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de Tres Arroyos

 

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A Colantonio le tocó integrar en Africa una división formada por doce regimientos que estaban a las órdenes del general Bástico. En el mismo frente peleaban sus aliados, las divisiones alemanas dirigidas por el general Rommel

"Cuando mis hermanos se empezaron a ir yo tenía 13 o 14 años y la pura verdad lo hemos pasado triste, mal. Un día se iba uno a la guerra y otro día otro y no se sabía si iban a volver", recordó D'Annunzio. El primero que partió fue Francisco hacia el frente yugoslavo, le siguieron Arturo a Grecia y Herminio a Rusia

 

 


A 60 AÑOS DEL FIN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL,
EL RECUERDO DE DOS SOBREVIVIENTES TRESARROYENSES

Recuerdos del infierno

En 2005 se cumplieron 60 años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Seis décadas después, los entonces protagonistas no logran olvidar el horror y recrean el espanto como si lo que pasó hubiese sucedido ayer. En Tres Arroyos conviven una quincena de ex combatientes. Dos de ellos, con lágrimas en los ojos y ante "El Periodista", aceptaron revivir los cruentos días que pasaron en el frente de batalla durante la máxima contienda bélica de la historia contemporánea. Sus relatos hielan la sangre y erizan la piel. Exclusivo

VENTURINO COLANTONIO COMBATIO EN AFRICA

"Cuando me fui, mis compañeros lloraban,
ellos están allá todavía, pobrecitos"

Los recuerdos queman en el alma como las esquirlas de la guerra. Pasaron ya sesenta años y el dolor está presente como si fuera hoy, se desliza en esas lágrimas que empañan un relato triste, tan triste que hasta escucharlo se hace difícil. "Tengo 83 años y la memoria como si fuera ayer. Me acuerdo todo... todo el sufrimiento", se presentó Venturino Colantonio con ganas de contar sus vivencias a quien esté dispuesto a convertirse en aliado en la batalla contra la apatía y el olvido.
A este italiano sobreviviente del horror, la Segunda Guerra Mundial lo encontró en Carponetto Sinelli, el pueblo donde había nacido, en la provincia de Chieti. Tenía tan solo 19 años cuando lo convocaron para integrar el ejército del rey y debió irse del campo a la guerra como lo hizo dos años antes su hermano mayor. "Nací en septiembre de 1921, la guerra empezó en septiembre de 1939 y el 13 de enero del ´41 me llamaron al servicio militar obligatorio. Estuvimos enero y febrero entrenando y el 3 de marzo nos embarcaron. A mí me tocó el frente de Africa, pero a la clase 22 le tocó Rusia. Hay muchos que se han perdido, no se sabe si están vivos o muertos, pobrecitos", contó mientras enjuaga las lágrimas que pueblan su mirada, una mirada que no oculta ni por un instante las heridas marcadas a fuego en su corazón.

Internas de la muerte
A Venturino le tocó integrar una división formada por doce regimientos que estaban a las órdenes del general Bástico. En el mismo frente peleaban sus aliados, las divisiones alemanas dirigidas por el general Rommel. El propio ejército italiano estaba fraccionado: uno era del rey, integrado por quienes tenían la obligación de pelear por la patria y otros eran voluntarios seguidores del líder fascista, que dentro de la guerra contaban con ciertos privilegios. "A veces nos peleábamos porque los voluntarios hacían guardias de prisioneros y no iban al frente, ahí nos mandaban a nosotros". Las pugnas internas ligadas al poder se traducían en muerte en el frente de batalla. "Nosotros en la última avanzada que hicimos, teníamos armamentos falsos. Todas las bombas las había mandado Humberto, el hijo del rey, para hacer perder la guerra porque no querían que Mussolini siguiera como gobernador. Mussolini quería siempre más poder, había tomado Etiopía sin ningún soldado del rey, todos voluntarios, por eso era la pica que tenían. Es que el señor Mussolini era patrón del mundo entero", opinó con la autoridad de quien fue partícipe de aquellos años de horror.

La ofensiva más terrible
"Han pasado tantas cosas", deslizó Venturino mientras seca sus lágrimas para seguir con un testimonio difícil de contar y escuchar, pero más difícil aún de comprender. Nadie que nunca vio el espanto tan de cerca puede sentir como él.
Cuenta que en el frente africano le tocó una de las ofensivas más terribles de la guerra: la del puerto de Tobruk, donde murieron miles de soldados alemanes e italianos que finalmente cayeron vencidos.
"A veces estábamos veinte o treinta días en el frente y después volvíamos para atrás quince días. Siempre le decíamos a un sargento que no queríamos ir a morir allá. Un compañero me pidió que le tirara una piedra arriba de un brazo para así se le quebraba y se podía volver, es que había gente desesperada", relata con la voz quebrada las vivencias de la peor batalla que jamás pudo fundir en sus recuerdos. "¿Sabe lo que pasa?. Usted tiene que pensar una cosa: son muchachos de 20, 21 años, hubo mucha gente que se mataba. Me acuerdo de un muchacho, todo el entrenamiento estuvo siempre llorando y el primer día que llegamos al frente murió el pobre. Para ver donde había quedado una bomba levantó la cabeza y justo una esquirla le pegó y se murió".
Es esa una de las tantas anécdotas del horror, como la de aquel camión que transportaba bombas con las espoletas armadas cuando no debían estarlo. "Tenían que estar desarmadas, vino una bomba y explotó el camión y se prendió todo fuego. Fue un desastre esa noche", dijo e hizo una pausa para seguir. "Desastre" es la palabra que se cuela en todo el relato, que pronuncia en presente porque lo siente como si fuera hoy. "Una vez vino un combate aéreo y hubo un muchacho que se quedó mudo, asustado, sin palabras, no pudo hablar más. Tenía un compañero que se quedó sin las piernas por una esquirla. De noche nos quedábamos a veces sin material, sin cañones, sin nada, era terrible. Es que la guerra fue así, te largan una bomba y hacen desastres".
La falta de provisiones fue otra de las secuelas que quedaron marcadas a fuego en sus memorias de la guerra. "Casi no comíamos, nos daban carne en conserva que son muy saladas y a veces no teníamos agua para tomar, porque el agua venía de afuera con los camiones que a veces no llegaban. La carne en conserva recién la comíamos a la tardecita que hacía mucho frío porque de día hacía 40º de calor y no teníamos agua". En esta situación desesperante, cualquier recurso servía para mitigar la sed y el hambre y los propios compañeros tenían que adoptar medidas drásticas para sobrevivir en el frente. "A veces teníamos que estar un día o dos con medio litro de agua y había que cuidarla porque por ahí el camión al otro día no venía porque se perdía en el desierto. Teníamos que envenenar el agua de los radiadores del motor de los camiones porque sino los soldados se la tomaban y después teníamos que salir y no podíamos. A veces los soldados desesperados orinaban y se tomaban el orín, eso era un desastre".

Retorna la paz
Fue a fines del 42´, cuando Venturino tuvo la oportunidad de salir del frente. Mussolini había dictado una ley que otorgaba una licencia de un mes a los soldados que quisieran casarse. Muchos adoptaban ese recurso para dejar la guerra aunque más no sea por unos días. "Tenía novia, nos escribíamos. Si yo moría ella no cobraba nada, si nos esposábamos ella podía cobrar. Para salir de ahí muchos se casaban para que el gobierno después le pagara a la viuda. Es triste, sabía que me casaba, ella se quedaba a vivir con su madre y yo volvía a la guerra".
El día que salió del frente quedó sellado en su memoria. Fue el momento que vio por última vez el rostro de sus compañeros. "Me dieron la licencia y me venía en el camión de reparto. Les dije a los tenientes que me iba a ir y ellos y mis compañeros lloraban. Fue una cosa triste, ellos están allá todavía, pobrecitos", contó en tiempo presente como si la guerra aún estuviera vigente sesenta años después.

Un país sin guerra
Fue la última vez que le tocó vivir de cerca la muerte. Ya no tuvo que regresar al horror. En el ´43, Italia firmó el armisticio y el pueblo quedó desarmado a merced de los alemanes.
La devastación había terminado pero el miedo no se esfumó jamás y Venturino, como tantos otros italianos, decidió dejar la patria ante el temor latente de un nuevo conflicto.
Nuestro país se presentó como su único destino y el 4 de diciembre del 49´ desembarcó en Buenos Aires. Su tío Donato D´Annunzio, que vivía en González Chaves, lo había mandado a buscar. Era la única forma de salir de Italia después de la guerra. "Antes uno sacaba el pasaporte y venía, después de la guerra se necesitaba el acta de llamada. Era la época de Perón acá, entonces el gobierno le pagaba a la persona que llamaba a otra con la condición de votarlo".
Pero había sido un motivo más profundo el que lo trajo hasta Argentina. Las secuelas del horror vivido lo habían convencido que en un país formado por un crisol de razas, jamás podía entrar en guerra con sangres hermanas. "Analizo todo y para venir acá, vi que la Argentina era un país formado por extranjeros. Entonces, al haber extranjeros, no podía haber nunca una guerra porque entre hermanos no se pueden pelear, si señor, pensé eso...y vino la guerra de Malvinas", grafica como una evidencia más que lo irracional no cabe en ninguna lógica.

Volver a nacer
Cargando sobre sus espaldas una historia que todavía lo vulnera, tuvo la fortaleza suficiente para reconstruir y empezar de nuevo en otra tierra. Regresó a Italia una sola vez, en el 78´, y ansía volver este año a reencontrarse con sus afectos.
Desde la paz de su hogar y a la distancia del tiempo, hoy puede mirar atrás y analizar el pasado con el mismo realismo del presente. Sabe que fue protagonista de la vivencia más cruda de la historia del mundo y sin embargo, a pesar que lo rodeó la muerte, la vida estuvo de su lado y lo invitó a seguir su curso. "Fue duro pero pasó...la vida sigue. Ahora en septiembre voy a cumplir 84 años y si Dios quiere voy a vivir unos años más", terminó diciendo este italiano que volvió a nacer después del horror.

A SETTIMIO D´ANNUNZIO LO SALVO EL ARMISTICIO

"Un día se iba un hermano a la guerra y
otro día otro, no sabíamos si iban a volver"

"Tanto tiempo pasó y se me pone la piel de gallina contar lo que vivimos", sostuvo conmovido Settimio D´Annunzio. Como a todos los que palparon la muerte de cerca, lo vulneran los recuerdos. Es otro italiano sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial que carga desde hace sesenta años las peores vivencias en el alma.
El menor de ocho hermanos, seis varones y dos mujeres, nació en Abruzzi, en la provincia de Chieti. Siguiendo las costumbres de las familias campesinas, empezó a trabajar la tierra desde pequeño junto a su padre. La guerra lo sorprendió de golpe cuando tenía 13 años. Tuvo que ser testigo de la partida de cada uno de sus hermanos que obligados fueron dejando el campo, uno a uno, a medida que eran convocados para ir a batallar al frente.
En el hogar de los D´Annunzio, pronunciar la palabra guerra era la síntesis de la angustia y el espanto. Es que la guerra se había colado en su vida desde mucho antes que estallara. "Mi padre Vicente había estado prisionero cuatro años en Austria durante la Primera Guerra Mundial. Entonces cuando se hablaba de guerra en mi casa Dios me libre, todos teníamos miedo ya con solo nombrarla".
Al primero que le tocó partir fue al mayor Francisco, que lo enviaron a pelear al frente yugoslavo. Después siguió Arturo hacia Grecia y Hermindo que lo mandaron a Rusia. Cada adiós era un dolor consecutivo que se impregnaba en los corazones para no acabarse nunca. Nadie tenía certeza del retorno y la angustia de sus padres se palpaba en el ambiente y no era extraño encontrarlos "llorando como criaturas".
"Cuando mis hermanos se empezaron a ir yo tenía 13 o 14 años y la pura verdad lo hemos pasado triste, mal. Un día se iba uno a la guerra y otro día otro y no se sabía si iban a volver".
"Estábamos solos, mi madre y mi padre", dijo y se conmueve ante el recuerdo, "a veces veía a mi padre trabajando en el campo con lágrimas en los ojos y yo no quería preguntar porque sabía que le hacía mal".

La huída
Al poco tiempo Francisco retornó al hogar. Había sido dado de baja gracias a una ley que postulaba que estando tres hermanos bajo bandera, el mayor podía salvarse. También regresó Arturo convaleciente. "Con la nieve de la montaña se congeló el pie y lo mandaron para atrás. Estuvo enfermo y cuando se curó tuvo que volver".
A Settimio recién lo convocaron en el ´43. Tenía en ese entonces 19 años. No alcanzó a llegar al frente porque un mes después Italia firmaba el armisticio. La paz lo encontró en un regimiento donde estaba aprendiendo las estrategias para salir a luchar. "Estuve un mes nomás porque vino el armisticio. Ese día, los oficiales italianos del cuartel no nos dejaban salir. A las cuatro de la tarde venían los soldados alemanes a llevarnos prisioneros y a la una nos escapamos". Sin medir riesgos, con sus compañeros saltaron el corralón y comenzaron a correr por el campo sin mirar atrás. Se vistieron de civiles para que no los identificaran y caminaron durante horas hasta llegar a la estación de tren. El panorama era desolador. Los vagones rebasaban de soldados que huían, temerosos de caer prisioneros en manos de los que hasta entonces habían sido aliados. Tuvieron que esperar un tren carguero que se dirigía hacia la baja Italia y subieron a los techos plagados de soldados, donde iniciaron su viaje hacia la paz. "Tardé seis días en llegar a mi casa, fui en tren, caminando, escondiéndome, esquivando donde estaban los soldados alemanes".

Larga espera
El reencuentro fue uno de los únicos recuerdos lindos de esa época nefasta. Su hermano Hermindo también como él, había escapado del cuartel y llegó ocho días después a casa.
Las secuelas de la guerra no habían terminado para ellos. Perdieron un cuñado que falleció en una desgraciada maniobra mientras le enseñaban cómo usar las armas para ir al campo de batalla. Y no tenían noticias de su hermano Alejandro, que había caído prisionero en manos de los ingleses. Durante dos años no supieron si estaba vivo o muerto. Fueron días interminables de angustia, resignación y creer que no volvería jamás. Cuando lo cuenta, Settimio se emociona y no puede evitar que sus ojos se nublen de lágrimas. Solo él y nada más que él puede saber que se siente al repasar ese tiempo. "Después de dos años apareció la carta de mi hermano…imagínese lo que fue", dijo y vuelve a quebrarse.

Hacer la América
La crítica situación de Italia después de la guerra, llevó a emprender el éxodo a muchos compatriotas que huían en busca de mejores condiciones de vida. "Allá estábamos mal, después de la guerra faltaba todo, imagínese que no había ni sal para las comidas".
Un tío lejano fue quien le habló de América y lo tentó a acompañarlo. Settimio no lo dudó y llegó a la Argentina en abril de 1950, cuando tenía 25 años. "Tuve que empezar de nuevo, vine acá y no tenía plata ni trabajo y no sabía hablar el idioma. A veces digo que esos años la pasé peor que en Italia. Me costó mucho adaptarme".
Con el tiempo se casó, formó su familia y tuvo la suerte de volver a Italia tres veces a conocer a los descendientes de sus hermanos.
Hoy trata de recordar el pasado desde lejos y dice que se emociona cada vez que menciona las historias de la guerra a sus nietos. Siente que la vejez es la etapa más feliz de su vida y no puede dejar de agradecer a Dios la protección de sus seres más queridos, una familia de sobrevivientes signada por la guerra pero también por la bendita salvación. "Es triste lo que nos pasó. A veces me pongo a pensar, la verdad que fue una desgracia. Pero gracias a Dios todos nos salvamos".

 
 
El Periodista de Tres Arroyos.
Tres Arroyos, Pcia. de Buenos Aires, República Argentina