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A VEINTE AÑOS DE SU MUERTE,
EL RECUERDO DE ROBERTO EDUARDO CASSINA, EL PINTOR DE FLORES
El jardinero fiel
Artista plástico, creó en lienzos su propio
jardín. Se especializó en flores, y las transformó
en cuadros: mosquetas, narcisos y anémonas; rosas, tulipanes, malvones
y dalias rojas. Su proficua producción de obras, accesible a todo
público, y el culto que hacía de la amistad, lo transformaron
en un personaje popular. Sin embargo murió olvidado, el 5 de mayo
de 1986. A dos décadas de su desaparición física,
"El Periodista" rinde homenaje a Roberto Eduardo Cassina, el
pintor que se "floreó" con su arte
Mosquetas, narcisos y anémonas, rosas que despliegan
sus tonos vivos, tulipanes, malvones, dalias rojas puntean con su colorido
los arriates verdes. Roberto Eduardo Cassina creó con un pincel
su propio jardín, un paraíso de plantas concebido en un
espacio pictórico. Con su mirada puesta de antemano en el lienzo,
esbozó la intensidad de la naturaleza hasta eternizar su pasión
por las flores en un centenar de obras que quedaron para siempre como
fiel testimonio de su arte.
El pintor tresarroyense consagró su vida casi exclusivamente a
la actividad artística y a mostrar su sentir mediante los trazos
de un pincel. Su pintura se caracterizó por un estilo figurativo
con aires de impresionismo. Si bien no exploró el arte de manera
revolucionaria, se consagró en la virtud de arriesgarse a vivir
de aquello que lo apasionaba: retratar la esencia de las flores y transmitir
a través de la docencia su medio de expresión.
Su trayectoria e itinerario formativo se asemejan al de muchos de sus
contemporáneos que hicieron del paisaje la materia prima de su
arte. Empezó a incursionar en el dibujo y la pintura cuando tenía
doce años. Poseía un don natural y acompañó
su incipiente inquietud con el deseo de perfeccionarse. El artista José
Lanfranchi le reveló los secretos de la forma y el color. El pintor
italiano se había instalado en los años veinte en Tres Arroyos
y fundó la primera Escuela de Bellas Artes de la ciudad en un taller
frente a la plaza España. Allí ingresó Cassina en
1926 y junto a un grupo de 40 alumnos empezó su formación
profesional guiado por los profesores Carla Lanfranchi y el pintor José
Antonio del Río. En la academia no solo aprendía las técnicas
y corrientes pictóricas de la época sino que se vinculó
a todo un universo de artistas en un espacio que era punto de encuentro
de músicos, escritores, pintores y poetas. La enseñanza
no se limitaba al plano academicista sino que a la manera de los antiguos
pintores, Lanfranchi plasmaba su arte afuera con la colaboración
de sus alumnos. Cassina intervino junto a su maestro en la decoración
de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen, el Teatro Español,
el Plaza Hotel, la Sociedad de Empleados de Comercio y algunas bóvedas
del cementerio. Habían aprendido el ornato y decoraban paredes
o pintaban murales con vistosos paisajes de neto estilo clásico
que no había sido afectado por las nuevas artes decorativas vigentes
en Europa.
Hasta que murió el precursor del arte en la ciudad en 1931, Cassina
fue uno de sus más fieles discípulos que le reconocía
haberlo introducido en un universo único: "Quizás no
fuera mucho lo que aprendimos con Lanfranchi, pero incuestionablemente
bajo su influencia pudimos descubrir ese deslumbrante mundo del arte.
El nos señaló el camino para completar nuestra formación
y adquirir los conceptos básicos para la compleja tarea de pintar,
para emprender estas búsquedas que nunca terminan
",
mencionó el pintor de las flores en una entrevista.
Los propios discípulos de Lanfranchi continuaron su obra educativa.
El Centro Cultural José Ingenieros instaló su Academia de
Bellas Artes dirigida por José Antonio Del Río, donde Cassina
siguió sus estudios. Tiempo después se animó a emprender
su propio rumbo, interviniendo en las exposiciones colectivas y concretando
algunas individuales. Ya por entonces los motivos florales se habían
convertido en la materia prima de su arte, aquello que le generaría
más satisfacciones y lo perpetuaría en la memoria vernácula.
"Me especialicé en los motivos florales y ello me dio muchas
satisfacciones, pues aparte que resulta muy difícil pintar flores
es también muy apasionante. De otro modo me hubiera acobardado",
mencionó en la década del setenta.
En su evolución como artista, en 1945 obtuvo su primera recompensa
cuando logró el primer premio y medalla de oro en el Salón
Municipal, un evento en el que se consagró en los dos años
siguientes. Para entonces ya alternaba su labor artística con la
enseñanza y había creado en 1948 su propia academia de Bellas
Artes que funcionó durante años en su atelier de Colón
casi esquina Maipú.
Al mismo tiempo sus horizontes se ampliaban y sus naturalezas muertas
se hacían conocidas en varios rincones de la Argentina. En 1952
recibió un premio por el salón regional de Bahía
Blanca. Por entonces, su espíritu inquieto le permitió que
muestras de jerarquía acogieran sus obras concretando exposiciones
ininterrumpidas en Bahía Blanca, en salones y en el Casino de Mar
del Plata, en el Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires, en el Museo
de Bellas Artes de Tandil, en la galería Rose Marie de Buenos Aires,
en la galería porteña Colón y en la peña Argentina
de Flores donde expuso desde 1952 a 1957, entre otros.
Sus obras vinculaban el nombre de la ciudad con museos y pinacotecas particulares
de distintos puntos del país y el extranjero. El ministerio de
Educación de la Nación, la Comisión Nacional de Cultura,
el Instituto Nacional Sanmartiniano, la Municipalidad de Necochea, el
Museo de Bellas Artes de la Boca dirigido por Benito Quinquela Martín
y diversas galerías adquirieron sus pinturas otorgándole
un respaldo definitivo como artista.
"La evolución de Cassina fue destacable y comenzó a
incursionar en terrenos vedados para el simple aficionado y en el que
solo obtienen éxitos los verdaderamente encariñados con
esas disciplinas. (
). Pintor y dibujante, ha logrado un puesto singular
en el arte provincial y si bien sus obras no han llegado a los puestos
de preeminencia reservados a los grandes artistas, su tarea cultural no
ha sido poca. Su influencia en nuestro medio, su entusiasmo, sus repetidas
realizaciones tienen un mérito indudable", señaló
sobre Cassina el desaparecido diario "La Hora".
A fines de septiembre de 1956, en la galería alta del Palacio Municipal
se inauguró una muestra del famoso pintor de la Boca, Benito Quinquela
Martín, que visitó durante varios días la ciudad.
El pintor de las flores recibió de sus manos la "Orden del
Tornillo", junto a José Antonio del Río, Antonio Orfanó
y José Carrera, que pasaron a formar parte del círculo privilegiado
de artistas, escritores y poetas que se definían como cultores
de la verdad, el bien y la belleza. Los nuevos miembros recibieron un
distintivo y simbólico tornillo que los preservaría contra
la pérdida de esa locura luminosa de la que se sentían orgullosos.
Ese reconocimiento que otorgaba la "Orden" se fundaba en su
papel de embajadores de la expansión de la cultura y el arte, un
papel que Cassina supo interpretar durante su vida.
"En su momento tuvo un gran apogeo por el hecho de trabajar y mostrar
lo que hacía. El que hacía era un tipo de pintura accesible
al público y Cassina se convirtió en una persona muy popular
que trabajó con seriedad, gusto y ganas, aunque llegó un
momento en el cual pasó al olvido", señaló con
pesar José "Pepe" Rodrigo uno de sus compañeros
en el mundo del arte.
Los que conocieron personalmente al artista coinciden en señalar
que murió casi olvidado el 5 de mayo de 1986. Años después,
un grupo de amigos se unieron para formar la Comisión Día
Internacional del Amigo y Homenaje a Roberto Cassina, para destacar la
obra del pintor que había fundado en la ciudad la filial destinada
a celebrar todos los años el Día del Amigo. Como homenaje
convocaron a la gente que poseía cuadros del artista a concederlos
a préstamo para exhibirlos en un salón de la Biblioteca
Sarmiento. En total se reunieron 39 obras ejecutadas en distintos períodos
de su evolución, como un justo reconocimiento a la labor artística
desarrollada por el pintor amante de las flores que se hizo eterno en
los trazos del pincel.
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