi, en la provincia de Chieti. Siguiendo las costumbres de las familias
campesinas, empezó a trabajar la tierra desde pequeño junto
a su padre. La guerra lo sorprendió de golpe cuando tenía
13 años. Tuvo que ser testigo de la partida de cada uno de sus
hermanos que obligados fueron dejando el campo, uno a uno, a medida que
eran convocados para ir a batallar al frente.
En el hogar de los D´Annunzio, pronunciar la palabra guerra era
la síntesis de la angustia y el espanto. Es que la guerra se había
colado en su vida desde mucho antes que estallara. "Mi padre Vicente
había estado prisionero cuatro años en Austria durante la
Primera Guerra Mundial. Entonces cuando se hablaba de guerra en mi casa
Dios me libre, todos teníamos miedo ya con solo nombrarla".
Al primero que le tocó partir fue al mayor Francisco, que lo enviaron
a pelear al frente yugoslavo. Después siguió Arturo hacia
Grecia y Hermindo que lo mandaron a Rusia. Cada adiós era un dolor
consecutivo que se impregnaba en los corazones para no acabarse nunca.
Nadie tenía certeza del retorno y la angustia de sus padres se
palpaba en el ambiente y no era extraño encontrarlos "llorando
como criaturas".
"Cuando mis hermanos se empezaron a ir yo tenía 13 o 14 años
y la pura verdad lo hemos pasado triste, mal. Un día se iba uno
a la guerra y otro día otro y no se sabía si iban a volver".
"Estábamos solos, mi madre y mi padre", dijo y se conmueve
ante el recuerdo, "a veces veía a mi padre trabajando en el
campo con lágrimas en los ojos y yo no quería preguntar
porque sabía que le hacía mal".
La huída
Al poco tiempo Francisco retornó al hogar. Había sido dado
de baja gracias a una ley que postulaba que estando tres hermanos bajo
bandera, el mayor podía salvarse. También regresó
Arturo convaleciente. "Con la nieve de la montaña se congeló
el pie y lo mandaron para atrás. Estuvo enfermo y cuando se curó
tuvo que volver".
A Settimio recién lo convocaron en el ´43. Tenía en
ese entonces 19 años. No alcanzó a llegar al frente porque
un mes después Italia firmaba el armisticio. La paz lo encontró
en un regimiento donde estaba aprendiendo las estrategias para salir a
luchar. "Estuve un mes nomás porque vino el armisticio. Ese
día, los oficiales italianos del cuartel no nos dejaban salir.
A las cuatro de la tarde venían los soldados alemanes a llevarnos
prisioneros y a la una nos escapamos". Sin medir riesgos, con sus
compañeros saltaron el corralón y comenzaron a correr por
el campo sin mirar atrás. Se vistieron de civiles para que no los
identificaran y caminaron durante horas hasta llegar a la estación
de tren. El panorama era desolador. Los vagones rebasaban de soldados
que huían, temerosos de caer prisioneros en manos de los que hasta
entonces habían sido aliados. Tuvieron que esperar un tren carguero
que se dirigía hacia la baja Italia y subieron a los techos plagados
de soldados, donde iniciaron su viaje hacia la paz. "Tardé
seis días en llegar a mi casa, fui en tren, caminando, escondiéndome,
esquivando donde estaban los soldados alemanes".
Larga espera
El reencuentro fue uno de los únicos recuerdos lindos de esa época
nefasta. Su hermano Hermindo también como él, había
escapado del cuartel y llegó ocho días después a
casa.
Las secuelas de la guerra no habían terminado para ellos. Perdieron
un cuñado que falleció en una desgraciada maniobra mientras
le enseñaban cómo usar las armas para ir al campo de batalla.
Y no tenían noticias de su hermano Alejandro, que había
caído prisionero en manos de los ingleses. Durante dos años
no supieron si estaba vivo o muerto. Fueron días interminables
de angustia, resignación y creer que no volvería jamás.
Cuando lo cuenta, Settimio se emociona y no puede evitar que sus ojos
se nublen de lágrimas. Solo él y nada más que él
puede saber que se siente al repasar ese tiempo. "Después
de dos años apareció la carta de mi hermano
imagínese
lo que fue", dijo y vuelve a quebrarse.
Hacer la América
La crítica situación de Italia después de la guerra,
llevó a emprender el éxodo a muchos compatriotas que huían
en busca de mejores condiciones de vida. "Allá estábamos
mal, después de la guerra faltaba todo, imagínese que no
había ni sal para las comidas".
Un tío lejano fue quien le habló de América y lo
tentó a acompañarlo. Settimio no lo dudó y llegó
a la Argentina en abril de 1950, cuando tenía 25 años. "Tuve
que empezar de nuevo, vine acá y no tenía plata ni trabajo
y no sabía hablar el idioma. A veces digo que esos años
la pasé peor que en Italia. Me costó mucho adaptarme".
Con el tiempo se casó, formó su familia y tuvo la suerte
de volver a Italia tres veces a conocer a los descendientes de sus hermanos.
Hoy trata de recordar el pasado desde lejos y dice que se emociona cada
vez que menciona las historias de la guerra a sus nietos. Siente que la
vejez es la etapa más feliz de su vida y no puede dejar de agradecer
a Dios la protección de sus seres más queridos, una familia
de sobrevivientes signada por la guerra pero también por la bendita
salvación. "Es triste lo que nos pasó. A veces me pongo
a pensar, la verdad que fue una desgracia. Pero gracias a Dios todos nos
salvamos".
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