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SE COMERCIALIZAN EN TODO EL PAIS FLORES COMESTIBLES,
HORTALIZAS BEBES Y FRUTAS EXOTICAS PRODUCIDAS EN TRES ARROYOS
Flor de plato
El matrimonio compuesto por Rubén y Cristina Martín
es pionero en la producción y comercialización de flores
comestibles en Argentina. Además, en su quinta de Tres Arroyos,
cultivan frutas exóticas y hortalizas bebés. Todo para satisfacer
una demanda exquisita y engalanar los platos de los cocineros, hoteles
y restaurantes más reconocidos del país. Ahora, en una nueva
etapa, pretenden llegar con sus creaciones a la cocina doméstica.
"El Periodista", que los visitó en la quinta "Santa
Clara", trae todos los detalles y ofrece a sus lectores un "flor
de plato"
La quinta "Santa Clara" posee una belleza envidiable
y recorrer el predio se convierte en un gusto para los sentidos. Porque
en ese espacio la vida está regida por el aire fresco que se matiza
con el color y el perfume primaveral de las violetas, tulipanes, rosas
y jacintos que se esparcen prolijamente en el parque o crecen en hilera
en los invernaderos que las protegen del viento. Este pequeño paraíso
natural es el lugar de trabajo de Rubén Martín y su esposa
Cristina quienes impulsados por su espíritu inquieto, dieron vida
a un emprendimiento a gran escala único en el país: la producción
de flores comestibles, verduras y frutas exóticas, además
de hortalizas "babys" que se transformaron en una especialidad
de la casa.
El desafío comenzó hace quince años de manera casual.
Por ese entonces y con infinita paciencia, Cristina dedicaba sus ratos
libres a cultivar hortalizas y flores, una pasión que escondía
un único secreto que no tardó en develar: "el amor
a las plantas, el cuidado, la protección y estar siempre presente".
Fue este sentimiento la fórmula para el éxito. Porque, conociendo
las costumbres europeas de implementar flores en sus platos, un día
se decidió a llamar a Francis Mallmann, que en aquel tiempo, junto
al "Gato" Dumas, era uno de los cocineros más prestigiosos
del país. Y esto no fue un dato menor para la historia que siguió.
"Hace quince años no había más que dos cocineros
en Argentina. Un día llamé a Mallmann y me pidió
una muestra. Es un hombre con un gran olfato y es como que siempre ve
en perspectiva", contó Cristina sobre su primer cliente, quien
fue el puntapié inicial para expandir la actividad a gran escala.
Aquel ensayo se convirtió así en un emprendimiento productivo
único en la Argentina, y hoy crecen y se multiplican en el parque
más de 80 especies de flores comestibles, minihortalizas, verduras
y frutas exóticas que demandan hoteles, restaurantes, empresas
de catering y cocineros particulares.
Una tendencia culinaria que crece
Quien piense que cocinar con flores es algo novedoso
o extravagante no tiene más que bucear en la historia milenaria
de los griegos, persas, árabes y romanos que desde tiempos remotos
las usaban en la cocina junto a las hierbas y las especias. Los italianos,
durante la escasez de alimentos que se produjo en la Segunda Guerra Mundial,
fueron los que descubrieron las flores de zapallitos o zucchini e inventaron
con aquella especie dos platos clásicos: flores de zapallo rellenas
y "fior di zucchini". El uso culinario de las flores se fue
extendiendo en el mundo, ya que cada variedad aporta matices de frescura
y sabores inusuales dando un color que ningún otro componente puede
dar.
En la Argentina, de a poco se incursiona en la incorporación de
flores a la gastronomía, ya no como elementos vistosos y decorativos
sino como ingredientes compatibles con el plato, a pesar de algunas resistencias
que aún se manifiestan entre comensales y cocineros. Sin embargo
cada vez son más los restaurantes que se animan a ofrecerlas en
sus cartas: violetas, crisantemos y todas las flores de las hierbas aromáticas
que alcanzan su esplendor en la primavera, son algunas de las especies
que van entrando en las cocinas. "Los pensamientos y las violetas
se comen enteros y son muy utilizadas. La caléndula es riquísima
y también piden mucho crisantemos y rosas. Me contaba una cocinera
de un hotel con el que trabajamos hace doce años, que recién
hace dos años las flores se están comiendo en nuestro país.
Es que todavía no se ha extendido mucho la costumbre de usarla
como ingrediente y más que nada se usa como decoración",
contó Cristina, quien mucho tuvo que ver, junto a su marido, en
la incorporación de estas nuevas tendencias, investigando recetas
y procurando que los cocineros las experimenten "Por ejemplo, teníamos
un cocinero que nos compraba, que se llama Pablo Massei, y le di una flor
de borraja para que la probara porque él es muy innovador. Empecé
a estudiar y a buscar porque quería que se impusiera esta moda
y estamos atentos para tratar de encontrar nuevas alternativas. Hoy es
más fácil que hace quince años porque los cocineros
las aceptan y prueban cosas nuevas", afirmó. Y en estas flamantes
preferencias una de las misiones que se han impuesto los Martín
es luchar contra el prejuicio de quien las considera una costumbre exótica,
porque aspiran a imponer el uso de las flores en la cocina doméstica.
"Vas al mercado, comprás lechuga, la aderezás y vas
al jardín y buscás caléndulas, rosas o pensamientos
y lo ponés arriba de la ensalada ya aderezada -porque el vinagre
las estropea- y así podés transformar la ensalada diaria
en un plato elegante", dijo Cristina, aunque aclaró que si
se busca un destino culinario, las flores tienen que ser netamente naturales
y la producción no debe contener ningún producto químico.
Trabajo arduo y afecto natural
El cuidado que los dueños de casa le prodigan
a las plantas se percibe en cada rincón del parque. Y hasta se
exhibe ese sentimiento en un cartel apostado en la entrada a los invernaderos,
donde el hada de las lilas pregona que "las flores son un canto de
alabanza a Dios". Sobre esta premisa se asienta la actividad que
llevan adelante los Martín junto a sus empleados, que aprendieron
a la par de ellos los secretos de la producción, basados fundamentalmente
en un trabajo arduo, responsable y en un afecto especial por la naturaleza.
"Cuando uno tiene en sus manos el trabajo, y lo cuidás y lo
hacés perfecto, tratando de hacer lo mejor posible, entonces las
oportunidades empiezan a salir solas, más cuando el producto es
bueno, es orgánico y no hace daño a la salud. El nivel de
exigencia y perfección que exigen los compradores es absoluto y
acá se lo podemos dar. Por ejemplo, los chicos sacan los pétalos
uno por uno y los van seleccionando, poniendo todo de sí para que
las cosas salgan bien, y por eso yo valorizo mucho a la gente que trabaja
con nosotros", reconoció la productora, sabiendo que la paciencia
y la dedicación de su gente es una de las claves que les ha permitido
el crecimiento.
En los invernaderos que se erigen en el jardín se puede encontrar
de todo: desde espinacas "babys", zanahorias en miniatura, minicoliflores,
puerros, jacintos, tulipanes, crisantemos, hasta verdolaga de invierno,
"la verdura más bonita que hay en el mundo", dijo Cristina,
señalando una planta de hojas acorazonadas en cuyo centro, antes
de morir, brota un ramillete de flores diminutas que se comen en ensalada.
Pero quizás una de las preferencias más usuales a la hora
de aportar un gusto delicado a las comidas, sean las rosas. Los pétalos
se cosechan con los primeros rayos del sol, después del rocío
de la mañana. Es cuando las plantas están en su mejor hora
y entonces hay que seleccionar los pétalos más sanos para
satisfacer las demandas de un mercado exigente. Después se preparan
los pedidos en cajas plásticas o en canastos que se cubren con
nylon microperforado que se pueden conservar en heladera durante un buen
tiempo. Una vez envasados, se despachan a los centros de compra ubicados
en lugares dispares de la Argentina. Es que los productos de la firma
Rubén y Cristina Martín, ya se han posicionado en el mercado
de manera tal que no necesitan promoción, porque son los propios
clientes los que se ponen en contacto para solicitar las variedades exóticas.
"Cuando empezamos los cocineros eran más egoístas y
pedían exclusividad. Ahora son ellos los que se pasan el dato ya
que saben que el producto llega a cualquier lado pero el que hace del
producto una belleza es el propio cocinero y su invención. La tendencia
se expande ya que son los cocineros los que rotan su lugar de trabajo,
van a hacer temporada a los centros invernales y de verano y el producto
es el que viaja con ellos".
Si bien la producción de flores comestibles se transformó
en un negocio rentable, el trabajo es muy intenso, si se tiene en cuenta
que se basa exclusivamente en el cuidado personal que se prodiga diariamente
a cada planta. "Una de las cosas que no nos juega a favor son las
distancias con los centros de comercialización, y además
el hecho de que insume mucha mano de obra porque es todo a base de mano
humana. Esto tiene sus costos, uno no tiene tiempo de descanso porque
trabajamos a la par de la gente que nos ayuda".
No obstante, los Martín saben que este sacrificio vale la pena.
"Cuando me desperté hoy, pensaba qué bueno es Dios
conmigo, que me permite salir a estar en contacto con lo bello permanentemente",
resume Cristina como uno de los placeres más preciados. Porque
su trabajo es la fuente de las satisfacciones que renacen cada mañana
cuando al despertar, afuera los espera aquel pequeño paraíso
que les ofrece como regalo a sus sentidos el olor suave de las rosas perfumadas,
el color blanco pastel de las margaritas y la fragancia natural de aquel
espacio verde que no deja de cautivarlos.
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